
La desgarradora historia detrás de los autorretratos de Frida Kahlo y el accidente que le cambió la vida
Cómo el dolor físico, las múltiples operaciones y la inmovilidad absoluta convirtieron a la mexicana en un icono del arte mundial a través de sus autorretratos
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Frida Kahlo tenía 18 años cuando el colectivo en el que viajaba desde la Escuela Nacional Preparatoria en la Ciudad de México hasta su casa fue arrollado por un tranvía. Aquel accidente le cambió la vida, pero no por eso le quitó las ganas de seguir desarrollando su arte. Con varias intervenciones quirúrgicas, múltiples fracturas graves en la columna vertebral, la pelvis y las costillas, el trágico accidente la obligó a permanecer largos periodos en cama.

El impacto físico y emocional fue devastador, ya que transformó por completo su anatomía en cuestión de segundos. El diagnóstico inicial de los médicos que la atendieron de urgencia en el Hospital de la Cruz Roja fue lapidario y desalentador; los especialistas consideraron que sus lesiones eran de tal magnitud que resultaba casi imposible que pudiera sobrevivir a las primeras horas. Es que la barra de hierro del transporte público actuó como un proyectil letal al entrar por su costado izquierdo y salir por la región pélvica, lo que fracturó el hueso de la pelvis en tres partes distintas. A esto se sumó una fractura triple en la columna vertebral, la rotura de la clavícula, dos fracturas costales graves y nada menos que 11 fracturas en su pierna derecha.

Durante los primeros meses de internación hospitalaria y domiciliaria, el confinamiento absoluto se convirtió en su nueva y dolorosa realidad cotidiana. Atada rígidamente a un corsé de yeso y condenada a la inmovilidad total en una cama especial, la joven Frida encontró en el sufrimiento físico un canal de expresión ineludible y salvador. Fue su padre, Guillermo Kahlo, un fotógrafo de gran sensibilidad artística, quien le facilitó sus primeras pinturas al óleo y mandó a construir un ingenioso atril especial que le permitía pintar completamente recostada. La soledad profunda y el dolor agudo no solo moldearon su carácter rebelde y apasionado, sino que encendieron definitivamente la chispa creativa que la consagraría como una de las artistas más influyentes de la historia del arte moderno internacional.
Lejos de inclinarse hacia los paisajes tradicionales, la artista volcó su mirada hacia adentro. Los autorretratos se transformaron rápidamente en su espejo, un medio para canalizar el dolor de las innumerables cirugías correctivas, los abortos espontáneos derivados de las severas lesiones en su útero y la fragilidad constante de una salud quebrantada.
Años más tarde, el desgaste de su cuerpo continuó cobrando factura: Frida murió el 13 de julio de 1954 a los 47 años debido a una embolia pulmonar, luego de que el año anterior una de sus piernas tuviera que ser amputada por un grave caso de gangrena. Obras emblemáticas como La columna rota reflejan con una crudeza desgarradora exactamente cómo visualizaba su propio cuerpo: sostenido precariamente por corsés ortopédicos de acero y atravesado por clavos metálicos que simbolizaban el tormento permanente.

Aquel fatídico choque de 1925 no solo marcó el inicio de una vida atravesada por la agonía física, sino que forjó de manera definitiva el nacimiento de un mito cultural global. Este jueves, al cumplirse un nuevo aniversario de aquel suceso que casi le cuesta la vida, su legado sigue recordándonos con fuerza que el arte verdadero puede florecer incluso en los momentos más rotos. Tal como ella decía: “Pies para qué los quiero, si tengo alas para volar”.
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