La mutación que cambió la TV

Las innovaciones estéticas y narrativas de Los expedientes X hoy ya son tradición en la pantalla, testamento del talento de sus guionistas, que luego crearían ciclos como Breaking Bad y Homeland; la serie vuelve con una minitemporada de seis episodios
Hernán Ferreiros
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24 de enero de 2016  

Gillian Anderson como la agente Dana Scully, en una escena de uno de los seis capítulos que componen este regreso
Gillian Anderson como la agente Dana Scully, en una escena de uno de los seis capítulos que componen este regreso Crédito: FOX

A comienzos de los años 90, la televisión dio un salto evolutivo que produjo mutantes nunca antes vistos, programa singulares y desfigurados como Los expedientes X, un poco antes Twin Peaks -y Seinfeld un poco antes de Twin Peaks- que debían convivir sin remedio con historias sobre bañeros y rubias neumáticas que combatían el crimen en la playa o sobre el drama humano de los adolescentes de Beverly Hills. Hoy, está claro que estos últimos shows eran los monstruos.

Aquellos programas pioneros fueron el año cero de la nueva era dorada de la televisión (llegaron mucho antes de que se declarara su existencia oficial, cosa que sucedió más o menos tras el éxito de Los Soprano) e hicieron posible la bonanza televisiva de la actualidad. El hecho de que Los expedientes X parezca hoy un relato tradicional da testimonio de hasta qué punto la televisión asimiló sus diferencias. No hay muchos otros ciclos reconocidos popularmente que hayan hecho algo comparable a lo que hizo los X-Files por el relato televisivo. En 1993, era una anomalía.

Inspirada en Al filo de la realidad y Kolchak: The Night Stalker, la serie creada por Chris Carter -que regresará mañana, a las 23, a Fox, con un capítulo estreno doble, a lo que se sumarán cuatro episodios adicionales- pertenece a un género complicado: el fantástico orientado a los adultos, es decir que, en el mejor de los casos, el programa podía aspirar a conquistar al nicho de los nerds y geeks que se volvieron viejos sin resignar los gustos de su juventud (un nicho que se achica porque sus integrantes no se reproducen mucho). Pero hizo mucho más: se convirtió en uno de los shows más reverenciados y exitosos de los 90, hasta agotarse en sus dos versiones cinematográficas. Para evaluar su singularidad hay que tener en cuenta que apareció en el momento en que reinaban las sitcoms como Friends y en que programar Walker: Texas Ranger era considerado un riesgo.

Para tener una dimensión cabal de la apuesta, vale la pena repasar el episodio "Home" (escrito por Glen Morgan y James Wong, que luego firmarían algunos de los mejores episodios de American Horror Story y vuelven a escribir por separado para esta nueva entrega). Quien lo vio, no lo olvida.

El capítulo comienza con el nacimiento de un bebe deforme, que es enterrado por sus hermanos mayores (los censores exigieron que se quitara el llanto de la banda sonora para que no fuera tan evidente que lo enterraban vivo); el hallazgo del cadáver provoca una investigación que recae en nuestros héroes, los agentes del FBI Fox Mulder (David Duchovny) y Dana Scully (Gillian Anderson), quienes terminan cercando a la familia Peacock, cuyos integrantes presentan espantosas malformaciones tumorales similares a las del bebé, aparentemente producto de la procreación endogámica; sobre el final se revela a la esposa-madre del clan, apenas un torso con todos los miembros amputados que los hijos/maridos protegen con su vida porque es el origen y la garantía de continuidad de su especie ¿Es demasiado?

El tono con que el episodio trata a estos monstruos asesinos incestuosos es en gran medida compasivo porque representan a todos los raros, los otros, los excluidos, esos "ellos" contra los cuales definimos nuestra "normalidad". No faltan allí los momentos humorísticos, dado que estos freaks calenturientos son fanáticos de las canciones melosas de Johnny Mathis, que crean un insólito contrapunto con la brutalidad de las imágenes.

