
Jean Reno, de "Godzilla" al romanticismo
Por Claudio España Especial para La Nación
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BEVERLY HILLS, Los Angeles.- Es un grandulón de voz suave y risita persistente. Parece un buen tipo; es amable y los párpados, en una somnolencia permanente, le pesan sobre los ojos celestes oscuros. Se llama Jean Reno y no puede ocultar el dejo francés de su lengua de origen.
"En realidad, soy español del norte de Africa -lo dice en correcto castellano, al enterarse de que venimos de la Argentina-, hijo de españoles residentes en Casablanca; me llamo Juan Moreno Herrera y Giménez. Mi nombre artístico sale de afrancesar Juan en Jean y de acortar el apellido Moreno en Reno." La explicación es convincente.
Pero Jean Reno se siente intimidado, debe hablar en inglés porque hay periodistas de medios internacionales. También son suaves los balanceos del cuerpo y el garrapateo de sus manotas de hombre de casi dos metros de altura.
Viene a hablar de "Por amor a Rosana" ("For Roseanne"), una película de origen ítalo-norteamericano, que dirigió Paul Weiland, que estrenará esta semana Líder Films y que el actor define como "una comedia más allá de la muerte".
Su personaje de Marcello Beatto es el del romántico habitante de un pequeño poblado italiano donde el cementerio va quedando chico. Cuando se entera de la irremediable enfermedad de su mujer comienza la reserva de un espacio, en la necrópolis local: para ello debe evitar las muertes de otros vecinos que podrían ocasionar la falta de una tumba para su ser querido.
Detrás de una pátina de humor negro, la anécdota, conocida en los Estados Unidos también como "Roseanna´s Tomb" (La tumba de Rosana), se inclina por el flanco de la ternura y la emoción, con final sorpresa y elevación del espíritu de la trama hacia la siempre bienvenida esperanza.
"Sermoneta es un pueblito italiano maravilloso -la nostalgia asalta la mirada de Reno-; en la película, el guionista Saul Turteltab le puso Trivento y nos mandó decir por el director que se trata de una "comedia negra"."
La presencia de Jean Reno, encerrado en la elegancia de una camiseta negra debajo de un saco blanco y liviano, lleno de bolsillos, como los de los fotógrafos, se parece demasiado a la del "perfecto asesino", que interpretó bajo órdenes de Luc Besson, también en inglés. Deja asomar idéntica carnadura amenazante, nerviosa y distanciada.
"He tenido que instalar un departamento en Los Angeles, sobre Malibú, desde que actué en "Godzilla" y para vivir mientras trabajo en los estudios." Sonríe al recordar que en estos días lo acompañan su mujer y Tom, su hijo de apenas dos años.
Respecto del idioma y de la industria cinematográfica, "prefiero el francés, porque es la lengua con que me identifico y porque es la única donde siento que me meto entero. Nunca actué en español, mi otra lengua materna, aunque antes de hacerme conocer por el cine trabajé en una compañía de teatro itinerante. Anduvimos por toda Francia y por otros sitios de Europa. Mi problema, que no es una desgracia, es que pienso en francés". Apenas levanta la voz para enfatizar esa convicción.
En su carrera de actor cinematográfico, una película francesa, "Azul profundo" ("Le grand bleue"), también de Luc Besson, lo marcó muy fuerte en su búsqueda de la intuición metafórica. "Y sólo es una competencia por llegar más profundo al fondo del mar... -sonríe-, pero la metáfora nos seduce porque en la indagación se le va la vida al hombre.
"Durante el último Festival de Cannes (fui allí por la presentación de "Godzilla") nos reencontramos Jean-Marc Barr y yo, a los diez años de "Azul profundo". Nos emocionamos fuerte y nos acordamos de que, cuando me convocaron para nadar hasta el fondo del mar, estaba yo en California y Jean-Marc volvía de Inglaterra de terminar "La esperanza y la gloria", con John Boorman.
"Además -Jean Reno dirige la mirada hacia este cronista-, Jean-Marc tiene un gran recuerdo de su paso por Buenos Aires, ciudad que no conozco, cuando fue a filmar "La peste", un libro que no puede dejarnos indiferentes."
Le recordamos que, igual que en "Por amor a Rosana", en "Azul profundo" hacía de italiano. Sonríe: "Esta cara da para todo... Es verdad, además me gusta mucho Italia, la comida italiana y, sobre todo, los vinos. Me conmueven los pueblos peninsulares (por eso me gusta "Por amor a Rosana"), que tienen historias propias y gentes con historias irrepetibles. Las piedras te van enseñando el sentido de un universo que a uno le cuesta comprender: el cine, la lectura de guiones, el proceso previo a la interpretación frente a la cámara y, finalmente, la actuación, son caminos para el entendimiento universal, sin importar el idioma en que hables".
