Ciro Pertusi reescribe su propia resistencia con un disco que hace honor a su historia mediante la innovación; ¿lo escuchaste?
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No es por maldad, pero te tienta encontrar un "Hacelo por mí" entre todo esto. Un "Beatle", un "Arrancacorazones", la propia facilidad pop de Ciro de crear canciones adorablemente zonzas que bestializan a las chicas de secundario de zona norte y a esos label managers que con cosas como ésas hacen destrozos. Es decir, ¿qué podía hacer Ciro Pertusi después de más de veinte años de Attaque 77? ¿Qué le quedaba? ¿La chicana de radio más barata de su vida? ¿Escribir para los trapos de sus fieles en vez de para su propio procesador de texto? Esas son varias de tantas opciones, como el tono marcial, adusto y bajador de línea que tan bien le sentaba a Attaque en Todo está al revés o Amén y que sus ex compañeros adoptaron para Estallar. También la opción superfálica del solista con ego, o terminar solo de veras y folk con una acústica, un prospecto que da miedito de sólo pensarlo. Eso a Ciro no le queda. Por eso, Ciro escoge la más difícil: fundar una nueva banda junto con Ray Fajardo (ex El Otro Yo) no sólo en batería sino también en loops y secuencias, Pichu Serniotti (ex Cabezones) y Mauro Ambesi, bajista de De Romanticistas Shaolins (la banda de su hermano Federico, primer vocalista de Attaque y microeminencia del punk local). Una banda, un esfuerzo colectivo, porque todos aportan crédito, y no tres tipos detrás de él haciendo lo que él diga, con un 2009-2010 de silencio y songwriting para salir precisamente como un songwriter que no se come los mocos ante su propia historia y decide honrarla con una clase de música que jamás se le escuchó. Todo en este primer trabajo de Jauría comanda respeto, y hay un par de cosas que son importantes.
"Libre o muerto: no hay opción aquí." "Vida del perro es siempre libertad." Ciro es inequívoco en esto, en el nombre del grupo (un montón de perros sueltos que se encuentran, según ellos mismos, o de lobos con hambre que quieren carne; depende de cómo lo mires) y ladra a nivel Colonia Montes de Oca en "La jauría", el último track que podría haber sido el primero y lo más obvio a primera vista en todo este disco, un punk rock & roll con atisbos country en que Ciro escupe del todo lo que parece su propia gran duda en este disco: quién es y qué carajo puede hacer con su vida. "El tren", que es el primero, es punk rock también, pero encantador, un update a Buzzcocks o The Jam cruzado de sutilezas, en el que Ciro canta suave y con una textura antes desconocida. (Aunque esos arreglos de vientos que nunca le hicieron un favor a Attaque no le hacen un favor a este tema tampoco.) Por suerte, Fajardo, que siempre le pegó cuando hizo falta, le pega aquí también y este disco, en cierto punto, suena gracias a él.
Hay puntos altos de resistencia, como la marcha casi cinematográfica de "Sigue", sobre quedarse solo como un perro en el mundo. O "Adiós a Dios", la figura freudiana del padre ausente que por fin se cae a pedazos, con la rabia que baja y da piso a un solo brillante en twin lead. "Austin" es decididamente una maduración compositiva en Pertusi, una suerte de brit-rock con un final tenso y elaboradísimo que mezcla cellos y violines con el Hammond y teclas varias de Martín "Tucán" Bosa, tech wizard frecuente de Attaque, así como "Religionaré", con su aura entre Rancid y Phil Spector antes de las armas y el alcoholismo, una canción compleja y valiente en que Ciro se cuestiona su propio rol como militante verbal. "Guerra en las galaxias", con su formato Bad Religion de hardcore embellecido por coros y guitarras en celo sobre preguntas antropológicas varias, es quizá la canción más canónicamente Attaque del disco. Y "Morgue corazón" es directa y al punto, y sumamente sing-along en su arquitectura sencillita montada de arreglos preciosos. La capacidad pop de Ciro, sí, y combinada con la de Fajardo, coautor del tema, como un Joey que jamás se hubiese dejado buitrear la novia por Johnny Ramone y mira de frente en vez de al piso mientras su chica y el mundo se la dan por la espalda. Eso requiere dignidad y entereza, al menos.
Por Federico Fahsbender
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