
Si uno se guia por sus letras y su estilo callejero, Toti Iglesias es uno de esos líderes que, como Pity, parece vivir en una fantasía: la de que, como en el polo, una noche sea tan larga que dure hasta seis meses.
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I. “¿Que pasa, che? ¿Nunca se comieron un trava?” Y ahí nomás los pibes estallan en una carcajada que se desparrama por todo el micro y le gana la pulseada al motor ruidoso. La noche cayó hace rato y los kilómetros a Villa Gesell se consumen en la ruta 2 sin mejor pasatiempo que las anécdotas del Bambino Veira; historias que nadie puede probar, pero que valen por sí solas. Entre las más convocantes, se destaca la que tiene al Cabezón Ruggeri y a sus compañeros de plantel como espectadores atónitos de una de las hazañas del Bambino, que les responde aquello del trava. Hace dos horas que el micro salió del barrio de Once, donde, en la puerta de la sala de ensayo de los Pordioseros, se estacionó para recibir a ellos y a los Domínguez, una banda de tatuadores rockeros que también toca en Gesell.
“Pero la mejor es cuando le preguntaron al Bambino qué deseo pediría y dijo: «Que la noche dure seis meses»... ¡Es un grande!”, se entusiasma el Toti, Cristian Iglesias, fundador y cantante de los Jóvenes Pordioseros. El fogón imaginario se alimenta con un desfile de botellas y fábulas trasnochadas. Sikus, Pedi y Chori –los otros Pordioseros– esperan en Gesell. Todos llegan separados. En el micro, más allá, duermen las novias y los plomos, acurrucados con unos colchones sobre el suelo.
El día siguiente será duro: los Jóvenes Pordioseros –la banda que hereda el linaje stone de monoblock de sus vecinos de Viejas Locas y el rolinguismo punk de los primeros Ratones Paranoicos– van a tocar a la última fecha del Gesell Rock, antes de Las Pelotas, para cerrar el festival más importante del verano playero. En menos de 24 horas van a estar arriba del escenario, rockeando para una horda en ojotas que delira cuando suenan los primeros acordes de “Hombre rocanrol” y “Funeral”, los temas que abren el set. Va a ser un show agitado, en el que habrá más energía que virtuosismo. Donde el Fachi (ex Viejas Locas, hoy Motor Loco) subirá a cantar “Ruta 66” y el Toti entonará las gloriosas estrofas del clásico paranoico “Vicio”, moviéndose como un arlequín y, siguiendo esa tendencia veraniega de hablar a través de las inscripciones de la remera, se la cambiará tres veces dejando claras sus alineaciones: la primera es de los Ratones Paranoicos, la segunda de La Mancha de Rolando y la última busca contagiar con la consigna “Basta de culpar a Callejeros”.
Todo eso, sí, en menos de 24 horas. Pero ahora el micro atraviesa el alba y Stone City Gesell no está lejos. Ya pasó el Bambino. Todos duermen, pero el Toti no pega un ojo. Mucho ruido. Mucha noche. Esta, en particular, para él empezó antes de que las agujas dieran las diez en Lugano I y II, esas moles suburbanas, la patria Pordiosera a la que le dedicaron su primer himno: “Cuando me muera no quiero flores/ quiero que fumen en mi honor/ quiero que aspiren y tomen cerveza/ y que me entierren en Lugano I y II”. Ahí, en los monoblocks, mientras se preparaba para salir, el Toti miraba por su ventana los edificios de 14 y 22 pisos, una fortaleza de pasillos sinuosos y ventanas iguales a la de él: “100 mil personas en un radio de seis cuadras”. Dice que se conoce con los vecinos de su edificio (la señora del perro que ladra mucho o la que hace empanadas y las vende cuando la llaman por teléfono desde los otros departamentos, entre otros personajes del monoblock), pero nunca se vio la cara con los vecinos del fondo. Esta noche, una más igual a tantas otras, cayeron los pibes: Velázquez, Dani, Ale de Palermo, Nacho, Facu de Lugano y Mariano de Claypole. Una típica barra de pibes de esquina, en que se entremezclan cumbieros, rolingas y amigos de los amigos. La casa del Toti es la base y él es un buen anfitrión: “Esta es la sala, ahí tenés el baño, ahí la cocina… sentite como en tu casa”, recibe. Ahí mismo, debajo de su ventana, suelen juntarse también algunos de los murgueros de Los Bohemios de Lugano. ¿Casa comunitaria? “Si empezamos a llamar, podemos hacer una megafiesta en casa”, cuenta. Pero los propios amigos son los que ponen orden. Porque, si tuvo show el día anterior, ellos ni le tocan el timbre. “Los pibes respetan que estoy cansado. Ellos se encuentran, por ahí a tres de cuadras de mi casa, y cuando los llamo veo que están todos juntos. Y si les pregunto por qué no pasaron, dicen que porque yo estaba muerto. Antes de venir siempre me llaman, por eso son amigos. Y por eso tienen abiertas las puertas de mi casa.”
