La carrera contra el tiempo de Hernán Casciari

Casciari en su lugar de trabajo, en Buenos Aires, enero
Casciari en su lugar de trabajo, en Buenos Aires, enero Fuente: RollingStone - Crédito: Ignacio Sánchez
En los últimos dos años, se separó, un infarto casi lo mata y dejó de escribir. Pero ahora está listo para volver a divertirse
Emilia Erbetta
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19 de febrero de 2018  • 16:37

Hernán Casciari hace dos años que no escribe. O casi: después del infarto de miocardio que el 6 de diciembre de 2015 casi lo mata, escribió algunos textos mas y, de a poco, dejó de hacerlo. Ya no podía fumar frente a la computadora mientras el resto dormía: si quería pasar la barrera de los 45 años tenia que hacer ejercicio, comer sano y dejar el tabaco y el porro. Hizo eso y además se quedó en Buenos Aires después de vivir 15 años en España. En Cataluña quedaron su hija Nina, de 13 años, que ahora lo visita cada dos meses, y su ex mujer, Cristina. El día que casi se muere, Casciari pesaba 20 kilos mas que ahora y llevaba diez años haciendo lo que tenía ganas: el blog que escribía desde Barcelona para sus amigos argentinos se hizo famoso en 2005 y se convirtió primero en libro y después en un éxito teatral, cuando Antonio Gasalla estrenó en 2009 la adaptación Más respeto que soy tu madre, una obra multipremiada que tuvo más de un millón de espectadores, cinco temporadas en Buenos Aires, gira por el interior, funciones en Uruguay y una segunda parte que también la rompió. Mientras tanto, Casciari publicó otros seis libros, creó un sello editorial independiente y editó dos revistas, Orsai y Bonsai, que si bien no perforaron los límites del micromundo de la crónica en español, sí dejaron su marca en él.

Casciari siempre asoció la escritura con trasnochar acompañado de sus cigarrillos armados de tabaco Manitou espolvoreados con marihuana, así que cuando el infarto de 2015 le prohibió terminantemente esos ingredientes y estilo de vida, ni siquiera volvió a intentarlo. “Mi idea es empezar a escribir ahora”, dice en su casa del barrio de Villa Urquiza. Estamos en los últimos días de diciembre y Casciari se puso un ultimátum: ahora significa después del 1° de enero. Todavía sigue sin fumar pero siente que ya está listo para volver a escribir, que algo cambió y finalmente se destrabó su cabeza. “Por eso voy a dejar de hacer algunas cosas: no voy a estar más en la radio ni voy a hacer funciones todos los fines de semana”, dice. “La idea es estar más concentrado, intentar volver a escribir. No sé si lo voy a lograr.”

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En estos dos años –tras su separación y el infarto– buscó algunos placebos: relanzó Orsai con Christian “Chiri” Basilis, su amigo de toda la vida, publicó sus cuentos en Spotify, hizo teatro con Zambayonny, subió a toda su familia al escenario en Obra en construcción (“un engendro” en el que, rodeado de su madre y sus primos, leía cuentos e improvisaba, a veces junto a un músico o actor invitado), y se sumó como columnista a Perros de la Calle, el programa que conduce Andy Kusnetzoff en Radio Metro. Además, se enamoró de nuevo y en abril del año pasado tuvo otra hija, Pipa.

Casciari nació en 1971 en Mercedes, a 100 kilómetros de Buenos Aires. Hijo de Roberto, gestor impositivo, y Chichita, costurera, a los 13 años consiguió su primer trabajo de periodista, como cronista de partidos de básquet para el diario El Oeste. A esa edad, leía la revista Humor a escondidas de sus padres (conseguía los números viejos canjeándolos en un kiosco por sus Billiken) y la revista Humi, versión para chicos de Humor, que ya había publicado uno de sus chistes.

Cuando terminó la secundaria se mudó a Buenos Aires con Chiri, su mejor amigo desde que coincidieron en catecismo. Durante los 90, vivieron juntos en departamentos de Almagro, Congreso y Villa Urquiza, escribieron guiones a cuatro manos y compartieron la redacción de una revista sobre negocios que todavía existe y en la que los dos eran bastante infelices.

