
Bruce Willis, Mickey Rourke, Clive Owen
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El color del pecado
El cómic pulp “Sin City” gana la pantalla con una mezcla implacable de humor negro y ferocidad.
Lo peor que puedo decir de esta versión cinematográfica salvaje, sexy y ferozmente divertida del cómic Sin City, de Frank Miller, es que es demasiado buena. Los ojos te van a saltar tan rápido que el efecto pierde gracia. Pero quedate. En el polo opuesto de la artística y enervante Capitán Sky y el mundo del mañana, en la que también se veían actores sobre escenarios hechos por computadora, Sin City tiene una incansable y agotadora vitalidad. Quizá sea demasiado para los Estados Unidos de Bush; y eso es lo mejor que puedo decir acerca de ella.
El crédito es, ante todo, de Robert Rodriguez, un director innovador que se atreve a ir contra las reglas. Cuando el gremio de los directores le dijo que no podía codirigir Sin City con Miller, él renunció al gremio y luego echó sal en la herida convocando a su amigo Quentin Tarantino para que dirigiera una escena dentro de un auto en la que se ve a un cadáver parlante que lleva la marca de un culatazo en la frente. El creador de Mini espías acaba de hacer una película que ninguna persona sana permitiría ver a un chico.
La ciudad del pecado, filmada en blanco y negro, con un toque ocasional de color en, por ejemplo, el brillo labial de una puta o un violador de piel amarilla, mezcla pulp fiction pesada con film noir de los 40 y el deslumbrante monocromo del diseño gráfico de Miller, para explorar el lado oscuro del alma.
La película empieza, débilmente, con una presentación en la que Josh Hartnett hace de un vendedor asesino. Pero rápidamente entra en la primera y más excitante historia, “The Hard Goodbye”. Mickey Rourke regresa con una actuación sensacional como Marv, un ex convicto –con una cicatriz a lo Frankenstein en la mandíbula– que se despierta junto a una prostituta muerta (Jaime King) y busca venganza. Incluso recibe ayuda de la oficial (lesbiana y casi siempre desnuda) que controla su libertad condicional (Carla Gugino). Las tres impresionantes historias incluyen voces en off, pero Rourke le pone calor a la suya, porque Marv busca “un alma a quien mandar gritando al infierno”. Esa alma es la de Kevin –Elijah Wood, quien viene luchando contra su imagen de Frodo–, un caníbal que muerde a sus víctimas y luego cuelga las cabezas en su sala de trofeos.
La siguiente historia es “That Yellow Bastard”, en la que un sólido Bruce Willis interpreta a Hartigan, un policía con problemas cardíacos que salva a una nena de 11 años de las garras de un violador pedófilo (Stahl), y termina en la cárcel en lugar de él (el violador es hijo de un poderoso senador). Para cuando Hartigan queda libre, la chica se convirtió en una perrita (Alba) que muere por él. El pedófilo se convirtió en un demonio amarillo que literalmente le hace romper las bolas. “Le saco esas dos armas, las dos”, dice Hartigan mientras tira los testículos hacia la cámara; y uno se pregunta si la película logró, en los Estados Unidos, ser apta para mayores de 17 porque la sangre del bastardo parece de dibujo animado.
¿Siguen ahí? Entonces estarán listos para “The Big Fat Hill”, que transcurre en una parte de la ciudad liderada por Gail (Rosario Dawson), una reina del sadomasoquismo, y su pandilla de meretrices, que incluye a la silenciosa pero mortal Miho (Devon Aoki). El salvador de Gail es Dwight (Clive Owen), quien lucha contra el policía corrupto Jackie Boy (Benicio Del Toro) por una sabrosa mesera (Brittany Murphy) y termina con una guerra que casi destruye Sin City.
Pese a ciertas repeticiones, a los 126 minutos, Sin City es un ataque duro, frío e infatigable. Y es algo que Hollywood parece haber abandonado: una mirada audaz y transgresora.
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