
Jobim, en la voz de Gal
"Gal Costa canta Tom Jobim", espectáculo a cargo de Gal Costa (voz), con Jurim Moreira (batería), Sidinho Moreira (percusión), Andre Neiva (contrabajo), Iura Ranevsky (violonchelo), Marcos Teixeira (guitarras) y Zé Canuto (saxo y flauta). Arreglos, piano y dirección musical: Cristóvão Bastos. Teatro Gran Rex. Nuestra opinión: muy bueno
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Tal para cual. Una y otra fluyen con la misma espontaneidad, sin tropiezos, con la sencilla perfección de los hechos naturales. A ese encadenamiento secreto y constante que se percibe en la música de Tom Jobim corresponde la garganta tersa y dúctil de Gal Costa. Por algo, desde antes de confiarle las canciones que compuso para "Gabriela" (el film de Bruno Barreto sobre la novela de Jorge Amado), el creador de "Corcovado" la había declarado su cantante favorita; por algo había manifestado su voluntad de volver a compartir el escenario con ella después de la feliz experiencia en el Festival de Jazz de 1993.
El show no pudo ser -Jobim falleció en Nueva York el 8 de diciembre de 1994-, pero el encuentro siempre es posible. Ahí están las canciones inagotables de uno, ahí la sedosa musicalidad de la otra. Todo listo para demostrar que hay mucha belleza por extraer de un repertorio que por mucho que haya sido transitado (y a veces desfigurado) siempre admite nuevas relecturas.
Cualquier duda que subsista se disipa pronto. Gal tiene con qué superar todos los obstáculos: las condiciones naturales están intactas, la voz límpida, los recursos expresivos enriquecidos por la experiencia. Además tiene a favor su íntima familiaridad con el repertorio y una seguridad consolidada en los largos meses que lleva con este show.
El camino más directo
Y si alguien sospecha que tanta frecuentación puede haber convertido la relectura de las piezas de Jobim en un trámite automático, impecable pero carente de vibración interior, enseguida asoman algunas desmentidas contundentes: son precisamente las versiones de los temas más zarandeados los que muestran con mayor claridad el camino que Gal eligió para recrearlos. Uno muy simple, casi clásico: el de escuchar atentamente la voz del autor y traducirla con exactitud, el de recuperar la médula de cada canción, despojándola de los aderezos y las sedimentaciones superfluas que los años y la incompetencia le fueron adhiriendo.
"Garota de Ipanema", por ejemplo; o "La felicidad":Gal no hace otra cosa que prestar sus cuerdas vocales, su intuición de artista y su sensibilidad para que sean las palabras de Vinicius y las melodías de Jobim quienes la guíen y para que la canción resplandezca como nueva, tarea en la que, por supuesto, cuenta con el apoyo invalorablede Cristóvão Bastos.
Gal se coloca en el lugar justo: no se pone por encima de la obra para hacer alardes de virtuosismo ni se difumina en ella hasta volverse impersonal y anónima. Al contrario: en busca del centro de la canción se interna por sus recovecos y descubre sus matices. Es la misma labor preciosista y admirable que ilumina las versiones de "Por causa de você" (magníficamente apoyada en las sutilezas del piano y el violonchelo), de "Vou te contar" (donde hace que su voz se funda con los instrumentos), del "Tema de amor de Gabriela" (otra joya delicada entre las muchas labradas por Jobim) o de la melancólica y bellísima "Derradeira primavera".
El aporte del grupo instrumental es decisivo. Bastos propone mil y un quiebres rítmicos, acentúa a veces el lado jazzístico o se entrega a los juegos que Gal emprende con el ritmo, como en "Triste" o en la ingeniosa fusión que hizo de "Brigas, nunca mais" y "Discussão". Casi todo el tiempo el estimulante planteo parece ser el mismo: desde el piano Cristóvão Bastos arriesga una aceleración, inventa una finta rítmica, refuerza una disonancia. Es como un desafío, como una incitación destinada a avivar el interés del oyente. Y a cada una de esos encrespamientos provocadores sigue -en sabia proporción- el tranquilizador regreso a las aguas conocidas. Tal parece ser uno de los secretos de este espectáculo que, por cierto, parece haber ido decantándose con la práctica escénica. La clave que Gal y sus compañeros encontraron para esta recuperación del más puro Jobim.
Punto y aparte
Está claro que esta elegante dama de negro que se mueve poco por el escenario y casi en ningún momento se quita los anteojos es la misma Gal Costa de siempre: además de la voz, aterciopelada o poderosa, están a la vista la sonrisa grandota y el modo en que se recoge el pelo por encima de la oreja y se inclina de costado para comprobar si el público ha aceptado su invitación a cantar.
Pero Buenos Aires, ya se sabe, ama a la bahiana juguetona y sensual, a la que derrocha femineidad y gracia cuando insinúa el baile orecorre de punta a punta el escenario, a la quedisfruta del frevo y se entibia en la canción romántica. Entonces, cuando el recital admirable consagrado a Jobim ya ha alcanzado el final con una apasionada y vigorosa traducción de "Se todos fossem iguais a você", llega la hora de cumplir con lo que, sin palabras, se dio por convenido: un puñado de sus hits.
"Baby", "Aquarela do Brasil", "Lanterna dos afogados" y la inevitable "Um dia de domingo" tuercen un poco la sólida unidad que el espectáculo había mostrado hasta allí. Pero ni el más severo e implacable de los críticos se atrevería a cuestionar el cambio de rumbo. Cuando Gal canta como esta noche de su reaparición en el Rex dan ganas de que los bises no terminen nunca.
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