Comparaciones
Al profundizar en los dichos, Reno no encuentra las palabras en el inglés preciso y las vuelca en francés. Frente a "Roseanne", no falta la comparación con "El cartero" ("Il Postino"), aquel éxito del cine también ítalo-norteamericano.
"No estoy de acuerdo con el gigantismo de "El cartero", si bien me seduce Pablo Neruda y lo leo y releo, pero las historias italianas deben ser pequeñas, aunque múltiples. Definitivamente, "Roseanne" no tiene nada que ver con "El cartero". Esta es una historia de amor con mucho humor, de fuerte raíz itálica y algún dinero de Hollywood."
Le recordamos que su fuerte, excepto "Godzilla", han sido las historias pequeñas. "Son las que me gustan y en las que el actor tiene oportunidad de demostrar que lo es. Hacer "big movies" como "Godzilla" le permite a uno trabajar luego en historias de los sentimientos."
¿Cómo era Godzilla en el set? A alguien se le escapa la pregunta que todos queríamos hacer. "¡Godzilla era un incordio! Estaba todo el tiempo alrededor de nosotros, porque no era ni un chip ni una imagen digital. Por suerte me tocó hacer de buen tipo."
Sin que nadie lo interrogue, suelta una salvedad: "No quiere decir que si me tocan tipos sucios cargados de sentimientos no los interprete. Me tiro sobre ellos. Aprendí a quererlos en la escuela, cuando interpretaba a Otelo y a Cyrano, una suerte de "bad guys", tipos sucios que, sin ocultase, están dispuestos a mostrarse de carne y hueso. La escuela no se borra".
En "Por amor a Rosana", Jean Reno tiene que pasar de la alegría un poco tonta del individuo a quien le ocurre poco y nada a la tristeza que se traduce en lágrimas.
"Me gusta llorar"
"¿Llorar en una película? -interroga a su vez-. Eso me gusta. Marcello es un personaje entre el amor y las lágrimas, aunque la acción se pasea por cementerios, tumbas y ataúdes. No me siento ni un clown ni un mimo, pero un actor debe conocer a fondo el rendimiento de su cuerpo, y las lágrimas le pertenecen. Nos ayudó mucho a Mercedes Ruehl -la coprotagonista- y a mí el paisaje de aquella localidad italiana que se va volcando poco a poco hacia el mar. El mar y la vida humana sin fronteras. El cielo a un paso. Tanta sobriedad natural fue el marco para una historia muy loca en la que me sentí como en medio de un terremoto de trabajo."
La vida de Reno -igual que la de muchos actores- es un viaje permanente. París, Los Angeles, Nueva York. "La gente comenzó a reconocerme en los aeropuertos. Lo empecé a sentir cuando estrenamos con Besson la película "Nikita". La gente me recuerda mucho en esos films raros, en alguna medida pequeños, muy europeos.
"¿Si es distinta la producción europea de la norteamericana? Muy distinta, claro. La premura, ésa es la palabra, es otra. Filmar en Europa es como sentirse en el propio país, y no porque te reconozcan en los aeropuertos; el trabajo está personalizado desde la gestión del proyecto hasta el estreno. Hay un compromiso profundo entre el actor, el director y el productor. Cuando ruedas en Hollywood, firmas contrato con uno (ni siquiera pones tú la rúbrica; es obra de tu representante), después de hablar con otro y de encontrarte una tarde con el director para que justo tu escena la filme el asistente. Hay diferencias, ¿no?" En un diálogo con Jean Reno no puede faltar la referencia a Luc Besson, con quien trabajó en muchas oportunidades. "Somos amigos, nos entendemos con un gesto. Más que amigos, cómplices... Nos protegemos gracias a una extraña química en la que no hacen falta palabras en el momento de enfrentar la cámara. Son las películas que, luego, me dan ganas de ver, porque hago otras que sólo veo por obligación."
¿Qué películas le gusta ver, además de una selección de las suyas?, es otra pregunta. "Las que hablan de la libertad y del amor", responde sin dudar.
"No me gusta la claustrofobia, pero me impresionan las grandes distancias, las autopistas norteamericanas, por ejemplo, y el tamaño de este país. Las ciudades abigarradas, en cambio, distraen al espectador de la circunstancia dramática. La ciudad pequeña y el paisaje inmenso, impresionante, convocan los sentimientos."
Idolos
"Marlon Brando y Jean-Paul Belmondo", exclama Jean Reno en respuesta a la pregunta sobre quiénes son sus ídolos en la pantalla grande. "Son nombres que no suenan originales porque nadie puede esquivarlos en el momento de pensar en sus modelos", dice uno de los actores franceses que hoy tienen más predicamento internacional y un reconocimiento creciente en Hollywood.





