
Humor travieso en "La Farolera"
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"La Farolera". Adaptación de María de las Mercedes Hernando de un cuento de María Elena Walsh. Dirección Musical: Marcelo Alvarez. Teatro Ateneo, sábados y domingos a las 16.
Nuestra opinión: muy bueno
El pueblo de Chaupinela vive en una casi completa oscuridad debido al denso follaje de sus árboles. La gente no tiene luz, ni la procura; no va a la escuela, no se ve la cara, no sabe leer ni hacer las cuentas. La joven Aniceta ,con la ayuda de Pepeluis, un pajarito-duende, empieza a buscar la luz. Primero se construye una lámpara con luciérnagas, después descubrirá que puede fabricar velas. La experiencia conmueve a muchos. "La luz es peligrosa, se ven las caras", dicen.
Ani decide ir a buscar la luz del sol más allá del bosque, pese a que está prohibido y un regimiento impide el paso de la gente de ese pueblo: para eso está la barrera.
Finalmente, la niña recibe ayuda de gente de Chaupinela para atravesar el bosque por debajo de la tierra. El público se queda con ganas de saber qué pasa finalmente con el resto del pueblo, luego de la huida de la joven farolera hacia la puerta al sol.
Juego y picardía
El texto y el argumento tienen toda la picardía y el juego que María Elena Walsh sabe imprimir a sus creaciones. Breves, agudos, sorprendentes, los dichos y situaciones juegan un humor travieso del cual el espectador es cómplice, porque están llenos de guiños que remiten a temas que todos reconocen. Guiños que protestan contra la ignorancia, los prejuicios, la represión, la injusticia, la falta de imaginación, el miedo a correr riesgos, la sumisión. Todo, instrumentado en situaciones y personajes absurdos, dentro de un tramado coherente.
María de las Mercedes Hernando puso en escena los personajes con una inteligente inserción de otros materiales de la autora. Las canciones, por ejemplo, todas procedentes del repertorio de Walsh, se articulan perfectamente con los diálogos y la acción: en ocasiones son una vuelta de tuerca a la picardía intencional de las escenas; en otras, dan el corte satírico preciso que provoca la risa. Se eligió como ambientación para la escenografía y el vestuario una época alrededor de 1800 y en nuestro campo. Paisanas, paisanos y soldados parecen figuras recortadas de una publicación didáctica sobre la época. Lo mismo pasa con los decorados. Ciertas exageraciones en los uniformes dan el toque de humor. Esta búsqueda visual, además de provocar cierto agradable descanso a la fantasía, como punto de apoyo, permite un despegue más sutil y a la vez más claro _por su contraste_ del incesante disparate, acumulando absurdos y llevando al público a la hilaridad.
Las escenas más jugosas ocurren en el cuartel. Allí, los intérpretes dan rienda suelta a su histrionismo, celebrado por el público.
La banda en el escenario es otro acierto. Los músicos participan del humor, lo subrayan, y en todo momento ofrecen frescas recreaciones de temas de María Elena Walsh, inmediatamente reconocidos por alguien de la platea. Las coreografías, aparentemente simples, subrayan los climas sin reiterarse y, en el caso de las marchas de los soldados, son auténticamente divertidas.
Tal vez el único detalle que parece un agregado innecesario es la supuesta presencia de la autora, encarnada por Virginia Lago, y que permanece durante toda la obra en una hamaca, como asomada a su propia historia, intercalando a veces algún comentario aclaratorio. Si bien la actriz compone un personaje muy dulce, y su presencia es muy discreta, su descenso final al escenario resulta un anticlímax, porque es Virginia Lago la que se hace presente. Sería tal vez preferible que la misma actriz, como tal, presentara (o leyera) los nexos del relato de María Elena Walsh.
De todos modos, para llorar de risa, para quedarse pensando, para jugar con el absurdo, para recordar textos y canciones entrañables o aprenderlos, chicos y grandes pueden pasar un muy buen rato con esta "Farolera" que encuentra su puerta al sol.
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