La huella de Gérard Philipe
Cuando el Festival de Aviñón apaga sus focos, por razones quizás atendibles pero en absoluto artísticas, tras 57 veranos de actividad sin interrupciones, surge la evocación de quien lo iluminó con su talento, hizo de él una verdadera fiesta cultural y popular y quedó para siempre como un modelo de sensibilidad poética, de prestancia escénica y de conducta profesional: Gérard Philipe.
Y quiso el azar que en estos mismos días en que la noticia de la imprevista cancelación sacudiese a los ámbitos teatrales del mundo, un querido y viejo amigo me alcanzara un libro en cuyas páginas se menciona con frecuencia al inmortal intérprete de "El Cid" de Corneille. "Théâtre intime" se titula, y su autor es el escritor y periodista Jérôme Garcin, yerno de Philipe, marido de su hija, Anne-Marie.
No es, por cierto, una biografía de Gérard Philipe (1922-1959), sino más bien la de su viuda -o sea, la suegra de Garcin-, la formidable Anne, autora de varios libros evocativos. Sobre todo, "El tiempo de un suspiro". Lo que, para ella, duró su matrimonio con el actor célebre, padre de sus dos hijos, Olivier y Anne-Marie. Decidida esta última a seguir los pasos paternos, es la otra protagonista de "Théâtre intime". Y es a ella, y a su difícil carrera en las tablas, a quien su marido dedica las páginas más conmovedoras de su libro.
* * *
"Para un hombre, sobre todo si no está preparado, vivir con una actriz es asistir a una suerte de teatro íntimo, magnífico y aterrador, cuyo autor es el destino, a veces generoso y lo más a menudo negligente. Angustiada cuando actúa, infeliz cuando no lo hace, dando todo de sí a un arte que no perdura sino en la memoria de los espectadores de una noche, tan capaz con la misma vehemencia de superarse a sí misma como de subestimarse, aleación preciosa, inédita, de coraje y de egoísmo, de generosidad y de paranoia, ella establece su orden, al que su compañero se somete. Admitido a veces detrás del escenario, el marido sigue siendo un espectador a quien ese gran misterio es denegado. Porque no hay palabras para describir lo que es la vertiginosa entrada en escena; para traducir lo que ocurre realmente cuando el telón ha caído, cuando la actriz es siempre un gran personaje y no es todavía un trivial nombre propio; o para contar lo que pasa cuando, repentinamente, el teléfono deja de sonar. La espera es un suplicio, el sueño se disipa, las promesas no se cumplen y a la eterna Ondina se le propone, de pronto, ser la otra, la princesa Berta."
* * *
Porque la Ondina de Giraudoux, la Juana de Arco de "La alondra" de Anouilh, y la trémula Violaine, protagonista de "La anunciación a María", de Claudel, fueron los papeles triunfales de Anne-Marie Philipe, a quien portar este apellido ilustre le significó más bien una pesada carga antes que una ventaja.
De carácter difícil, intransigente, prefería partir en modestas giras provincianas antes que aceptar un "primo cartello" en París, en una comedia de boulevard. Inflexible, también, en cuanto a la utilización de su nombre como atractivo de boletería: entendía que hacerlo era ensuciar la memoria del padre que apenas conoció, usar su fantasma como un señuelo.
Escribe Garcin: "He conocido la injusticia de que ella era víctima, el ensordecedor silencio en que se ahogaba y esa soledad contra la cual, aún teniéndola en mis brazos, nada podía yo hacer... He conocido a la hija que, para existir, luchaba en vano contra el fantasma de un padre del cual sentía una inagotable nostalgia". Anne-Marie Philipe abandonó finalmente el teatro y se dedica hoy a la cría y entrenamiento de caballos de raza.






