
Cuando escuche los primeros discos de howlin’ Wolf pensé que esa voz profunda y áspera era afectada, que sólo era su forma de cantar.
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Cuando escuche los primeros discos de howlin’ Wolf pensé que esa voz profunda y áspera era afectada, que sólo era su forma de cantar. Hasta que lo conocí. Me dijo: “Hola”, y pensé: “Oh, oh, esto no es falso. Es real”. Wolf hablaba igual que como cantaba. De hecho, cuando lo conocí, empecé a marcar el ritmo con el pie mientras hablaba.
Sus primeras grandes canciones, como “Moanin’ at Midnight” y “How Many More Years”, las oí por primera vez en Louisiana. Teníamos una vieja radio a pilas, y escuchábamos un programa de radio que salía a la noche. Cuando escuché su voz, traté de imaginarme al hombre. Pensé en un tipo corpulento de piel clara. Después, el 25 de septiembre de 1957, me fui a Chicago. Al año siguiente conocí a todos los grandes del blues: Muddy Waters, Sonny Boy Williamson, Howlin’ Wolf. Y cuando vi a Wolf, bueno, sí que era un tipo corpulento. Pero no tenía la piel clara.
Hacía tremendos shows. Se tiraba al piso, se movía como un lobo y cantaba con esa voz... y giraba la cadera como los chicos con los aros de hula-hula.
Estar en un show con él era algo excitante. Wolf era corpulento, pero sabía moverse. Era como ese jugador de los Chicago Bears, Refrigerator [heladera]. La gente piensa que los jugadores de fútbol americano más grandotes no pueden moverse. Y creían que un tipo tan grande como Wolf iba a sentarse en una silla y quedarse clavado. Pero no, él era muy activo. Bailaba, saltaba. Sus puños eran grandes como la rueda de un auto. Y los agitaba en el aire. Cuando empezaron a llamarme para que fuera a tocar algunos temas con él, pensé: “Mierda, más vale que toque bien”. Había oído que era malo. Pero nunca tuve un entredicho. Nunca, desde que lo conocí hasta que falleció.
La razón por la que tuve la oportunidad de tocar con él –en canciones como “Killing Floor”, “Built for Comfort” y “300 Pounds of Joy”–, y que otros músicos mejores que yo no tuvieron, fue que ellos iban pensando que iban a poder opacarlo. Yo pensaba que era mi oportunidad de aprender algo de él. Wolf no era una persona demandante. Si tocabas algo que lo hacía sonreír, se daba vuelta y te miraba con esa sonrisa. Y para mí ésa era la mejor forma de pago.
También toqué con Muddy, y fue genial tocar con ambos. Había oído que Wolf y Muddy no se llevaban bien. Pero nunca vi eso. Jimmy Rogers, quien tocaba en la banda de Muddy, se reía y bromeaba sobre lo que Wolf decía de Muddy y Muddy de Wolf. Pero todos ellos hablaban mal de los demás, se llamaban “hijo de puta”. Era su estilo. Entre los músicos, “hijo de puta” era un modo cariñoso de llamarse. Y cuando Wolf decía: “Hijo de puta, no sabés tocar”, lo que quería decir era: “Te voy a apurar. Voy a decirte que no sabés tocar así sacás lo mejor de vos”. Era un método para que te esforzaras.
Todo lo que uno quería estaba en esa voz, incluso cuando Wolf no cantaba. Hacíamos esos Blue Mondays en Chicago, que empezaban a las 7 de la mañana. Nos juntábamos después de tocar y conversábamos. Yo me sentaba y escuchaba hablar a Wolf. No tenía que ser necesariamente sobre música. Nos encantaba la pesca, los deportes. Para mí, todo sonaba como música del Paraíso.
Ahora la gente no lo conoce como debería. Cuando Muddy murió, me entrevistaron por televisión, y me preguntaron: “¿Qué debería hacerse?”. Yo dije que en las ciudades con músicos famosos, como Chicago, deberían ponerles sus nombres a las calles. Pero nunca ocurrió con Wolf. La nueva generación no conoce a esos músicos.
Tenemos que volver atrás y excavar un poco. Tenemos que hacer que la gente sepa que Howlin’ Wolf –y Muddy Waters y Little Walter y todos ellos– hicieron que Chicago fuera la capital de blues del mundo.






