La cruz, la estrella de David, el fusil

Moira Soto
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13 de mayo de 2017  

Una noche de 1984 empezó a gestarse en algún lugar recóndito la última creación (en cartel) de una de nuestras mejores puestistas. Esa noche, la aún adolescente Mariana Obersztern fue llevada por su padre -judío polaco llegado a la Argentina huyendo de la inminente guerra- a ver Wielopole, Wielopole, la obra que el genial Tadeusz Kantor trajo al San Martín. Después de la función, Mariana fue a tomar algo al viejo bar Premier, en Corrientes y Paraná. Al entrar vio en una mesa al propio Kantor con otra persona y, casi como una autómata -en un gesto que mismo hoy no puede explicar-, enfiló hacia Tadeusz, se sentó en la silla libre y le tomó la mano. Se miraron brevemente, ella volvió en sí apaciguada y tornó junto a su padre. Ese padre nacido en Mezrich que nunca había querido hablarle en polaco, "porque los polacos fueron muy hostiles con los judíos", acababa de iniciarla a través de tan alta expresión en "lo polaco". Mariana se sintió entonces tocada por un parentesco inefable que percibió en las escenas, los nombres... Y al crear la hermosa Kantor, Wielopole, Mezrich, Wielopole desde lo inscripto en las tripas, desde su historia familiar, Obersztern eligió evocar (remembrar) antes que invocar (llamar) al impar artista. Decidió pasar de la investigación obsesiva a la delicada materia de los recuerdos entrañables que sedimentaron. Así afloraron los actores impecables que mudan de personaje, la casa que se arma y desarma constantemente, los objetos dadá. Y, claro, la guerra, las dos religiones; con estos tres ejes esta artista plástica y escenógrafa como su inspirador plasma una audaz conjunción: la estrella de David, la cruz y un fusil imbricados. Una crucifixión que ella misma protagoniza por inolvidables instantes.

Por: Moira Soto

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