Humor y música para combatir el sufrimiento

Fernando López
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8 de diciembre de 2009  

"En mi vida fui testigo de un montón de tragedias que me marcaron profundamente. Para combatir el sufrimiento, los kurdos buscamos refugio en el humor y en la música. Así son mis películas." Quien esto dice es Bahman Ghobadi, dos veces ganador de la Concha de Oro de San Sebastián: la primera, por su recordada Las tortugas también vuelan (2004); la segunda, por Media luna (2006), que llegará en pocos días a las pantallas locales, y en la que vuelve a abordar el tema de las fronteras. "Son barreras impuestas a la población por los poderosos y contra las que yo lucho", dice. Y aclara que "no se trata solamente de un problema para los kurdos", aunque en el caso de su pueblo, repartido entre el este de Turquía, el norte de Irak, el noroeste de Irán y regiones más pequeñas de Siria y de Armenia, la cuestión es más dramática. Tanto que podría decirse que el film, una road movie en el sentido más literal, expone la historia de un grupo de músicos (el anciano director, figura admirada y respetada entre los kurdos, y sus numerosos hijos), que parten de un país que no existe (el Kurdistán iraní) rumbo a otro que tampoco existe (el Kurdistán iraquí) y deben sortear líneas fronterizas de todo tipo: políticas, culturales y sociales. El tema es dramático y también lo es el fondo testimonial sobre el que se desarrollan las acciones, pero Ghobadi quiso aligerar el tono. "Me reclamaban que mis films hacían llorar; en éste quise hacerlos reír un poco", ha dicho. Aun las condiciones más desfavorables pueden ser pintadas con humor, negro a veces, otras picaresco. De todos modos, lo que se proponía el cineasta -nacido en 1969 y alguna vez asistente de Abbas Kiarostami- era, sobre todo, rendir homenaje al espíritu inquebrantable de su pueblo.

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Curiosamente, Media luna nació como un encargo. Le fue encomendada por un festival de Viena, que quería celebrar los 250 años del nacimiento de Mozart con creaciones que, inspiradas en la música del genio de Salzburgo, reflejaran los problemas del nuevo siglo. Ghobadi pensó en el quiem, "una obra que demuestra que Mozart no sólo hacía música, sino magia, algo necesario en Irán para tener esperanzas en la vida y ante la muerte", según dice. Y algo sobrenatural se filtra poéticamente en su película, por ejemplo con las visiones que tiene el protagonista y también con el tema del canto femenino: en Irán las mujeres no pueden cantar en público ante los hombres y ése es el mayor problema que enfrenta el viejo director, ya que la voz femenina es el alma de su música y no podrá llevar en el viaje a su protegida.

Como sus personajes, Ghobadi tampoco se desanima. Difícil llegar a sus compatriotas diseminados como están entre varios países, en los que para colmo escasean los cines, pero la realidad corrige esas injusticias. "Quisieron advertirme que en el 90 por ciento de las casas del Kurdistán había una copia pirata de mi primera película, El tiempo de los caballos borrachos ; para mí fue una alegría", cuenta.

Como comentó un crítico norteamericano: "Los kurdos pueden no tener un país, pero mientras Bahman Ghobadi siga filmando tendrán un cine nacional".

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