Al mismo tiempo que trabajaba como periodista en Buenos Aires, Casciari siguió haciendo cosas para Mercedes. Durante varios años publicó una revista que se llamaba La Ventana, en la que hacía humor con personajes mercedinos. Tuvo que cerrarla cuando perdió un juicio. En esa época, escribía –de noche y fumando– cuentos para mandar a concursos internacionales que premiaran en dólares. Durante los últimos años de la década del 90 vivió de eso: fantaseaba con la idea de ser un escritor de textos serios, uno de esos hombres que salen en la foto de solapa de sus libros con cara de interesantes. Escribía textos que pensaba que eran literarios y que ahora piensa que eran horribles, pretenciosos, falsos. “En los 90, cuando escribía cuentos yo sospechaba que estaba haciendo literatura... eran una cosa espantosa, porque no había una voz, yo escondía mi voz verdadera e intentaba ser uno de esos tipos inteligentes que escriben. Ganaba los concursos pero mintiendo”, dice. “En esos concursos europeos, ser latinoamericano era algo que yo cumplía a la perfección en la imitación: trataba de que alguien volara en algún momento, esas boludeces de ‘realismo mágico’. Pero no era mi voz, en absoluto.”

Por uno de esos concursos, en 1998 ganó un premio en Francia. No quiso viajar a buscarlo porque coincidía con el Mundial de Fútbol en ese país. Pensaba que nunca más iba a poder conocer París y no quería verla transformada por el marketing mundialista. En 2000 volvieron a invitarlo: en ese viaje conoció a Cristina, una catalana, y se mudó con ella a Barcelona. Sin papeles y sin visa de trabajo, dejó de escribir y armó una empresa de clipping asociado a una gente que hacía lo mismo en otras ciudades de España. Todas las noches compraba los diarios y, entre las dos y las cinco, recortaba las noticias que mencionaran a sus clientes, las escaneaba y preparaba un informe. Era un trabajo completamente aburrido y que no le exigía demasiado esfuerzo, pero que pagaba las cuentas. Y eso, para un ilegal en España, era un montón.

En esas madrugadas europeas empezó a escribir un blog con la intención de que lo leyeran solamente su papá y sus amigos mercedinos. Comenzó sin entender que estaba publicando sus textos en una plataforma pública: pensaba que era algo parecido a un mail, que solamente podían leer los que tenían el link. En su cabeza, eso que hacía era “una boludez”, nada que ver con la tarea de un escritor. “Ahí escribía como escribí siempre, como en Mercedes: donde lo que yo hacía era chistoso, no era ‘literario’. Lo primero que escribí, que después hizo Gasalla, son todos chistes mercedinos. Yo creía que eso fuera de Mercedes era incomprensible”, recuerda. “Pensaba que sólo podía escribirse así para gente que te conoce, o como mucho para un pueblo. Eran chistes que entendía mi viejo, por eso me sorprendió mucho cuando empecé a tener lectores de otros países. Ahí entendí esa cosa teórica de pinta tu aldea, pero en la práctica.”

"Yo vengo de ser fóbico a subirme a un escenario sin problema", dice. "Es divertido: se me ocurren cosas distintas a cuando estoy escribiendo."

Así empezó Weblog de una mujer gorda, el diario delirante de una mujer de Mercedes, Mirta Bertotti, que contaba los detalles cotidianos de su vida post crisis de 2001 junto a su marido, el Zacarías, un suegro drogadicto y sus tres hijos adolescentes: Sofi, Caio y Nacho. Casciari no estaba pensando en ser un escritor sino en hacer reír a los dos hombres más importantes de su vida: Roberto y Chiri. Quería que los dos entendieran y que ninguno se aburriera. Roberto murió en 2008, sentado en el sillón del living después de un partido de tenis, y Chiri no vive más a 12.000 kilómetros, pero Casciari sigue escribiendo para ellos. “Todavía, cada vez que termino un párrafo me fijo: ¿Mi viejo entendería? ¿Chiri se aburriría? Siempre le presté atención a eso en Internet: son cosas que nunca me habrían preocupado si yo hubiera escrito toda la vida en el diario del pueblo. Son cosas que te importan cuando estás lejos, cuando querés ser anfitrión, más que escritor. Cuando querés que todos estén cómodos en esa lectura.”

