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Facundo Soto tiene el don de componer canciones que parece que siempre hubieran estado ahí y él sólo las hubiera rescatado de algún libro de standards de rock para que su grupo haga lo que mejor sabe: subirse a un escenario y zapar arriba de cualquier rock & roll, como si fueran la banda estable de algún club de Beale Street.
Si en el Acústico Gran Rex 2012 los Guasones se versionaron a sí mismos con arreglos de guitarras, vientos y teclados, demostrando su habilidad para hacer de cualquier canción una pieza de rock clásico, en Locales calientes, el séptimo disco de estudio, la producción del guitarrista Jimmy Rip profundizó esa búsqueda, poniéndolos a grabar en vivo para recrear ese espíritu de jam con el que se aproximan a los temas y, a la vez, ganando consistencia radial. Rip –que trabajó con Mick Jagger y produjo a Jerry Lee Lewis– pone la interpretación por delante de las canciones, mientras Soto canta con la felicidad desfachatada de alguien reencontrándose con todas sus patologías después de una temporada de represión.
"Pobre tipo", el primer corte, tiene una melodía dulce y veraniega que el grupo termina volviendo pendenciera mientras Soto se toma revancha con un viejo compañero y las guitarras le cubren la espalda como si fueran una escuadra de motos amenazando con acelerar. "Infierno blanco" abre con una intro de estilística babasónica, antes de convertirse en el himno de una recaída liberadora y eufórica sobre unos vientos y un punteo insidioso que se resuelve con el cantante escupiendo: "El tiempo que perdí, buscando explicaciones/Los médicos que vi, y sus medicaciones".
Detrás de los coros de "Una razón" y de "Pequeños ojos", un rock & roll de amor en velocidad, suenan como dos clásicos olvidados de Los Rodríguez. Y "La sangre" es un western criollo, con una slide guitar empujando la canción a través de un paisaje de guitarras que desdibujan el camino rumbo a Mendoza. Al final, cuando la guitarra de Maxi Tym se ensucia en "Dr. Tazo", de Pappo’s Blues, te quedás esperando que la zapada dure toda la noche.
Por Juan Morris





