
"La caballerosidad no tiene que ver con la geografía"
Del boxeo al periodismo, a la manera del Caballero español
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Fue boxeador amateur y le ordenó la biblioteca a un aristócrata londinense; vivió en Caracas y en Tánger y escribió un libro sobre cocina española. Y casi a ningún lugar dejó de llevar sus jeans y su viejo smoking. Conoció redacciones de distintos rincones del mundo hasta que, hace 30 años, se radicó en Buenos Aires, donde pasó por varios diarios y agencias de noticias. Entonces, Rolando Hanglin le propuso una columna en su programa de Radio Continental para hablar de todas esas cosas que había vivido y de su cultivado gusto por la buena mesa, el correcto vestir y el mejor hablar. Así, diez años atrás, José Luis Alvarez Fermosel adoptó el personaje del Caballero español, un dandy en realidad indistinguible del madrileño, actual subdirector del semanario hemisférico Tiempos del Mundo, que ahora mismo revuelve su café con leche fría en el Tortoni.
-¿Realmente boxeó?
-Desde los 19 hasta los 23 años. Fui amateur de peso welter. Me faltaba una pelea para ser profesional, pero dejé. Imagínate, yo iba a la facultad y mi familia estaba desesperada: quería que fuera abogado. Nunca me recibí.
-¿Qué le gustaba del boxeo?
-Esa sensación de batirte contra una persona a la que tienes que ganarle porque eres más hábil. Además, la verdad es que nunca me gustaron los deportes en equipo; siempre preferí los solitarios, como la esgrima, que también practiqué. Quizá, para no sentirme culpable de que mi equipo perdiera por mí o para no ganar de manera diluida. También boxeé por necesidad: en esa época era muy delgado y, bueno, en el colegio me pegaban y pensé que debía hacer algo para no ser el tonto del escuadrón.
-¿Cuál es su estadística?
-19 peleas; 15 o 16 ganadas, casi todas por puntos y tres por knock out; tres o cuatro perdidas, sólo una por puntos. Lo que pasa es que al principio yo era zurdo. Tenía mucha fuerza en la izquierda y peleaba con la guardia cambiada. Hasta que de la manera más estúpida, pegándole a una bolsa, me partí la mano. Me hice derecho y comencé a perder más seguido.
-¿Del ring saltó al periodismo?
-No pude ser abogado como quería mi madre. Ella era contadora, aunque no ejerció, y mi padre pintaba muy bien y fue director artístico de la Real Fábrica de Tapices de Madrid, hoy transformada en museo. Pero la carrera de Derecho era difícil, a no ser que tu padre fuera abogado y tuviera un estudio. Así que opté por el periodismo, que también me costó mucho. Era la época de esos periodistas de toda la vida, viejos escritores de plumas ilustres con premios de literatura y todo eso.
-¿Qué notas le interesaban?
-Más que nada, el artículo literario, que creo que todavía es lo que hago mejor. Durante mucho tiempo, con esfuerzo y con la oposición de la familia, visité las redacciones, hasta que una vez alguien me hizo pasar a la del diario Informaciones, llena de humo, de ruidos de las viejas máquinas de escribir. Y me pareció algo absolutamente fascinante. Pronto empecé a publicar en revistas como Espectáculos y Piel. ¡Hasta cobré y todo! Iba a buscar unos sobres azules, ahí, en la administración, donde había una ventanita redonda por la que se asomaba un señor mayor con bigote manchado por la nicotina que, con voz ronca, decía: Tiene que cobrar 327 pesetas con 73 céntimos porque se le va a hacer el descuento para el sindicato... A mí me parecía tocar el cielo con las manos. ¡Ya estoy cobrando!
-¿Cómo llegó a Buenos Aires?
-Viví en Tánger, en Caracas y en Londres, y recorrí toda Europa a dedo y de mochilero. También trabajé de otras cosas: vendí tractores, fui agente de seguros de vida, modelo publicitario, actor ocasional. En Londres, un señor me pidió que le organizara su biblioteca, en un piso espectacular en Chelsea. Una vez, él me dijo: Hay que tener siempre todos los trajes que se necesiten para ir a todas partes, aunque no se vaya a ningún sitio. Lo comprobé: siempre que iba de enviado especial, aunque fuera a una guerra, llevaba las botas, el jeans y el smoking. Luego me casé con una argentina (ahora mi ex esposa), que me propuso probar suerte aquí. Me vine y empecé a trabajar en Crónica y después en la agencia EFE. Mi primer director fue Ernesto Bonasso, el padre de Miguel Bonasso, un excelente periodista y un tipo excepcional.
-Hasta que lo nombraron caballero...
-Rolando Hanglin me propuso trabajar en la radio. Le debo muchísimo; él me convirtió en este personaje. Es un tipo con una visión extraordinaria, con ojo de águila para encontrar la veta. Yo no sabía ni qué decir. El me dijo: Mira, te voy a poner el apelativo de Caballero español, porque conocí a un vasco que estaba loco por mi tía y que cuando iba a casa decía, juntando los talones a la prusiana: ¡Mujica, caballero español!
-¿Pensó en volver a vivir en España?
-Siempre. Mi madre, mi hermano y mis dos hijos están allí. Pero un día la mujer de Bonasso padre, una vasca de Bilbao, me dijo: Mira, no te quedes aquí mucho tiempo porque vas a estar en dos sillas mal sentado. Yo estoy allá y a los 20 días me da la impresión de que nunca me he ido; cae la tarde y miro el reloj y digo: Ahora estaría yo en Buenos Aires tomando el té con mis amigas. Y vuelvo a Buenos Aires y pienso que podría estar allí con mis hermanas. Por otro lado, estoy muy agradecido con la Argentina; acá hice lo mejor de mi carrera y muy buenos amigos. He vivido el periodismo de antes, el de salir de la redacción e ir al bar de la esquina a tomar una copa y a charlar, y también los tiempos en los que no sabías si volvías a tu casa.
-¿Ya era un caballero?
-Claro, sólo que Rolando se dio cuenta. Siempre me gustaron las corbatas, los gemelos... Aunque algunos hasta piensen que exagero el acento. Curiosamente, cuando voy a España me preguntan si soy de River o Boca. Me dicen: ¡Qué va a ser español con ese acento!
-¿Los argentinos tienen su forma particular de ser caballeros?
-La caballerosidad no tiene que ver con la geografía. Esas diferencias las fomentan los snobs, que no son nada caballeros. Creo que hay que tener una posición ante la vida. Que eso se llama ser caballero, ¿qué quieres que te diga? Si puedo dar una mano, siempre lo hago. Para mí, es una cosa instintiva.
Juan Carlos, un buen amigo
"El rey Juan Carlos y yo somos amigos. Cosa que puede parecer absolutamente inverosímil, pero que, si se explica, resultará normal. En los años sesenta, el rey no era rey, era príncipe. Y también había sueltos, por la calle y por los bares, marqueses, condes, vizcondes y él, que no tenía un duro. Nos encontrábamos en bares. La primera vez le di el trato que le correspondía. Le dije Su Alteza y me contestó: Oye, llámame Juan Carlos, hombre, ¿cómo te llamas?"