Este es el entorno de los Jóvenes Pordioseros. El que mamó el Toti y le permitió convertirse en un rockstar capaz de convocar 12 mil personas (en Ferro, a fines del año pasado) y llegar a ser uno de los líderes tapados que más suenan en las radios de hoy, teniendo, a poco de editar su nuevo disco (Sangre) temas como “Descontrolado”, “No la quiero dejar” o “Nunca me enseñaste”, de Vicio (el último hasta ahora) todavía en rotación. Efectivamente, es una época de líderes tapados: ¿Alguien se sabe los nombres de los músicos de Villanos, Guasones, Tipitos o Pier? Tras la desaparición forzada de Callejeros, el derrape heterodoxo del Pity Alvarez (otro vecino) y el retiro temporario por falta de composiciones nuevas de gigantes como Los Piojos, La Renga y Divididos, ésta parece ser su hora. Y ni FM Hit ni Radio Disney le hacen asco a las líricas corroídas del Toti que, no hay que olvidarlo, surgieron de esta cotidianidad de 14 y 22 pisos. ¿Qué tienen estos monoblocks de Lugano?
En el depto de Lugano, con Toti y su pandilla, la tele, que a la tarde transmitió Pasión, seguía prendida y la pantalla alternaba entre el catch bizarro de 100% lucha y algunos dvds de Sandro, Kiss, Viejas Locas y Damas Gratis. Y ahí sí, “¡Vamos los pibesss!”, nadie se atrevió a tocar el control remoto. “¡Qué empacho! ¡Cómo suena este chabón!”, se entusiasmaban. Las empanadas volaban, la cerveza las regaba y el teclado bacán de Pablito Lescano se adueñó del living de Lugano. ¡Mueva, mueva! Los recuerdos pasan por la ventanilla del micro. Lugano quedó atrás, ahora el aire huele a brisa de mar. Stone City Gesell está cerca.
II. Parece raro que el Toti, tan curtido en el rock de arrabal, tenga una pila de cds y dvds de cumbia. Durante mucho tiempo, algo de ese calibre se consideró pecado. Hoy, época de zapping musical, es saludable. “Yo escucho de todo, la música es información”, explica él. Y confiesa que le gustaría hacer alianzas con Leo García, Manuel Quieto (La Mancha de Rolando) y Attaque 77. Pero eso no es todo: “No le creo demasiado al rocanrol, hay mucha mentira. Ahora que estamos de este lado y vamos a los festivales, veo gente que no es real”, denuncia. Rescata a Lescano (“a él sí le creo”) y dice que pronto va a darle forma de rocanrol a “El humo de mi fasito”, de Damas Gratis. La fórmula ya la tiene clara: en Sangre, el nuevo disco, reversiona un tema de Los Lamas, héroes de la cumbia santafesina.
Así es el presente de Jóvenes Pordioseros, una banda que alcanzó tal convocatoria que a veces, para sacarse de encima la presión, sale sin avisar bajo el nombre de Altas Llantas. Y mejor que ni les hablen de Jagger: “La comparación es fea, odiosa”, dice el Toti. “Sí, hacemos covers y pusimos la lengua, pero el que nos compara nunca entendió nada.”
Vale la pena aclarar: primero fueron los Ratones Paranoicos, que fundaron la patria stone argentina a fuerza de unos cuantos rocanroles sucios y una mitología nocturna que sumaba filosofía, ética y estética inspirada en los Rolling Stones. Los años 90 tuvieron como continuadores a Viejas Locas. La banda del Pity llevó al extremo la marginalidad del rolinga, hizo del barrio su nación y le aportó una cotidianidad argentina e incluso familiera a esas aventuras tóxicas. Eso se sabe. Ahora, podríamos dividir en dos grandes ramas a la raza stone argentina: la Bohemia y la Doctrina.
