La lógica de la timba
Es casi imposible concebir un juego en el que sus participantes no piensen que en algún momento pueden llegar a ganar. Contradice un elemental principio lógico el creer que alguien toma parte de él sólo para perder.
En todo juego se plantea una situación de competencia, y en la TV las instancias competitivas no son cosa de todos los días, sino de cada minuto. Nadie, en el interior del medio, osará decir que se trata de un juego, porque en el medio hay fuertes intereses económicos y considerables inversiones. Pero las reglas se cumplen escrupulosamente: los participantes muestran sus cartas y compiten por ganar el respaldo mayoritario de la teleaudiencia. El siempre meneado rating es el termómetro de esta intensísima contienda.
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Curiosamente, el espacio en estos momentos más competitivo de la tele adquiere contornos inequívocamente lúdicos. El juego (representado ante todo por el uso y el abuso de las líneas telefónicas encabezadas por el 0609) es la bandera más frecuente que enarbolan hoy los canales para ganar la preferencia del público.
Aquí, la planificación y el azar se mezclan y se confunden. Los canales y los programas se entrenan para salir a la cancha concentrándose en medulosas estrategias de mercado y de programación. Pero cuando empieza el partido, es el azar el que empieza a tallar. La fortuna de saber si a uno le tocará la carta, la llamada o el billete elegido entre miles (o millones) muchas veces condiciona e impone la visión de un programa.
El problema es que, así las cosas, la tele reduce los contornos multifacéticos que su condición de medio masivo le otorga. Un estado de competencia natural y razonable se convierte en una lucha frenética, que agota tiempos, ideas y esfuerzos técnicos y humanos. La urgencia por llegar primero impide la natural decantación que exigen muchos programas, que se levantan apenas comenzados por la caprichosa voluntad de los números.
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Esta maquinaria que domina a la tele se pone en juego a toda hora, pero sobre todo los domingos por la noche, curiosamente en la jornada dominada por todo tipo de competencias deportivas. Y en la apuesta más fuerte y más difundida de esta suerte de torneo mediático, donde la tabla de resultados indica que "Sorpresa y media" se impone a "Nico", aparecen síntomas preocupantes. El que más llama la atención es la teoría conspirativa que levanta Nicolás Repetto en la entrevista que concedió a La Nación y que se publicó anteayer en estas páginas. Allí habla de una despiadada competencia entre lobbies mediáticos, verticalidad y supuesta falta de libertad en los hombres de prensa (incluso los de este medio) para pensar lo que quieren en lugar de lo que le imponen.
Más que echarle la culpa a la prensa ajena, a la falta de fortuna o a la corriente de El Niño, Repetto (que también está dentro de un multimedio) debería buscar otras razones. Como la que lo llevó (tal vez injustificadamente) a ser la cara de una controversia en la que se mezclaron la timba y la solidaridad con los inundados. O la que lo dejó rezagado en propuestas (al repetir al pie de la letra su fórmula de 1995) frente a un ciclo que también es puro juego, pero acertó al renovarse con fórmulas más imaginativas.
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"No soy un saltimbanqui. Soy un comunicador", le dijo Repetto a este cronista en diciembre de 1994, cuando se disponía a iniciar "Nico". Allí prometía un cóctel de juegos con actualidad, como para no dejar de lado lo muy bueno que había entregado en "Fax", que todavía hoy es un modelo de magazine televisivo.
Pero Nico sucumbió a la lógica de la timba. Y quedó como esos jugadores compulsivos que, cuando pierden, siempre le echan la culpa a los demás de su mala suerte y no buscan las explicaciones en sí mismos. Cuando salga de esa lógica, es posible que Repetto, un hombre inteligente y respetado, vuelva a convertirse en uno de los nombres innovadores que tiene nuestra TV.







