Ilusionismo, poesía y magia psicológica
Es profundo, conmovedor y no apela a trucos grandilocuentes ni a efectos, se nutre de las emociones de la vida
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Con la cabeza afeitada como un monje, el mago Norberto Jansenson aguarda sentado solo en la última mesa del bar La Academia. El cuello protegido por un pañuelo, la voz profunda y la mirada atenta, el ilusionista pide un agua mineral sin gas y se dispone a una entrevista en la que medirá cuidadosamente cada palabra y cada silencio. En la recta final antes de las dos funciones de Clásicos y estrenos –propuesta que presentará hoy y el martes próximo en el Paseo La Plaza–, el discípulo de René Lavand habla de los misterios de un arte que David Copperfield se encargó de llevar a la máxima parafernalia, y él se empecina en volver a su mínima expresión, despojado de grandes aparatos y elementos mágicos. De eso trata justamente este espectáculo: un compendio de dos horas, construido en una trayectoria de 30 años.
"Arquetípicamente, el mago es el intermediario entre una fuerza invisible y el hombre. Toma elementos humanos y elementos divinos, los mezcla en una pócima mágica para enderezar lo que está torcido, sacar a la luz lo que está escondido. La magia es predecesora de las artes y las ciencias. Lamentablemente, en el siglo XX se ha terminado de trivializar sobre los escenarios del mundo. Lo que pretendo es volver a las fuentes, ayudar a la gente a conectarse con esa infinidad y ese misterio, algo que toda la vida ha sido trascendente", dice.
En el universo de este "mentalista", el truco es apenas el punto de partida para contar algo más profundo y consistente, que conjuga su arte con la ciencia, la música, la mitología o la poesía para atravesar los límites más allá del asombro.
Jansenson se inició en el mundo de la magia a los ocho años, cuando sus padres le regalaron su primer juego. A los 15 debutó con un trabajo y, a los 18, ya empezaba a atravesar una crisis, al descubrir que a sus trucos les "faltaba magia".
"Yo era un mago muy tradicional que perseguía el asombro como único objetivo. Hasta que empecé a vislumbrar en el mundo sensaciones que en mis shows no podía reproducir. Había visto una puesta de sol que me emocionó, había besado a una mujer de la que estaba enamorado y en mis shows seguía cambiando un pañuelo de color. Con eso no producía el cosquilleo en el público. Entonces, comprendí que la bisagra era la poesía y a través de la poesía reencontré la magia que se había perdido."
–¿Cómo define esta magia psicológica o mentalismo que hoy practica?
–En estos últimos tiempos, el mundo se está poniendo menos físico en general. Una biblioteca entera entra en una tableta digital. En la magia ocurre lo mismo. En lugar de utilizar tubos, mesas, conejos, cajas, flecos o aparatos, se usa la mente del espectador. Por eso trabajo casi sin elementos, apenas un mazo de naipes, una moneda, un dado y un cubilete, poco más. Como en la buena literatura, toda esa parafernalia se crea dentro de tu cabeza. La mente del público pude ser manipulada para crear esas imágenes. Cuando el público pierde la posibilidad de enmarcar en su conciencia lo que está pasando, se desborda, y entonces se produce la magia. A eso me dedico.
Las enseñanzas del maestro René Lavand
Jansenson cuenta que cuando visitaba a su maestro en Tandil, lo único que hacía era sentarse junto a él a escuchar Beethoven, a estar en silencio. Así entendió que hay un poder en las cosas, en la forma de estar, que es invisible. "Hace dos semanas, lo visité e hicimos lo mismo que hacemos siempre. Compartimos en silencio una copa de vino, y conversamos sobre los árboles que florecen alrededor de su casa, en el cerro. Estar cerca de René es recibir casi por ósmosis un espíritu que te nutre, no desde lo que dice, sino desde lo que no dice; no desde lo que hace, sino desde lo que no hace. Su forma de cortar el queso, su manera de contemplar el paisaje son pura inspiración. En cada uno de esos gestos yo encuentro las respuestas a miles de preguntas."
- Clásicos y estrenos
Únicas dos funciones
Hoy y el martes 23, a las 20.30, en la sala Pablo Picasso, del Paseo La Plaza.
Entradas, desde 150 pesos