2005 fue uno de los años dorados de los blogs: no existían las redes sociales y el tiempo online se quemaba en esas plataformas que podían ser diario íntimo, cuaderno de notas, arena de debate político, libro de recetas o cualquier otra cosa. Con su “blognovela”, Casciari fue el Lionel Messi de los blogs y en 2005 ganó su Balón de Oro cuando la Deutsche Welle eligió a Weblog de una mujer gorda como el mejor blog del mundo. Después del premio, su blog se hizo mucho más famoso: el día que publicó el último capítulo había 100.000 IPs conectadas esperándolo.

Casciari pasó de ser el escritor de Mercedes al blogger argentino leído en todo el mundo. Su nuevo blog, Orsai, circulaba de boca en boca entre España, Argentina y el resto de Latinoamérica, y él ya no estaba camuflado detrás de Mirta Bertotti sino que firmaba sus textos con nombre y apellido: cuentos, muchos autobiográficos y llenos de la nostalgia del expatriado, que provocaban miles de comentarios e incluso una competencia para ver quién era el primero en leer y comentar. Había algo de la esgrima verbal de Twitter que ya aparecía en las cataratas de opiniones que publicaban los lectores y lectoras después de cada post.

Un día sonó el teléfono y era Mondadori. Por un momento pensó que las puertas del Camp Nou se abrían para él, que finalmente había llegado: estaba viviendo en Barcelona y editaba en uno de los grupos editoriales más importantes de habla hispana. Sin embargo, la ilusión se desvaneció bastante rápido. “Lo primero que te das cuenta cuando entrás en uno de esos lugares es de que son una fábrica de hacer chorizos”, dice. “Son demasiados libros por año, tienen como unas plantillas donde el autor es un numerito, y cuando recién empezás tenés muchas ilusiones con respecto a lo que escribís. Yo soy muy obsesivo de las tipografías, los interlineados, el gramaje, los tipos de papel; siempre me gustó mucho eso y no poder incidir y darte cuenta en una mesa de trabajo de que a ellos no les importa demasiado, a mí me sacaba mucho las ganas.”

Firmó contrato para publicar Más respeto que soy tu madre en un libro que compilaba los textos del blog. A la primera reunión con la editorial llegó con varias ideas de marketing, pero la industria tenía otros planes. “Lo primero que hizo [la editorial] Plaza y Janés para vender el libro en España fue contratar a un grupo de personas que se metían en foros femeninos a comentar que el libro estaba bueno”, cuenta. “La primera cosa que yo aprendí de cómo trabaja una editorial grande fue eso: una mentira. A mí me daba vergüenza.”

Después firmó para publicar tres libros más: El pibe que arruinaba las fotos, España, decí alpiste y El nuevo paraíso de los tontos. Empezó a escribir una columna semanal en el diario El País, de España, y en La Nación de Argentina. En 2009, Antonio Gasalla aceptó llevar al teatro Más respeto que soy tu madre, después de rechazar varias propuestas de un productor. Gasalla había comprado el libro por su cuenta y puso una condición: si querían que fuera Mirta Bertotti, la adaptación la iba a hacer él mismo. La obra fue un hit instantáneo y rompió récords de espectadores y Casciari empezó a recibir mucha, mucha plata por derechos de autor. El éxito de Gasalla le dio el aire para pegar un portazo en la editorial y lanzar Orsai.

El 30 de septiembre de 2010 publicó el post “Renuncio”, que todavía hoy es uno de los más leídos de su blog: “...Estoy podrido de contestar mails de los lectores argentinos diciendo que mis libros siempre están agotados, o que no los pueden encontrar. Caminé muchas veces por Buenos Aires y lo comprobé. Distribución espantosa, marketing desganado, mucha desidia. Si no hubiera sido por los benditos PDF de cada libro, que aparecen puntuales en [el sitio web de] Orsai, en mi país de origen no me lee ni el gato”.