La primera es la de Callejeros, El Bordo, La Covacha, Los Umbanda. Bandas que abren el espectro estético hacia un neohippismo, bien de barrio, y ensayan acordes de reggae chabón, tango de Topper o candombe bonaerense. La Doctrina, en cambio, resguarda los valores de la ortodoxia stone: blues & roll, lenguas y flequillos. La herencia que nos supieron legar Jagger y Richards, custodiada con celo acá en el fin del mundo. Y los Jóvenes Pordioseros son los últimos exponentes de esta columna. En sus shows se repite la liturgia que supieron fundar sus antecesores rockeros, y la Misa Stone no lleva ese nombre por casualidad. Dentro del género más popular del rock argentino, manda la gloriosa JP. Aunque, nobleza obliga, el Toti tiene la palabra: “Cuando tocamos en Jóvenes, la movida es rocanrol. Pero nuestro rocanrol”. Y, a pesar de haber grabado un disco con temas de los Stones en español ( Homenaje, 2002), dice que no les quita el sueño conocer a Sus Majestades: “Si nos ven, nos tirarían una moneda, dirían que somos villeros”.
III. Sexo, churros y rocanrol. La sagrada trinidad de Villa Gesell le debe un lugar de privilegio a Dante Ayala, habitante del conurbano que todos los veranos emigra al balneario. Es temprano y el churrero está contento: los Jóvenes Pordioseros están de nuevo en la ciudad. A las diez de la matina, después de bajar del micro y desayunar, probaron sonido en el escenario del autocine de Villa Gesell. Cuando terminaron, sus ojos pedían clemencia y horas de sueño. Siesta mediante, se reencuentran con el churrero. Es vox populi que él, que ostenta una melena entrecana, 50 años recién cumplidos y una remera de trabajo decorada con una lengua rolinga (al lado de la insignia de “Churros El Amanecer”), tiene instinto para sondear el semillero rockero de estas playas. El hombre de los churros sabe más de guitarras eléctricas que de dulce de leche, cuentan. “Conocí muchas bandas en la playa: La Portuaria, Kapanga, Jóvenes Pordioseros…”, arranca él. “A los Jóvenes los conocí hace seis años en Windsurf, a las cinco de la tarde de un día como hoy, de sol. Arrancaron con «Start Me Up» y me quedé clavado ahí. Al rato, tocaron «Brown Sugar»”, evoca, haciendo una pausa y convidando unas masas de su canasto. Churros ricos, grasos, grosos, bajoneros, que alimentaron a los Jóvenes Pordioseros cuando hicieron su primera gira playera sin más alimento o abrigo que un puñado de canciones y su Misa Stone (hoy devenida en Misa Pordiosera). Habían llegado en una F100 a maratonear 90 shows en 60 días. Y Dante los salvó de la inanición (¡no todos los rockeros mueren de sobredosis!). Por eso no es casual que esta nota se desarrolle acá, justamente en su lugar por excelencia, el que define su identidad: Stone City Gesell, el balneario al que los Jóvenes Pordioseros le dedicaron el tema de arranque del disco Vicio, el frenético “105 y 3”. “Tocando conocí todo”, cuenta ahora el Toti. “Con los Jóvenes vi por primera vez el mar. No me llamó mucho la atención, eh. Dicen que es agua salada.” Las cosas cambian: hoy, sale a caminar por la playa y reparte saludos sin fin. Y a Dante ya lo conocen en todos los shows: “¡Aguante el churrero!”, le gritan. Es un miembro acreditado del universo pordiosero, a tal punto que su teléfono celular suena con un remix que él mismo diseñó sobre “Descontrolado”, el último hit pordiosero. ¡Gloria al churrero!
