Julio Cortázar, el del jazz

René Vargas Vera
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4 de enero de 1999  

Jorge Luis Borges es, en el contexto de estas líneas, el de las milongas. Y Julio Cortázar, el del jazz.

Mientras Borges echaba una mirada retrospectiva para salvar del olvido (en pleno auge del modernismo) al cuchillero de extramuros con el que construyó toda una mitología poética y ensayística plasmada, por ejemplo, en "Para la seis cuerdas" y en "Evaristo Carriego", Cortázar trasladaba su origen barrial, su asimilación europea, su cultura formal de clase media, y su mundo alternativo entre París y Plaza Once a lo largo de sus cuentos y novelas, mientras husmeaba en el mundo del jazz.

En sus obras, Cortázar desordenaba el arte en favor de la vida, al cuestionar el lenguaje establecido.

Precisamente, en "Rayuela" -uno de los modelos de revolución de las palabras, de rebelión verbal heredada de la experiencia surrealista anterior a los años 60- muestra Cortázar sus afinidades con la música afronorteamericana, mezcladas de remembranzas autobiográficas.

Su amor por el jazz, por su capacidad proteica, se hace evidente en cuentos, artículos y páginas recordables de "La vuelta al día en ochenta mundos". Y sobre todo en "El perseguidor", como veremos.

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Borges era sordo para la música. Lo afirmaron -eufemísticos o no- músicos eminentes, como Piazzolla. En todo caso, su música (la de Borges) anidaba en las palabras -en los juegos de palabras-, en sus sonidos, en su ritmo y sus cadencias.

Cortázar, en cambio, según contó su hermana, tocaba el clarinete. Y desde muy niño había practicado en el piano. "Los negros de allá, de Norte América, le gustaban. Los tangos, esas cosas nuestras, no." Al final, la nostalgia de Buenos Aires, en Europa, lo volvió al tango.

Por un lado habían estado la mamá y la tía de la infancia, que tocaban a cuatro manos en el piano Blüthner. Por otro, esa casa (la de él) "que había visto nacer el disco", donde él y otros fanáticos transitaban por las notas de Armstrong, que alternaban con sopranos, tenores y barítonos italianos, y ese nefasto Minué de Paderewsky, que era la música clásica en muchos hogares de clase media.

Su curiosidad por la música lo había topado, de joven, con "su primer amor", Claudia Muzzio, desde que su abuela lo llevó al Colón a la ópera Norma . Muchos, incluso, recordarán esa famosa foto de Cortázar tocando la trompeta, y aquella confesión: "Sí, en verdad toco la trompeta, pero sólo como desahogo. Soy pésimo".

En "El argentino que se hizo querer de todos", García Márquez refiere un viaje en tren, de París a Praga, junto con Carlos Fuentes y Cortázar, donde una pasajera pregunta a Cortázar sobre la introducción del piano en la orquesta de jazz, lo que le permitió a Julio desarrollar por horas una lección histórica y estética de increíble versación, rematada con una apología homérica de Thelonious Monk.

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Pero el Cortázar músico, quizás el más minucioso -el jazzman-, está plasmado en "El perseguidor", que es como una pequeña "Rayuela", por las similitudes de sus personajes Johnny y Oliveira. "El perseguidor", dedicado In memoriam de Ch. P. (Charlie Parker), retrata a un Johnny Carter (donde se reúnen nombre y apellido de dos saxos memorables: Johnny Hodges y Benny Carter), que hereda aficiones de Parker: alcohol, drogas, escándalos, amoríos... Johnny es un músico arbitrario y genial, que descoloca con gestos y desplantes de intuitivo a Bruno (es decir, Cortázar), un crítico racional que está escribiendo un libro sobre Johnny.

"Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar", piensa Bruno, quien, entre el perfil humano y el jazz, descubre que "uno es una pobre porquería al lado de un tipo como Johnny Carter". Bruno, que ha escrito un libro que es -lo reconoce Johnny- "como lo que toca Satchmo, tan limpio, tan puro".

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