La grandiosa despedida de Karamelo Santo
Karamelo Santo / Músicos: Piro Rosafa (guitarra y voz), Diego Aput (bajo), Lucas Villafañe (teclados), Guido Castella (guitarra), Pablo Clavijo (saxo), Alejandro Pozo (trombón), Juan Pablo Peláez (trompeta), Hugo Viera (saxo), Fernando Solís (batería) / Invitados: Gody Corominas (voz), Fede Flores (DJ), Pablón (flauta), Leo Martínez (DJ), Tito Vanini (percusión), Alejandro Gómez (trompeta), Martín Ponce (guitarra), Arturo Gueglio (guitarra) / Sala: Centro Cultural Matienzo / Nuestra opinión: muy bueno
Ya no. Ya no veremos más a Karamelo Santo sobre un escenario. Al menos, no con esta formación, sostenida por los referentes de los últimos tres lustros. El grupo, fundado en 1992 por el mendocino Goy Ogalde (que se desvinculó en 2010), se despidió el viernes pasado en el coqueto Centro Cultural Matienzo lleno como pocas veces con un show arrollador. Y lo que queda, después de una presentación apoteósica, es un vacío demasiado grande y una sensación de injusticia: un grupo de tremendo nivel no debería disolverse. Si alguien hubiera visto a Karamelo Santo por primera vez el viernes, se le haría inadmisible comprender su decisión. Y, en todo caso, la despedida tendría que haber sido a una escala mucho mayor (esta misma lógica se aplica a la repercusión que tuvo su carrera en el ámbito local; en Europa, en cambio, sumaron muchos fans y logros a su palmarés).
Con el bajo del hiperkinético Diego Aput acompasando el corazón, los teclados de Lucas Villafañe disparando melodías, la voz rasta llena de flow de Piro Rosafa y la imbatible sección de vientos comandada por el saxofonista Pablo Clavijo como columna vertebral, Karamelo Santo mostró en su último concierto lo mismo que a lo largo de toda su carrera, en especial (en la última década y media): que es de uno de los grupos más originales, ajustados y potentes del continente. Amplificada por notables invitados (ex integrantes como el cantante Gody Corominas; amigos como el "Pollo" Gómez, trompetista de Las Pelotas), la formación se asemejaba a una big band, un colectivo de músicos sencillamente imparable . A la manera de Manu Chao, desplegaron aquí un soundsystem en continuado, con muy pocos intervalo entre cada una de las 32 canciones, en un sabroso tour de force que repasó algunas de sus piezas más emblemáticas ("Guerrillero", "El ritmo indecente", "El baile oficial") y un mapeo de su educación sentimental, de la cumbia al ska, el reggae, el jazz, los ritmos afroperuanos y el punk, con versiones apropiadas de clásicos de The Clash, Bob Marley, Tambó Tambó, Louis Armstrong, Sumo y Los Angeles Azules. "¡A celebrar que no queda nada! ¡Y cada vez queda menos!", el furioso estribillo de "No anda" (Antena Pachamama, 2007) funciona como slogan y leivmotiv de una noche de baile, pogo y alegría. Quedan las canciones, tatuadas (en muchos casos, literalmente) en la piel de sus fans, como pedazos de amor tirados ahí en el piso.
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