
Gary Oldman cura sus heridas
Su debut como director, exhibido en Cannes, es una historia autobiográfica
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A los 39 años, Gary Oldman sintió la necesidad de saldar viejas cuentas de la infancia. El prestigioso actor británico no había entrado en la vida con el pie derecho. Su padre, alcohólico, abandonó el hogar cuando Gary tenía apenas siete años. En aquel momento, el horizonte sólo le ofrecía años de miseria en New Cross. Pero, una beca del Britain`s Rose Brufors Drama College, fue la antesala de un destino más envidiable: el oficio de la actuación.
En el camino del éxito, no tuvo grandes dificultades.
Desde sus comienzos con "Sid y Nancy", de Alex Cox, los realizadores advirtieron en él el talento y un perfil especial para componer al malo de la película. Así, supo ser el asesino en "JFK", de Oliver Stone, y el Drácula de Coppola. En ese sentido, "El quinto elemento", de Luc Besson, tampoco le deparó un personaje de buena entraña.
Un buen día cayó en la cuenta de que el prestigio actoral y los aplausos no le alcanzaban para mitigar los antiguos dolores y quiso curarlos de una vez y para siempre. Sabía que las suyas eran heridas de proporciones quizá por aquello de que el cine es más grande que la vida, Oldman comprendió que tenía que hacer su propia película. Así surgió "Nil by mouth", el film con el que debutó como realizador y que ayer fue presentado en la sección competitiva del Festival de Cannes.
El título del film -en el que Besson se asocia a Oldman como coproductor- alude a un cartel que se pega en la pared de la cama de determinados enfermos de hospitales y que significa "Nada por boca". La proyección para la prensa realizada ayer a la mañana terminó con aplausos. Era evidente que Oldman sabía de qué estaba hablando mientras filmaba ese retrato de la vida en un barrio del sur de Londres donde la droga, la cárcel, el alcoholismo, las mujeres golpeadas y los niños aterrados en el remolino de conflictos familiares.
Confieso que he vivido
"Esta película cuenta lo que he vivido cuando era chico, en el sur de Londres. Quise ser honesto, verdadero, sin concesiones. Como el album de fotos de todos aquellos que me han conmovido en la vida", dice el director debutante. El film es un retrato de infierno doméstico. Los hombres yendo de pub en pub y hablando constantemente para no decir nada. La droga consumiendo bolsillos de por sí flacos y reduciendo la voluntad humana a menos que cero. Y, en el centro de la historia, el alcoholismo como una máquina de triturar familias. "Para un alcohólico, la botella es Dios. Todo el resto, la familia, los amigos, el sentido del honor, la dignidad, todo pasa a un segundo plano porque la botella ocupa el primero", opina el realizador con la convicción de quien levanta una verdad aprendida en los primeros siete años de vida. "El alcoholismo crea tanta dependencia como la droga. Sólo sé que la droga es condenada socialmente mientras que el alcohol es aceptado", se indigna.
Para su opera prima, Oldman contó con el realizador Luc Besson como coproductor. La música del film es de Eric Clapton y el elenco está encabezado por Ray Winston, Charlie Creed-Miles, Laila Morse y Kathy Burke. A la hora de transformar sus recuerdos en ficción, Oldman no echa mano de ningún edulcorante.
Las mujeres de la familia llevan la peor parte en el laberinto del dolor y son las que ponen el cuerpo en medio del caos que desatan los vapores etílicos. "Esta familia subsiste gracias a las mujeres. Ellas no dicen nada. Frente a los hombres que no cesan de hablar, ellas prefieren guardar silencio. Pero ellas saben preservar lo esencial. Tengo dos hermanas y mi madre aún vive.
Esta película es un homenaje a las mujeres de mi familia", confía Oldman, Al final del film, sin embargo, aparece la dedicatoria: "A mi padre", dice. ¿Qué mejor forma, después de todo, para quien eligió el cine como oficio que saldar aquella antigua deuda con un pagaré de 35 milímetros?
Buenos Aires está junto al Mediterráneo
"La cruz": se proyectó ayer el último film de Alejandro Agresti, única presencia argentina a lo largo de todo el festival.
CANNES (De una enviada especial).- Ayer por la tarde soplaron vientos argentinos en Cannes. "La cruz", de Alejandro Agresti, se exhibió en la sección "Un certain regard" (Una cierta mirada), una muestra no competitiva pero a la que sólo acceden películas seleccionadas oficialmente por la organización del Festival. El director y los actores Norman Briski y Carlos Roffé se sumaron a la platea del auditorio Andre Bazin, en el Palais.
Filmada en Buenos Aires, la película se centra en la historia de un crítico de cine que termina perdiendo su puesto de trabajo en un diario por no querer resignar su independencia de criterio a la hora de escribir. Como suele sucedr, las desgracias vienen en racimo y al pobre Alfredo (Briski) le toca atravesar el calvario del desempleo en la misma época en que su mujer lo había abandonado para correr hacia los brazos de Pablo (Roffé). Atenazado por el rencor, la bebida y la soledad, el hombre no tiene mejor idea que tramar una singular venganza para ahuyentar el fantasma de su esposa.
Ver un film argentino y hablado en castellano, en el Festival de Cannes y por ende subtitulado en francés, es toda una experiencia. En el caso de esta cronista ver la redacción de La Nación -donde se filmó parte de la película- reflejada en la pantalla, cuando todavía le quedan muchos días de trabajo en la Costa Azul, es un ayudamemoria.
Durante el festival, la vida transcurre aquí con la textura de los sueños: películas, estrellas, noches con cuatro horas de sueño, multitudes internacionales caminando por la Croisette, adrenalina colectiva. El decorado de Agresti oficia como un despertador que obliga a recordar la vida cotidiana. Llegará el día en que al levantar la vista más allá de la computadora se divise otra vez el Río de la Plata en lugar de las azules aguas del Mediterráneo.




