La innovadora experiencia teatral del mítico Di Tella

Kado Kostzer recopiló toda la historia, con hitos, nombres y detalles de la inmortal movida cultural emergente de los años 60
Moira Soto
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28 de octubre de 2016  

Aun los menos enterados entre el público y la gente de teatro saben que allá por la segunda mitad de los 60 hubo una movida rebosante de audacia y creatividad en el Instituto Di Tella de la calle Florida. Un lustro largo colmado de artistas zarpados y talentosos, varios de los cuales mantuvieron vigencia a través del tiempo.

El Di Tella, usina de talentos
El Di Tella, usina de talentos

El Centro de Experimentación del Di Tella abrió en 1965 con espectáculos como Lutero, de Osborne, dirigido por Jorge Petraglia; El desatino, de Griselda Gambaro; Danza Bouquet, de y por Marilú Marini y Ana Kamien; Poesía ahora, una creación de Roberto Villanueva con el aporte en la gráfica de Juan Carlos Distéfano (quien luego diseñaría los programas junto con Juan Andralis y Rubén Fontana). Y cerró en 1970 con el oratorio profano Blancanieves y los siete pecados capitales, de Les Luthiers; Ceremonias, de Susana Zimmermann; Espectraje, de Gioa Fiorentino? Paralelamente, en el Centro de Artes Visuales de la institución figuraban obras de Macció, Noé, Polesello, Minujin, Testa, entre otros.

El dramaturgo, director y periodista Kado Kostzer, que fue partícipe como actor y además un observador detallista del día a día de esa etapa, ha volcado toda esa experiencia en La generación Di Tella y otras intoxicaciones (Editorial Eudeba). Este libro, ilustrado con una serie de apropiadas imágenes, se presentó hace unos días en el Museo Nacional de Bellas Artes.

"Fui un testigo directo de todo lo que pasó ahí adentro, tuve tiempo para estar atento a lo que sucedía a mi alrededor -dice Kostzer-. Y esa curiosidad me nutrió para poder escribir este libro de 400 páginas."

No te limitás a lo que sucedió dentro del Di Tella, sino que te extendés a bares de la zona, como el Florida Garden y el Moderno, la Galería del Este. Lugares donde se mueve una constelación de personajes del momento.

Personajes cuyas historias continúan después, porque seguí vinculado a mucha de esa gente y lo puedo contar. Incluso me pareció que se justificaba hablar de una obra como Help Valentino, que no se hizo en el Di Tella pero tenía que ver con su espíritu. Me interesó ese período que empieza con la democracia de Illia, lamentablemente interrumpida por el golpe de Onganía, en 1966, que da lugar a la arbitraria represión policial.

-Muchos nombres de esa gran movida siguieron adelante con sus respectivas carreras...

Siguieron los que tenían que seguir. O sea que el Di Tella dejó su legado. Hubo espectáculos innovadores, con grandes hallazgos. Se hacían las cosas un poco por prepotencia, con ganas, aunque muchos no estábamos preparados. Pero aprendíamos sobre la marcha. Ahí estaba permitido equivocarse. En el libro traté de que estuvieran todos los nombres: Chela Barbosa, Norman Briski, Alfredo Arias, Víctor Laplace, Nacha Guevara, Carlos Mathus y tantos más.

Libertad y otras intoxicaciones , de Mario Trejo, ¿es un título que todavía resuena?

Sí, pasa eso con varios de los espectáculos que se hicieron en el Di Tella. Pero aclaremos que mi enfoque no es nostálgico ni idealizador. Trato de no ser condescendiente ni conmigo ni con los demás.

-Entre la diversidad que proponía el Instituto, hubo ideas tan originales y provocativas como hacer una parodia -actuada por el personal del lugar- de una obra que se estaba haciendo ahí mismo, que encabezaba Luisa Vehil.

El original era La duquesa de Amalfi, y la parodia, sumamente graciosa, La duquesa D'Acá. Imaginate los técnicos, los acomodadores imitando a los actores y sabiendo muy bien por dónde rengueaban... Había un desafío constante, la intención era no repetir. La sala de 244 butacas tenía condiciones técnicas extraordinarias, ofrecía funciones diarias en distintos horarios. Así, se pudieron hacer ciento y pico de obras en ese lapso. Por ejemplo, se podía ver bailar a la portentosa Iris Scaccheri, una artista única que no dejó escuela. Cada presentación de ella era un acontecimiento fulgurante.

-¿Aceptás que hiciste algo de chismografía en tu libro?

Puede ser. No me parece mal contar detalles personales de la gente que pasó por ese lugar. Creo que completan el panorama, hablan sobre la época. Quise hacer un ejercicio riguroso de reconstrucción en el que trabajé durante dos años. Por suerte, tengo un archivo creo que más completo que el de la Universidad Di Tella. Guardé todos esos increíbles programas, recortes de críticas. En ese entonces, ya era consciente de que esa movida iba a tener trascendencia.

Por: Moira Soto

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