Hopkins va en dirección a un nuevo "Tío Vania"
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"Lo hice lo mejor que pude. Nunca intenté ser Orson Welles o Sergei Eisenstein. Simplemente me picó la curiosidad y el reto de hacer algo que nunca había hecho antes. Me lo tomé como una diversión." Así sintetizaba Anthony Hopkins su experiencia inicial en la dirección cinematográfica con "El amor en un día de verano" ("August"), que se estrena mañana en Buenos Aires.
A la hora de probarse como realizador, el actor galés partió de una adaptación de "Tío Vania", de Chejov, realizada por Julian Mitchell. Esa versión libre de la pieza tenía un detalle irresistible para el actor galés: el dramaturgo se había atrevido a mudar a los personajes de la Rusia original a la campiña galesa durante la época victoriana.
"Una de las principales ventajas que descubrí al situar la historia en Gales es que ofrece la posibilidad de definir a los personajes en función de su nacionalidad y su acento",declaró Mitchell. "Por otra parte -agregó-, las condiciones en las que vivía la burguesía rusa y la galesa a finales del siglo pasado eran muy parecidas. Tanto en Gales como en Rusia la agricultura atravesaba una crisis y las haciendas debían hacer frente a graves dificultades financieras".
En el film, Tío Vania ha sido rebautizado Ieuan Davies y es interpretado por el propio Hopkins. El protagonista de "El silencio de los inocentes" esta vez se ha convertido en un hombre que, a los 56 años, es dueño de una sola certeza: la de haber desperdiciado su vida. A falta de mejor destino, se dedica a beber y a cuidar la casa de campo y las propiedades de su cuñado, el profesor Alexander Blathwaite (Leslie Phillips) . Tras haber enviudado de la hermana de Ieuan, el profesor contrajo matrimonio con la hermosa americana Helen (Kate Burton). La pareja de maneras aprendidas en Londres, llega a la finca en un caluroso fin de semana de agosto y altera la vida de la familia compuesta por Ieuan, su madre (Rhoda Lewis) y la poco agraciada hija del profesor (Rhian Morgan). Si a ellos se suman la presencia del enigmático médico del pueblo, Michael Lloyd (Gaun Grainger) y una caldera de pasiones insinuadas, sofocadas y poco correspondidas, es fácil comprender por qué ninguno de ellos olvidará jamás esos agobiantes días de verano.
Amores difíciles
Nacido hace sesenta años en la localidad galesa de Talbot, hijo de un panadero y de una ama de casa, Anthony Hopkins conoce en carne propia los avatares de las pasiones complicadas.
Su primer matrimonio, con Petronella Barker, duró cuatro años y de él nació su hija Abigail, con la que Hopkins no mantiene relación alguna. En 1973, se casó con una asistente de producción, Jenni Lynton. Técnicamente, ellos siguen siendo marido y mujer y a ninguno de los dos se les ocurre mencionar la palabra divorcio. Pero en materia de relaciones de pareja, cada quien debe construir la propia. Y la de Anthony y Jenni tiene a la distancia como principal ingrediente. El lleva mucho tiempo viviendo en una mansión de Pacific Palisades, en California, y ella no ha movido un pie de Inglaterra.
Cuando la revista Fotogramas le preguntó sobre ese original vínculo matrimonial, el protagonista de "Sobreviviendo a Picasso" sacó a relucir su mejor educación británica y con toda naturalidad respondió: "A mí me gusta el cine y aquí se hacen películas. Además, me gusta el clima y la gente. Vivo en un área maravillosa y no me quiero mudar. Mi esposa prefiere quedarse en Londres y parece aceptar esta situación. Cuando nos casamos sabía que tendría que aguantar mucho, y lo ha hecho. Tal vez sea un buen actor, pero soy muy malo en las relaciones personales. Me gusta la soledad y disfruto con ella".
Mirada desde el ángulo de su propia experiencia con las relaciones peligrosas y poco habituales, no parece casual que el protagonista de "Nixon" haya elegido una historia como la del abrumado Tío Vania y su atípica familia para hacer su opera prima como realizador.
Quien vea a Hopkins interpretando la escena en que su personaje no tiene fuerzas para ninguna otra cosa que no sea fumar y beber, tirado en un sillón, no podrá olvidar un detalle de la biografía del intérprete. La estrella ha abandonado su adicción al alcohol hace veintidós años y desde entonces concurre regularmente a las reuniones de Alcohólicos Anónimos.
Crónica de un rodaje apacible
Puesto a relatar la experiencia del primer día de rodaje, Hopkins dijo que al llegar al set pensó: "Dios mío, no quería llevar las cosas tan lejos. Si yo sólo bromeaba... La que he armado. Ha venido gente de todo el país, e incluso Kate Burton se ha desplazado desde Nueva York, y todo porque se me ocurrió la loca idea de que quería dirigir una película...".
Experimentado en aquello de componer vidas ajenas, Hopkins no tardó en comprender la realidad de los cineastas: "Me di cuenta rápidamente de por qué los directores enloquecen con su trabajo -explicó-, y también descubrí que el truco era lograr que todos se sintieran tan felices como pudieran serlo mientras filmábamos, porque sólo en ese estado la gente se vuelve verdaderamente creativa".
Aferrado a esa conclusión y a las verdades aprendidas en su larga carrera como actor, Anthony Hopkins encaró la filmación de su película con una premisa como norte: "No quería que ocurriera lo que he visto en tantos rodajes en los que los actores jóvenes a menudo se sentían intimidados", declaró. Ese interés de Hopkins realizador por hacer reinar el buen clima de trabajo en el set resulta congruente con la visión que él tiene de su propio oficio de actor. Sin pretensiones de héroe ni de ídolo, dos etiquetas que el marketing suele adosarles a los talentosos, él dice siemplemente: "Es mi trabajo -dice-. No me gusta la gente que le da demasiada importancia a lo que hace un actor. La interpretación no es importante; no salva vidas. Actuar es una diversión y hay que tomarlo de esa forma, sin tanto dramatismo sobre lo fácil o lo difícil que pueda ser".