Casciari venía amasando el enojo pero además necesitaba generar un golpe de efecto. En el mismo texto de renuncia le presentaba la revista a su audiencia. “Mandé todo a cagar porque era la única manera de que lo nuevo tuviera un marketing fuerte. Si hubiera llamado a cada uno por teléfono, pedido un año sabático porque ‘quiero probar un proyecto’, no hubiera tenido la misma visibilidad. Yo no tenía un altavoz: ahora la viralización funciona distinto, pero en 2010 todas las personas que se tenían que enterar que iba a haber algo llamado revista Orsai se enteraron.” El nuevo proyecto era temerario: una revista de literatura y crónica periodística sin publicidad, con autores y autoras prestigiosos, ilustradores de lujo, bien encuadernada y con papel de alta calidad, que saldría lo mismo que quince diarios del sábado en el país del comprador (con envío a domicilio incluido y unas 200 páginas sin avisos). Ese primer año de Orsai “lo pagó Gasalla”, dice Casciari. Fueron 300.000 euros solamente en gastos de envío. Con Chiri mandaban las revistas desde Barcelona, una por una. Orsai también se vendió mucho en Centroamérica. Un guatemalteco multiplicaba por 15 el diario de Guatemala y les daba seis dólares: entonces Orsai salía seis dólares, con gastos de envío incluidos, pero a ellos mandar la revista de Barcelona a Guatemala les costaba 27 euros. Más los 16 euros de la revista. “En total eran como 50 dólares y el guatemalteco nos pagaba seis nada más. Toda esa diferencia era Gasalla.”

Tardaron bastante en darse cuenta de que les convenía mandar un paquete grande a México y distribuir desde ahí los pedidos de los lectores centroamericanos. En el medio tuvieron que aprender sobre exportación, sobre las reglas del comercio exterior. Ahora a Casciari un Excel que cierra lo emociona como si fuera un poema. “Que un número cierre, que todos cobren a tiempo: la imprenta, los diseñadores, los ilustradores, los tipógrafos; que todo dependa de mí y de un Excel, y que la gente esté contenta con lo que recibió, es un soneto, es artístico. Si lo mirás fríamente son numeritos que suben y que bajan, pero son numeritos que inventaste vos.”

En retrospectiva, el primer número de Orsai funcionó como una promesa: miles de personas compraron el ejemplar sin saber qué iba a tener adentro. Les alcanzaba con saber que Casciari estaba detrás. Entre las 208 páginas del debut firmaron Juan Villoro, Nick Hornby, Hernán Iglesias Illa, Carolina Aguirre, Pedro Mairal. Para Casciari y Chiri era como estar de vacaciones. “Fue muy divertido, un viaje. En esa época mucha gente nos preguntaba por qué hacíamos ese gasto. Y con Chiri decíamos algo que era real: nadie les pregunta a cuatro amigos que se van un mes a Filipinas por qué no recuperan esa guita, porque se van de viaje y la pasan bien. Nosotros hicimos eso: la pasamos bien.” A fines de 2014, en el momento en que dejaron de divertirse porque Chiri volvió a Argentina y ya no podían juntarse a fumar porro y pensar la revista en Barcelona, el proyecto se terminó.

Entre 2011 y 2014 hicieron 16 números de Orsai, 2.548 páginas y 233 autores invitados. De ese primer número vendieron 10.080 ejemplares. De los otros quince que completaron la primera temporada, unos 6.000. La mayoría de los números están agotados y la premisa es nunca reimprimir: el que quiere leer ahora, puede hacerlo de un archivo PDF al que se accede online. Hace unas semanas Casciari encontró un par de cajas con revistas que no sabía que tenía. Entonces armó unos combos y las puso a la venta en su web: en un par de días se vendieron todas.

El 25 de junio pasado, un año y medio después de su infarto, Casciari presentó el número de regreso de Orsai en el Auditorio Belgrano
El 25 de junio pasado, un año y medio después de su infarto, Casciari presentó el número de regreso de Orsai en el Auditorio Belgrano Crédito: Gentileza Alejandro Guyot

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Casciari lleva siete años suelto: sin contrato con editoriales, editando, vendiendo y distribuyendo sus libros a través de su propio sello independiente, que también se llama Orsai, produciendo sus obras de teatro (las entradas se cobran en la web, no hay empresa ticketera de por medio). No tiene miedo a que se corte la buena racha: dice que viene haciendo “esto” desde siempre. Lo deja tranquilo haber estado “del otro lado”, haber tenido el contrato, la posibilidad de elegir pegar un portazo. “Si nunca pasaste por el otro lado, nunca vas a saber si es tu revolución interna o tu propia liberación. Me parece que está bien renunciar a esos lugares para hacerlo de otra manera y no hacerlo de otra manera inicialmente. Me dejaría muy poco tranquilo ser esto que soy sin haber pasado nunca por el otro lado”, dice.