IV. ¿Pero quienes son, en verdad, los Jóvenes Pordioseros? La tarde cae sobre la playa y una charla con el Toti revela sus múltiples caras, más allá de su currículum: un frontman carismático de una banda en expansión; un artista con lucidez melódica; y un chacal solitario que observa la baja sociedad desde el margen. Habla midiendo las palabras, sincero. Y mira fijo. Dice que se crió entre Lugano I y II y Piedrabuena, otro de los barrios de monoblocks que asoman hacia el Sur, donde la ciudad se acorrala contra la General Paz y el Riachuelo. “Lugano es todo parecido: tenés un monoblock, después casitas, otro monoblock, más casitas y todo así.” Lo que va cambiando es la melodía: mientras que Lugano I y II suena a ritmo tropical, Piedrabuena es pura distorsión. Tierra bendita del rocanrol, el barrio tiene como orgullo ser la cuna de Viejas Locas. “De chico paraba en Piedrabuena con todos pibes grandes”, cuenta el Toti. “Un barrio muy duro. Vi muchas cosas.” Además del recuerdo de los pasillos y las tiras, esos barrios le dejaron al Toti una forma cruda y zarpada de contar su mundo, real en lo directo, en lo grueso. “Me duele el caño de tanto jalar”, canta a lo bonzo en “No la quiero dejar”. “Salgo a caminar, me pongo a pensar/ salgo a caminar, solo y duro”, reflexiona en otro track. Aunque también es capaz de susurrar: “¿Qué será del rock sin el and roll?/ ¿Qué será de mí si estoy sin vos?”. O mejor: “Tengo que dejar de escribir sobrenosotros/ canciones que cantan todos/ y nunca vas a escuchar”. Escribe lo que piensa, lo que le pasa cuando quiere escribir: caminar, solo e intoxicado, pensando en el rock como metáfora total de una vida. Esta es su poética del monoblock.
Pero, en su micromundo, hay un mas allá de los excesos, la noche y el rocanrol; hay días grises en Lugano. El Toti suele usar brazaletes que se hace con la tela de los vestidos de su abuela Beatriz. “En la memoria de b.v.b.g.”, se lee en el booklet del disco Vicio. “Se llamaba Beatriz”, cuentan sus ojos nublados. Ella se fue hace dos años. “Me costó mucho y aunque lo llevo bien, no sé si lo superé. Teníamos una comunicación muy especial.” Dice que a veces prefiere no pensar, que lo mata quedarse un día en casa sin hacer nada. Le duele el cuerpo. La cabeza le trabaja de más. Y ésa es una pieza fundamental en sus composiciones, una regla que, acaso, explica su potencia hitera, esa que lo llevó hasta firmar un contrato con la multinacional Warner Music: “Si las cosas se me quedan en la cabeza, la gente también se las va a acordar. Por eso no hago temas que me cueste recordar. Tengo una memoria de mierda, tomo pastillas”.
–¿Dan resultado?
–Sí… cuando me acuerdo de tomarlas.
–¿Pero cómo hacés para acordarte las letras?
–En general me las acuerdo y si no, las sanateo. A veces invento letras en el momento. Eso no significa que no me tome en serio la composición: yo si no termino una canción no me puedo dormir. Hay días que voy escribiendo en mil papelitos distintos, en boletos de bondi, y después veo que todo es una cagada y termina en el tacho de basura...
–¿Cuánto de autobiográfico hay en tus letras?
–Casi todo, diría que un 98 por ciento. Lo que hago a veces es ir para atrás y cantar sobre una historia que me haya pasado. Yo le puedo hacer una canción a la piba con la que salía a los 13.
–¿Y sos de hacer cosas como irte de gira solo a la noche, como en “Solo y duro”?
–Yo ando solo. Ando de noche. Si me aburro en mi casa, me flasheo y me subo a un bondi. Por ahí me lo tomo de casa a Liniers y voy con el walkman mirando por la ventanilla. Después me meto un rato en internet, le contesto los mails a los pibitos, miro los fotologs de mis amigos y vuelvo. Por ahí terminamos de ensayar y a las cuatro estoy caminando solo en la calle.
–Las calles son diferentes a la noche…
–Es el momento para pensar o descansar la cabeza. La disfruto, aunque ahora está un poco peligrosa. Hay situaciones raras. Con esto de que saludás a muchos pibitos, a veces pensás que en la calle son todos amigos… y no lo son.
Y quizá comparta algo más que el territorio con el Pity. El desprejuicio, por ahí viene la mano. Y la pasta de figura. De sólo ver al Toti en el escenario (cómo baila, cómo gesticula, cómo arenga) cualquier cazatalentos podría hablar de su carisma. El se desmarca contando de cuando era nene. Dice que a los 8 años ya jugaba a los Jóvenes Pordioseros (“era el nombre de nuestro equipo de fútbol”) y soñaba con rockear. “Mi primera canción la hice con mis primos, se llamaba «El rubio grandotón» y contaba de un chabón al que le robaban la mina y le pegaban.” ¿El niño Toti? “Todo lo que escuchaban mis primos me llegaba. Una vuelta se olvidaron unos casetes en casa, uno de los Ratones y otro de los Stones. Lo puse y el primer tema fue «Let’s Spend the Night Together»… no lo pude creer. Lo rebobiné y estaba «Under My Thumb». Me cambió la vida.” Es verdad.
