
La danza de Brasil se hace popular y universal
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Presentación de la compañía de danza Grupo Corpo, de Brasil. Coreografías de Rodrigo Pederneiras: "Parabelo", música de Tom Zé y Zé Miguel Wisnik, y "Benguelé", música de Joao Bosco. Decorados: Fernando Velloso y Paulo Pederneiras. Vestuario: Freusa Zeichmaister. Dirección artística: Paulo Pederneiras. Teatro Colón.
Nuestra opinión: Muy bueno
Con el entusiasmo que despiertan las expresiones genuinas, el público del Colón aclamó anteayer el regreso a la Argentina del Grupo Corpo, la compañía de danza que Paulo Pederneiras fundó hace 28 años en Bélo Horizonte (Brasil), con la colaboración, en distintos rubros, de sus numerosos hermanos. Uno de ellos, Rodrigo Pederneiras -ex bailarín del núcleo original-, es el coreógrafo que desde 1981 pauta prácticamente la totalidad del repertorio de la compañía.
"Parabelo", de 1987, cerró el programa que los brasileños trajeron para esta ocasión. El título alude a un arma que usaban los cangaçeiros mencionada en la canción de Zé Miguel Wisnik incluida en la pieza y que viene de la banda de sonido de "Dios y el Diablo en la tierra del sol", el emblemático film de Glauber Rocha ( "sólo me entrego / con el parabelo en la mano" , es decir, luchando). La colorida obra, sin embargo, no habla de guerras, sino de las gentes y prácticas del sert‹o , la desértica región nordestina sumida secularmente en el mayor índice de pobreza.
Condición que, sin embargo, no apaga la vitalidad de sus pobladores, exultantes en sus danzas y rituales. Uno de éstos, en una serena reelaboración estética de Pederneiras, sirve de prólogo a la pieza, con los 19 integrantes de la compañía en el piso; enseguida sobreviene un dúo de extracción neorromántica, mientras la base musical de Tom Zé desliza una variedad de motivos con sorprendente policromía instrumental. Un octeto de mujeres, en otra búsqueda del suelo, experimenta con formas arqueadas y ondulaciones, con nuevas reminiscencias rituales. La segunda parte de "Parabelo" deja a la vista un vasto fresco pictórico, un collage de fotografías y diseños, reproducción de esos sagrarios profanos que se arman con los ex votos, las ofrendas de agradecimiento, que conforman otra de las caras de la cultura espontánea del Nordeste. Pederneiras ambienta así los cuadros coreográficos que se suceden en una fusión de danza contemporánea con bailes populares pueblerinos, entre los que no falta el bai‹o (el proverbial ritmo que en los años cincuenta los argentinos adoptaron como "baión") y otras tentaciones para liberar la pelvis.
El último cuadro, colorido y muy iluminado, tal vez depara una sobredosis de pintoresquismo, con algunos solos de virtuosismo en los intérpretes masculinos, pero hay que reconocer que predispone a la platea para un cierre exultante.
"Benguelé", la obra que abrió el espectáculo, es una de las más felices creaciones de Rodrigo Pederneiras vistas aquí. En un verdadero desfile multiétnico, el coreógrafo revisa módulos culturales de diversos orígenes que, a través del movimiento y la música, han alimentado la multiforme expresividad de Brasil.
Sobre una voz a capella (sutil reelaboración del compositor Jo‹o Bosco del legado del legendario Pixinguinha), el solo de un bailarín negro insinúa la animalidad de la selva a través de las calidades del mono; corporalmente, es un trabajo de columna y de "peso", que pronto se multiplica en seis figuras masculin as. La canción que acompaña ("Bengue-le-eé.. .") delata "saudades" de una tierra lejana, el paraje de Bengula, en Africa, origen de la vertiente más intensa de las que conformaron la cultura brasileña. Cuando el ritmo lo demanda, el coreógrafo propone en los cuerpos un trabajo de desarticulación, para el que los intérpretes del Grupo Corpo demuestran una singular disposición muscular. Una brisa de musicalidad árabe invade la escena con un "desfile en sinfín" de figuras en un plano alejado y alto, luego repetido, con la misma direccionalidad, en un plano más bajo. Este diseño de composición coreográfica, de admirable sencillez, adquiere una espectacular dimensión en la sumatoria de bailarines, en un claro trabajo sobre la "línea", en una misma dirección, que se vuelve más complejo con la inversión del sentido. La sucesión de ritmos afro y árabes desemboca en samba y en manifestaciones paradigmáticas de ese crisol de culturas que es Brasil. La obra se cierra con un baile regional, en colorido vestuario, más folklórico, sin acentos afro y con reminiscencias campesinas europeas (¿Portugal?).
Un verdadero festival, en resumen, es el resultado de lo que aportó esta compañía, en su cuarta visita al país. Hay que saludar el acierto de las autoridades del Colón, en este oportuno empeño por rescatar un arte familiar por su condición latinoamericana: una prueba de que la universalidad estética bucea en raíces populares y de que, además, puede estar muy cerca de nosotros.