Le cuesta entender que otros autores acepten que las editoriales les paguen solamente el 10 por ciento por cada libro vendido. Cuando todavía estaba enganchado a Mondadori, se enojaba porque los libros no estaban en librerías o le liquidaban mal las ventas. Lo incomodaba el reparto de la plata de la venta de sus libros, que le parecía injusto y abusivo. Todo el sistema lo aburría y empezó a pensar que él podía hacerlo de otra manera. Un amigo escritor le explica que él no tiene ganas de encargarse de tantas cosas además de escribir: no todos ven un poema en una planilla de Excel. Casciari dice que, de verdad, ocuparse de esa clase de tareas a él no le resulta tan difícil: “Es MercadoLibre, Tienda Nube, los mails de la gente que te lee, tu Twitter, tu Facebook, tu Instagram y ya está...”, enumera. “Pero cuando no estás metido te parece que todo eso es un chino.”

Ahora el sistema que armó fluye hiper aceitado y además a Casciari le divierte mantenerlo en funcionamiento: a través de su web personal vende Orsai y todos sus libros, ya liberados del contrato editorial. Puede elegir todo: tipografía, portada, calidad del papel. De su último libro, El mejor infarto de mi vida, hizo 3.000 ejemplares que se agotaron en tres semanas. Cada vez que se queda sin libros, imprime otra tanda de 2.000, para tener mejor precio. No cree que lo que él hace pueda llamarse literatura. Para él, la literatura es alta cocina, hecha con tiempo e ingredientes sofisticados, y lo que él hace son milanesas a caballo con papas fritas: un plato rico que funciona, sale rápido y te llena hasta la cena. “Estos dos años me sirvieron un montón para darme cuenta de que no hacía falta escribir tanto”, dice. “Yo vengo de ser fóbico a subirme a un escenario sin problema, a contar historias. No tengo nervios. Es algo que fue ocurriendo, para que la creatividad fuera por algún carril. Y es divertido: en el escenario se me ocurren cosas distintas a las que se me ocurren cuando estoy escribiendo.”

En marzo del año pasado, un año y pico después del infarto, anunció la vuelta de Orsai. Las primeras 1.200 personas que compraron la revista recibieron también una entrada para la presentación que se hizo el 25 de junio en el Auditorio Belgrano. Al otro día, el PDF de la revista podía leerse en el sitio web: traía, entre otros textos, una crónica de Juan Sklar sobre Silvia Süller, un cuento inédito de Amélie Nothomb, una crónica de Rodolfo Palacios sobre la fuga de los hermanos Lanatta, un texto de Josefina Licitra sobre la imposibilidad de terminar un libro, un diario de viaje de Pedro Mairal. En septiembre salió el segundo número y pasó lo mismo: se agotó rápido y llenaron otro auditorio. En estos dos primeros números, imprimieron sólo los ejemplares que vendieron en la preventa. La revista no tiene tiempos fijos –los primeros números salieron cada tres meses, el próximo será en marzo–, continúa sin tener publicidades y sin distribuirse a través del circuito tradicional: Casciari confía más en la comunidad de lectores que fue armando a lo largo de estos años, en el boca en boca y en el retweet.

Acaba de empezar la segunda semana de enero. Casciari toma mate mientras revisa sus mails en un monitor Mac grande, como los que usan los diseñadores gráficos. Está trabajando en el próximo número de Orsai. Dice que volvió a escribir. En su estudio hay una mesa de madera tipo de campo, una cinta caminadora y una heladera como las de los supermercados, casi vacía, con unas latas de cerveza y una botella de Fernet. Julieta, su mujer, no está en la casa, y en una de las habitaciones duerme Pipa. Hay cuatro o cinco cajas cerca de la entrada con sobres color madera: son los libros que vendió el fin de semana en su web y que todavía tiene que mandar a domicilio. El aire acondicionado está encendido y la puerta que da al jardín está abierta.

Frente a la cámara, Casciari posa caminando en la cinta pero no quiere meter los pies en el agua de la pileta para la foto. Una vez más recuerda esa revista de negocios y economía en la que trabajó en los 90 con Chiri. La revista todavía existe y entonces la googlea. Navega un poco entre noticias de finanzas y la suba del dólar. Entra a la parte de staff y encuentra a muchos de sus compañeros de esa época (esa otra vida).

–¡Chst! –dice sorprendido–. Todavía laburan ahí, ¡¿cómo pueden trabajar tantos años en el mismo lugar?!

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