Los olvidados del fascinante mundo del rock
1 minuto de lectura'

Como todos sabemos, la industria es cruel, calculadora y no tiene sentimientos. De ahí que uno vaya al sector de música de las librerías y encuentre decenas, quizás cientos de biografías de artistas importantísimos como Bob Dylan, Kurt Cobain, Marilyn Manson o Christopher Cross, pero nunca la de uno de esos héroes anónimos que pasaron de forma intrascendente por el mundo del rock, sin ningún tipo de relevancia, interés o talento. Por eso me decidí a subsanar ese error. Los últimos tres años de mi vida le dediqué dos horas de cada día a escribir mi primer libro, que es ni más ni menos que el relato de la vida ultraembolante de un tipo que sintetiza como ningún otro el espíritu meh: el bajista de Dokken. No el que está ahora: uno que se fue en los 80. No sé muy bien por qué lo elegí en realidad. Es el que está marcado en la foto, fíjense (creo, capaz que es el de al lado, no estoy del todo seguro). El texto lleva por nombre ¿Quién es Jeff Pilson? Yo tampoco sé, y se podrá comprar en el Coto de Sarandí a partir del mes de agosto. La firma de ejemplares se hace el 27 de septiembre a eso de las 16:15 hs, en la boletería de la estación Pichincha Milagrosa de la Línea E, y a cada uno que venga le pago el viaje de vuelta a la casa (no autografío fotocopias, ojo).
Pero para que vayan palpitando cómo viene la mano, les dejo uno de mis capítulos preferidos del libro, tal vez el más conmovedor de todos: el que relata el momento en que, en pleno furor por el glam metal y viviendo muy cerca de un torbellino de drogas, alcohol y groupies (todas cosas que se repartían el cantante y el violero y a él no le tocaban ni de casualidad, claro está), Pilson se compra un par de pantuflas. A continuación, el texto como saldrá en la biografía.
"¿Sabés que a Mussolini le re copaban las películas de zombies?", le dijo Pilson una fría tarde de enero en Anaheim, California, a Don Dokken, mientras este se despertaba de dormir una siesta usando a Cindy Crawford de almohada. "¿Lo qué?", contestó éste, bastardeando las reglas de la sintaxis pero dejando en claro la poca relevancia de la pregunta de su bajista, para luego dirigirse al baño a expeler un cloro. "No, nada", replicó Jeff, quien hacía zapping compulsivamente, deteniéndose cada tanto a pispear de queruza La Familia Ingalls. Y su disimulo no era un dato menor: "Al bajista de Dokken le gusta La Familia Ingalls", había titulado unos meses antes, nada menos que en la portada, el fanzine Highway to Failure (que a la vez funcionaba como catálogo de Avon), lo cual le había reportado una vergüenza terrible, que se le pasó al toque cuando vio que no lo leyó nadie, pero igual, por las dudas.
La noche anterior había sido una cuasi catástrofe: antes del show, los miembros del grupo le habían preguntado al promotor por la asistencia prevista, y éste había respondido "veinte gambas". Acostumbrados a tocar para cien borrachos y 17 atorrantas con blenorragia, creyeron estar ante el concierto de sus vidas, ese que iba a superar la barrera de las 20 mil personas y los iba a embutir en el Olimpo de las bandas más convocantes de la historia junto a Led Zeppelin, Pier y el Chaqueño Palavecino con Soledad y Los Nocheros en Vélez. Grande fue la decepción cuando en el lugar sólo se presentaron once personas, nueve completos y dos veteranos de Vietnam cojos que compartían un par de Kickers. O sea: veinte gambas. Cuando fueron a buscar al promotor para surtirlo, éste estaba tomando un submarino con bay biscuit como a treinta cuadras, y les dio fiaca. Un bajón.
Por eso los ánimos estaban caldeados, mientras que la temperatura del lugar era inversamente proporcional. Es decir: estaban todos re calientes pero hacía un frío que te partía al medio, y Pilson se resguardaba del mismo en la cama bajo su cobija de Mazinger hasta que sucedió lo inesperado: el lechón con caracú del almuerzo se le amotinó en el colon, y sintió la urgente necesidad de deponer. El problema era lo que esto implicaba: salir del lecho y no sólo congelarse el cuero, sino también apoyar las patas sobre el piso helado hasta llegar al biorsi. Intentó colgarse a la Crawford de los hombros a modo de abrigo, pero esta le metió un mamporro que le arrancó dos caninos y una muela, y siguió mirando con embelesamiento cómo Dokken jugaba al Tiki Taka. De modo que se armó una toga con la frazada y marchó, pero ponerse las botas texanas no era una opción, así que intentó caminar descalzo hasta el baño, con tanta mala suerte que ante el primer contacto con el suelo helado se aflojó, y una catarata escatológica descendió bruscamente por su pierna derecha, y un poquito por la izquierda también.
La vergüenza lo invadió. Corrió como pudo hasta el toilette, hizo lo suyo, se pegó un duchazo e incendió las ropas que llevaba. Luego pidió a gritos que le alcanzaran algo para ponerse, y el baterista Mick Brown, el otro paria del grupo, se solidarizó y le dio una mano. "No puedo seguir así, tengo que hacer algo", pensó. De modo que se emponchó y salió a enfrentar su destino: necesitaba pantuflas.
Caminó y caminó bajo la lluvia y la nieve y el granizo y todo eso. Llegó tres horas más tarde a una pantuflería que, tras mirar la dirección, resultó quedar a media cuadra del hotel donde paraba: había andado en círculos. "Disculpe, ¿tiene pantuflas?", le preguntó al pantuflero, y este fue terminante y muy elocuente con la respuesta: "Sí". Se probó varios modelos: pata de dinosaurio, chinela de goma, con los dedos al aire, puntera acolchada, etc. Finalmente se quedó con unas coloraditas con el escudo de Independiente que le cayeron simpáticas (las fuentes consultadas no se ponen de acuerdo respecto del origen del fanatismo de Pilson por el club de Avellaneda, aunque algunos señalan que fue completamente random), las pagó y se las llevó. Y así fue como Jeff Pilson obtuvo sus pantuflas, gracias a las cuales dejó de congelarse las patas y, por ende, de ensuciarse la ropa interior frente a sus compañeros de banda y las groupies que se querían comer a Dokken o al guitarrista, pero jamás a él.