Y se siente un afortunado: “Ahora tengo la suerte de poder aprender de Juanse. Por ejemplo, el año pasado salimos a tocar en Ferro y yo estaba tan nervioso que me temblaban las manos... hasta llegué a volcar un vaso con fernet. Ahí me agarró Juanse en un costado, me dijo dos o tres cosas y se me pasó”.
–¿Qué te dijo?
–Que todo lo que había ahí era gente que habíamos logrado con mucho esfuerzo, que no estuviera nervioso porque nos habíamos roto el culo, que nada es casual, que lo disfrute. Vi las cosas de otra manera. Hay mucha gente que cuando conoce a un grande no lo respeta. Para mí no se puede perder. Es como conocer a Maradona, tomarte un trago y dejar de respetarlo. No es así.
–¿Qué representa Juanse?
–El chabón es rocanrol, logra hacer temas que te ubican en la estructura de un lugar. Si escucho “El rock de la calle” me siento en la calle a la noche. Si escucho “La nave” me siento en una habitación. Juanse me ubica, es un gran compositor.
No por nada, Juanse aparece como invitado en el flamante Sangre. “Cuando vino a ensayar yo pensaba que el chabón iba a tirar unos blues, típico, pero por suerte hicimos rocanrol”, cuenta el Toti. No era por aburrimiento que tenía temor: “¡Somos de madera tocando blues!”. El propio Juanse nos habla de los Jóvenes: “El nombre de la banda tuvo mucho boca en boca y eso es lo que más me atrae de los grupos nuevos. Mi hijo Dalan, de 12 años, fue uno de los que me habló de ellos. Cuando empecé a seguirlos, vi que fueron evolucionando terriblemente”. No por nada, los Pordioseros incluyen una versión de “Vicio” –el hit de los Ratones– en muchos de sus sets. “Es un altísimo honor”, dice el héroe Paranoico. En el último Cosquín lo tocaron juntos para delirio de los miles que llegaron hasta el festival. Sigue Juanse: “Me hacen acordar a cuando nosotros estábamos superando los obstáculos de los inicios, porque si bien son una banda popular, todavía tienen que sortear un montón de inconvenientes”, cuenta Juanse. “Lo más importante que tienen son las canciones. Si no es muy difícil entrar en lo popular. Y el disco Vicio tiene canciones importantes, sin que eso te lleve a dudar si transaron por la difusión. No: los temas son buenos y abarcan la alta difusión por eso mismo.” ¿Sus preferidas? “«Funeral», «105 y 3», «Descontrolado».”
Además de las canciones, los Pordioseros se construyeron a base de… ¿huevo? ¿tenacidad? ¿locura? “Todos perdimos nuestros trabajos por la banda”, dice el Toti. Quizás algunos jóvenes profesionales lo recuerden: hace tres años, el pibe stone que sacaba fotocopias en la Universidad Abierta Interamericana era él. “Era un laburo buenísimo, de lunes a viernes, con estudiantes”, cuenta. “Pero yo no les respondía, me venía todo enero y febrero a Gesell a tocar.” En esa época los Jóvenes no ensayaban. Simplemente tocaban. Todos los fines de semana tenían fechas, algo así como un ensayo público. “Mientras tocáramos, sabíamos que comíamos.” Algo era seguro: esa vida era mejor que ir a pedir monedas. El Toti llegó a caminar la avenida Rivadavia chamuyando gente: “Salía bien vestido y decía que me faltaban 20 centavos para ir al trabajo. Y algo juntaba”.
–O sea que en su momento fuiste un verdadero joven pordiosero…
–Sí, mal. Yo quería seguir con los Jóvenes y no tenía otro recurso. Hacíamos Cemento y metíamos mil personas, pero nos llevábamos 20 pesos porque invertíamos en la banda.
Por ahí, otros lo recuerdan de las mañanas frías del subte, cuando dos pibitos stones tocaban sus guitarras a las 7.30 en el pasaje del Obelisco. Eran el Toti y el violero Pordiosero, el Pedi, un pibe de jeans rotos y una larga melena, desgarbado y simpático. “Los días que más garpaban eran los jueves y viernes… cerca del fin de semana, se ve que la gente está más contenta”, evalúa el Toti. Y el Pedi suma: “Hacíamos de todo, al principio rhythm & blues; después terminábamos tocando temas nuestros, de Sandro, de los Abuelos de la Nada, alguna chacarera y mucho Calamaro… de a dos pesos nos dejaban, Calamaro era re billete”.
