
Jamiroquai, una invitación a la magia negra
Nuestra opinión: Muy bueno
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Recital de Jamiroquai, integrado por Jason Kay en voz, Toby Smith en teclados, Stuart Zender en bajo, Derrick McKenzie en batería, Simon Katz en guitarra, Wallis en bandeja, Sola Akingbola en percusión, Martin Shan en trompeta, Winston Rollins en trombón y Adrian Revels en saxo. Grupo invitado, Illya Kuryaki and the Valderramas. En el estadio de Ferro.
Jamiroquai invoca a la magia. Desde el nombre y desde esa música basada en el abanico de ritmos negros, logran que todos quedemos hipnotizados. Pero no inmóviles. La banda británica liderada por Jason Kay retoma la tradición de hacer música bailable sin escatimar calidad y arreglos. La intención se nota aún antes de empezar, cuando la espera se musicaliza con puros temas disco de la década del setenta, que probablemente hubieran sido más eficaces en un lugar cerrado. No es fácil convertir una cancha en discoteca.
Sí lo logran los músicos. Sobre todo cuando los temas son los que todos conocen como "Virtual Insanity" o "Cosmic Girl". La banda multirracial y completa, es impresionante. Una base impecable que recae sobre todo en Stuart Zender y su bajo de cinco cuerdas y en la batería de McKenzie. Más percusiones varias, impecables trabajos de teclados y una sección de caños en la más pura tradición de Earth, Wind and Fire (que de esto han dado cátedra). Sobre eso, la inquieta figura del cantante cuya voz recuerda, inexorablemente a Stevie Wonder y que él acepta, complacido en las escasas entrevistas que concede.
La música negra es la reina de la noche. En toda su amplitud. Toques de jazz, soul, funk, reggae. El bajista, en la conferencia de prensa previa al show (y a la que Kay faltó), dijo claramente que, para él, la música básica es el reggae, aquel ritmo donde el bajo es rey. Se entiende.
Hay momentos instrumentales. Y, en la saludable falta de respeto por las convenciones que exhiben, es posible entonces la audacia creativa. Nuevamente mágicos, consiguen que olvidemos la cancha de fútbol en la que estamos, para mirar la luna que aparece sobre la fábrica de harinas cercana, mientras suena el didgeridoo, un instrumento de viento de los indígenas australianos que convive sin fisuras con el scratching, convertido en una tecnológica percusión.
Jason Kay, el líder de la banda siempre con su típico sobrero de piel sintética, descree de los límites y los estereotipos, está visto. Por eso puede conjugar letras combativamente ecológicas y propuestas de legalización con su amor por los autos Ferrari. Y lograr que el concierto sea una experiencia ante todo placentera, para el cuerpo y para los oídos atentos.
Antes, los Kuryaki habían abierto la noche con un show en el que aprovecharon para presentar parte de "Versus", su flamante nuevo disco. Se sabe, Dante y Emmanuel apuestan a reformularse. Por eso, no dudaron en presentar seis temas nuevos sobre un total de doce, una jugada atrevida para un recital en el que juegan de invitados. Y las seis canciones ya conocidas sufrieron también nuevas mutaciones en esta incansable factoría kuryaki.




