Juan Carlos Godoy: adiós a un tanguero sensible
Sus amigos tangueros decían que tenía más noche que la Luna. Juan Carlos Godoy murió a los 93 años, en la madrugada de anteayer. Su vida junto al tango fue larga, intensa. Llegó a escuchar cantar a Gardel y a Magaldi. Decía que era un enamorado de esas voces. Su paso por las orquestas de Ricardo Tanturi, José Basso y Alfredo De Angelis, en las que colocó éxitos como "La mariposa", lo ubicó dentro del olimpo popular de los mejores cantores de los años dorados de las décadas del cuarenta y cincuenta.
Su verdadero nombre era Aníbal Domingo Llanes. Su bautismo artístico fue en 1956, con la orquesta de Ricardo Tanturi, el director que le cambió el nombre por Juan Carlos Godoy. Una temporada con la orquesta de Tanturi terminó de pulir su estilo. En esos tiempos la noche se hizo su amiga. "En realidad, si la noche viene bien nunca te querés ir a dormir. Querés seguirla", evocaba en una nota con LA NACION. El cantor terminaba tarde de actuar en cabarets como el mítico Marabú y al otro día arrancaba bien temprano como bancario. Eran épocas de bohemia. Solía recordar sin nostalgia ese tiempo de explosión tanguera. "Me acuerdo de que en el 46 yo salía de Tango Bar y me iba a escuchar a Piazzolla. Después salía de ahí y me iba a verlo a Leopoldo Federico, pasaba por El Nacional para escuchar a Alfredo Gobbi y me cruzaba por algún cabaret donde estaba otra orquesta. Era un lujo."
Con el tiempo, además de lograr fama y dinero con la orquesta de Alfredo De Angelis, su timbre refinado de acentuación rea y evocativa llamó la atención de Aníbal Troilo, que lo quiso en su típica. "No se pudo dar. Yo tenía un compromiso con De Angelis para hacer una gira por Colombia y era mucho dinero, me servía para comprar un departamento. Pero con el Gordo después nos hicimos amigos."
En el ambiente tanguero, Juan Carlos Godoy era bien conocido por su frondoso anecdotario. Sus historias de burros y noches tangueras son legendarias. Confesaba que una vez ganó un dineral con los caballos y al otro día un árbol se cayó sobre el auto nuevo que había comprado con esa plata. Como Gardel, su ídolo máximo, no tenía pruritos en contar su afición al escolazo. Después de recibir una ovación en el teatro Olympia de París tras el resurgimiento que tuvo por su participación en la película y el disco Café de los maestros (2006), producido por Gustavo Santaolalla, lo primero que hizo a su regreso fue ir al hipódromo de Palermo. "Me gasté toda la guita que gané en la gira en los caballos. Tengo muchos amigos en ese ambiente y son todos unos lindos atorrantes. Hasta voy a cantar a dúo con un cuidador que me pasa los datos. A mi edad no me voy andar guardando la plata", reconocía.
Godoy estaba más allá del bien y del mal. Había sido figura del emblemático Glostora Tango Club y fue una celebridad en Colombia cuando el tango estaba en retirada. Las experiencias de un hombre curtido por la noche y el tango se reflejaba en su estilo como intérprete hasta sus últimas grabaciones. Tenía romanticismo en la voz y cierta guapeza necesaria para la época. Sobre el escenario parecía un dandi o el custodio de una mesa de dinero. Andaba siempre trajeado, como si estuviera listo para salir al escenario. Tenía una mirada intensa, de atorrante. Ese registro "lunfa", que tuvo la aprobación de Edmundo Rivero cuando Godoy hacía sus primeros palotes en el tango, se reflejó muy bien en su repertorio de romances prohibidos, como "Obsesión", que grabó con Di Sarli, o en sus últimas grabaciones, como el disco Canchero, de 2010, donde volvía a esa escuela del boliche y la juntada con amigos en la esquina de La Boca. Ese universo de otarios, rufianes, bacanes y minas mistongas le calzaba perfectamente a su acentuación rea. Godoy tenía la prestancia del tanguero promedio, canchero y compadrito, que se pavoneaba en las pistas para quedarse con la más linda. Pero en el fondo, como todo porteño de ley, Juan Carlos Godoy era un sensible.
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