Éste es uno de los episodios autoconclusivos (siempre los mejores) y separados de la continuidad del programa que, a lo largo de sus nueve temporadas, construyó una mitología igualmente valiosa y -más importante- una cadena de enigmas que nunca paraba de crecer. Tampoco hubo muchas series que lograran sostener un misterio durante casi una década. J.J. Abrams tomó al pie de la letra la lección para Lost, y luego de ambas series, casi no hay programa de género fantástico que no se edifique en torno a un misterio insondable planteado desde el primer momento. Aunque existen inconsistencias (algo inevitable en una historia de más de 200 episodios de extensión), a diferencia de aquella serie, aquí el misterio central encuentra una explicación (espoiler en cinco, cuatro, tres...) que abarca gran parte de sus interrogantes: la tan temida invasion alienígena ya ocurrió, y los gobiernos del mundo pactaron la colonización secreta del planeta para evitar la destrucción del género humano.

Todas nuestras conspiraciones

No todas las ocurrencias sobrenaturales de la serie se explicaban por este suceso. En la extensa mitología de los X-Files también hay vampiros, hombres lobo, videntes, telépatas, fantasmas, en fin, todo el panteón de los seres fantásticos a los que nos acostumbró la televisión pero con una vuelta novedosa: aparecen cruzados por el "body horror" y suelen ser consecuencias indeseables de la tecnología o del accionar negligente del gobierno norteamericano. La sospecha de una conspiración por parte del Estado para ocultar una invasión extraterrestre es, sin embargo, el leitmotiv que atraviesa todas sus temporadas.

Tradicionalmente, el género fantástico se define como una oscilación entre lo extraño y lo imposible: la serie juega con esta dificultad para sellar la naturaleza de los eventos que muestra al hacer de su protagonista un "conspiranoico".

Aunque las tramas se alimentan de teorías conspirativas y de paranoia, también se nos dice de entrada -al final de los icónicos títulos de apertura- que "la verdad está ahí afuera". Es decir, la serie (que en definitiva es un policial de procedimiento, como CSI, pero con autopsias hechas en Roswell) no se centra en la interioridad de un personaje, en sus fantasías o su locura, sino en la realidad tal como es. En palabras de William Burroughs: "un paranoico es alguien en posesión de toda la información".

En la oficina de Mulder hay un afiche con un OVNI que reza: "Quiero creer" ¿Por qué no simplemente "Creo"... Ese enunciado implica una segunda proposición: "pero no puedo" o "pero necesito saber". En suma, la serie nos dice que su fin no es ocultanos la realidad con fantasías, sino mostrarnos la verdadera naturaleza del mundo: un mundo que cada vez se vuelve más hostil con sus habitantes, y no por acontecimientos naturales, sino por decisiones políticas. El panorama que siguió al final de la serie (las revelaciones de WikiLeaks y de Edward Snowden) confirmó esta intuición: en efecto, tal como siempre sospechamos, nuestros gobiernos operaban en contra nuestra y las pruebas estaban ahí afuera.

El pilar central del éxito de la serie fue su pareja protagónica: los entonces ignotos Duchovny y Anderson (ver aparte). La ficción estrenó lo que hoy es un lugar común: invirtió el cliché y dio al personaje femenino rasgos tradicionalmente atribuidos al masculino. Mulder era el que quería creer y Scully la racionalista escéptica. Más dotada actoralmente, Anderson convirtió al rol más ingrato en el centro de gravedad del programa, mientras que el carisma suave de Duchovny facilitaba licencias que otras series no se habían atrevido a tomar (¿un protagonista adicto al porno?).

De Supernatural a Fringe, la fórmula patentada por Los expedientes X se volvió ubicua en la TV de género fantástico. La originalidad y el éxito del programa son dos de las razones de este fenómeno. La otra es que el equipo creativo de la serie, en los años posteriores a su conclusión, se propagó por la televisión como un benévolo virus de talento: Vince Gilligan (luego creador de Breaking Bad) escribió más de 30 episodios de la ficción y siempre afirmó que había aprendido su trabajo en este programa; Howard Gordon y Alex Gansa (creadores de Homeland) escribieron 25 episodios; John Shiban ( Supernatural) otros tantos. La lista puede continuar: el talento que convocó o formó el visionario Carter luego transformó irrevocablemente a la pantalla norteamericana.

Mañana, la serie regresará a la pantalla con una agónica temporada de seis episodios: ya se anunció que el primero y el último serán historias sobre la "mitología" y el resto capítulos autoconclusivos. Como era esperable, los críticos que ya los vieron coinciden en que son los mejores. Aunque mucho del talento original está de vuelta, queda claro que no se puede desandar la historia. Replicar el impacto de esta serie en la TV actual es imposible. Estos nuevos Expedientes X necesariamente serán un esperado ejercicio de nostalgia.

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