El Pedi no estaba mucho mejor. Acababa de llegar sin nada de un largo viaje a los Estados Unidos, una locura de veinteañero. “Yo estaba de novio y laburaba de cadete, pero me enfermé la cabeza.” Agarró sus 400 pesos ahorrados y se fue a Miami y Nueva Orleáns. “Como experiencia fue grossa, pero me faltaba mi gente.” Seis meses después volvió. Decidido a rockear, se unió a los Jóvenes Pordioseros, la banda con la que compartía shows de 30 personas en un pub de Flores, Via Cerino, cuando él tocaba en Prana.
Juanse no estuvo en Via Cerino, pero sus palabras vienen al caso cuando elogia la capacidad de los Jóvenes para “adaptarse a cualquier circunstancia” en el escenario. “El Pedi parece un guitarrista con muchas décadas de carrera”, opina Juanse. “Toca como sea, donde sea.” Acaso haya aprendido del Chizzo de La Renga. Sus ojos brillan cuando lo menciona, como a Ritchie Blackmore (Deep Purple) y a Joe Perry (Aerosmith). Y, claro, a Keith Richards. “Me gusta mucho cómo maneja los silencios. Por ahí tiene un acorde y lo corta en seco y queda la bata. Esa cosa de los Stones me fascina, porque es lo que más me cuesta a mí.”
–¿Por qué los Stones son una religión acá?
–No sé de dónde salió eso. La gente que nos viene a ver tiene muy en claro que los Stones no son pobres, no usan Topper ni flequillo, ni toman vino en caja… ¡ni en pedo! Toman la mejor droga. Pero hay una subcultura que tiene que ver con la gente de barrio. Cuando llegué a Gesell, en la terminal conocí a unas pibas de Quilmes que se vinieron sin plata ni nada… eso es rock: hacer lo que querés. Y esta movida nos trata bien.
–La movida los trata bien, ¿y las groupies?
–Yo le contaba a un amigo y no me creía, que la posta es que las minitas vienen y te chamuyan. Pero cuando cerrás la puerta y te quedás solo, sos uno más. Y todo lo que no remaste antes, tenés que remarlo ahí. No está tan bueno. A mí me interesa más que venga alguien como el Tripa de Longchamps, un pibe que conocimos hace unos años, y nos invite a comer un asado. Prefiero sentir eso, que alguien te tenga en cuenta en su vida, a que venga una minita y te diga: “Te quiero chupar la pija”.
–Pero está bueno que te chupen la pija…
–Podés tocar muy bien y podés tener la pija más grande para que todas las minas te la quieran chupar, pero que un pibe como el Tripa de Longchamps te diga: “Loco, yo te quiero”, eso a nosotros nos parece que no tiene precio. Eso también es rocanrol. ¿Se entiende?
V. Finalmente cayo la noche. Son casi las once en el autocine de Gesell y los Gardelitos cierran su show. Hay movimiento, gente que va y viene, plomos, productores, músicos. En el camarín (una carpa blanca), los Jóvenes Pordioseros disfrutan del disco de oro que les acaban de dar por Vicio. El Toti arma la lista de temas, un ejercicio al que no está acostumbrado: “Preferimos improvisar”. Anota en una hoja los primeros temas: “Hombre rocanrol” y “Funeral”. “Voy a salir bailando”, decide. Sobre la mesa, una picada se vacía de quesos y salames. El representante entra con un cajón de cervezas, aguas y bebidas energizantes. Falta poco para salir. El Pedi está ansioso. En un rincón del camarín escucha un disco de Guns N’ Roses y flashea. Estuvo buscando uno de los Stones, pero no encontró. Ahora toca con la guitarra desenchufada, moviéndose, cebándose. “Me pega mucho ver a la gente, por más sobrio que esté”, cuenta. “Ser para un pibe lo que otros fueron para mí es una adrenalina que me sobrepasa, pifio todo el tiempo, corro y salto, no me puedo quedar quieto.” Ahora hay silencio en el escenario. Los Gardelitos ya desenchufaron. Por afuera pasan Germán Daffunchio y sus compañeros de Las Pelotas, que acaban de llegar y van a cerrar la noche. Pero antes, los Jóvenes Pordioseros se preparan para adueñarse del escenario con su Misa. “¡Que salga el Toti, que salga el Toti!/ ¡Que salga el Toti y todo el año es carnaval!”, grita la horda en ojotas.




