
Fogueado en los casinos de Viedma y mimado en el under porteño, Lisandro Aristimuño renueva la relación entre electrónica, folclore y cultura rock
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El mundo de Lisandro Aristimuño –melancólico, lleno de imágenes interiores y de silencios– no se abre por completo en la primera escucha. Exige tiempo y cierta entrega, pero, de pronto, toda esa fragilidad y ese encanto hacen efecto casi sin que la víctima se dé cuenta. Y entonces ya no importa si se trata de pop, folclore, indie o electrónica. Son canciones, y con eso parece suficiente.
Lisandro nació hace 27 años en Viedma, provincia de Río Negro, y se instaló en Buenos Aires hace cuatro. Para el imaginario ciudadano resulta irresistible relacionar el aire puro y los cielos de estrellas de Viedma con los versos tristes y las melodías tenues de sus canciones.
La música se metió en su vida como un juego. “Mi viejo es arquitecto y vive de eso, pero a la vez es músico y director de teatro. Mi vieja es actriz y toca el piano. Por eso cuando era chico, en vez de pasar el rato con robots, me hacía el cantante”, recuerda. Después llegarían estudios más y menos formales, la compra de su primera grabadora multipista y una intensa actividad –guitarra en mano– en el circuito de casinos patagónicos. “Es una de las pocas opciones para tocar que hay allá”, cuenta. “La condición era que hiciera covers. No es lo ideal, pero me dio kilómetros valiosos.”
Ya en Buenos Aires, el cantante, guitarrista y compositor se propuso conseguir un contrato discográfico. Después de un largo peregrinaje, el sello Los Años Luz le dio el sí y Azules turquesas (2004), su debut, lo convirtió en revelación (ese álbum figura entre los cincuenta mejores discos de 2004 según Rolling Stone). Así se ganó un lugar en la escena porteña. La Vaca Profana, el pequeño pub del Abasto, funcionó como una especie de base de operaciones.
Suele decirse que el segundo disco es uno de los más difíciles, y la cosa empeora cuando el primero cosechó tantos elogios. Lisandro acusó el impacto y se atacó de fobias. Fobia a salir de su casa, a la gente, a la ciudad. Perdió la seguridad en sí mismo. “La gente siente que sos parte de su vida y a veces demanda atención como si así fuera. Me agarró mucha angustia y ganas de encerrarme. Fue como una crisis existencial. Pero pude salir de todo eso y aprovecharlo para crecer y hacer música”, confiesa.
Ese período traumático resultó el motor creativo del reciente Ese asunto de la ventana, un disco que confirma sus mejores armas: la canción, los delicados marcos electrónicos, las orquestaciones bellas y austeras, la falta de prejuicios para integrar formatos folclóricos en un andamiaje decididamente pop. “Fue difícil, pero la verdad es que los resultados me dejaron muy conforme. Igualmente, ya estoy trabajando en el sucesor”, adelanta. Este segundo disco le permitió hacer pie en La Trastienda, una medida precisa del crecimiento de su convocatoria.
–¿Cuál fue la primera imagen que tuviste de Buenos Aires, cuando llegaste desde Viedma?
–Dolorosa, trágica. Llegué en diciembre de 2001: no podía ser una circunstancia peor. La Argentina era como un ascensor que se cae, pero acá todo eso se palpaba muchísimo más. No quedaban alas, utopías, nada. Llegué a Retiro en tren, fui hasta Villa Crespo y me encontré frente a una multitud de gente y cacerolas. Y yo venía de la ciudad del silencio. Era una locura. Llevaba el demo de Azules turquesas a los sellos y me decían que lo dejara, pero me aclaraban que no estaban editando nada y no sabían si volverían a hacerlo alguna vez.
–En ese panorama tan adverso, ¿se te ocurrió pegar la vuelta a tu ciudad?
–No. A mí me sostuvo mucho el amor. Tengo la suerte de estar desde hace bastante en pareja, muy feliz. Incluso vinimos juntos a Buenos Aires. Creo plenamente en el amor como el todopoderoso, como si fuera Dios. Eso me mantuvo feliz, pese a todo lo que pasaba.
–Tus canciones transmiten una sensación de fragilidad, soledad, pequeñez. ¿Hasta qué punto el haber crecido en Viedma impacta en esa estética?
–Influye. Pero conozco a mucha gente que vive acá y que le apasiona la música y tiene un lazo muy fuerte con la naturaleza. No es tan lineal. Pero yo soy patagónico. Y me sale esto. Después, hay gente que lo relaciona de cualquier manera y no puedo hacer demasiado al respecto. Una vez me decían que es lógico que ahora me vaya bien a mí porque el presidente de la Nación es Kirchner y viene de Santa Cruz. No hay palabras contra eso.
–¿Cómo fue volver después de haber tenido éxito en Buenos Aires?
–Hace poco fui a tocar a Carmen de Patagones [la ciudad ubicada frente a Viedma]. Fue en un teatro muy lindo y pasaron cosas bastante raras. Antes de tocar apareció un presentador y empezó a recitar: “En esta noche tan especial vamos a ver a un artista regional radicado en la Capital Federal. Sus discos han cosechado muy buenas críticas en diferentes medios tales como...”. Y no terminaba más. De pronto la gente empezó a aplaudir sin que yo tocara una sola nota. Así que se ven cosas medio cholulescas en el Sur. Bueno, acá en Buenos Aires también.
Hay músicos que se encierran en su obra. Que prácticamente no escuchan otra cosa, que parecen tener miedo a las influencias y se escapan de todo. O al menos eso aseguran. No es el caso de Lisandro. “Para mí la música lo es todo. Casi no hago otra cosa. Soy un melómano increíble. Si sale un disco de Radiohead, voy a ser el primero en ir a comprarlo. Soy muy obsesivo y me encanta. Estudio y aprendo mucho de los discos. Tomo lo que me atrae, lo paso por mi filtro y lo uso”, revela.
No se trata de ninguna postura. Los silencios recurrentes, el tono lánguido y retraído de Lisandro cambia notoriamente cuando habla de música. Le brillan los ojos, lo asalta un entusiasmo incontenible. “El último disco que me partió la cabeza fue uno de Sigur Rós, (), de 2002. Me apasiona porque primero va al concepto y luego a la canción. De entrada te dice: «Esto viene de flotar, nada de melodías pegadizas»”, reseña. Otras coordenadas para entender el universo de influencias de Aristimuño: Charly García (“sobre todo en sus últimos discos, no tanto en los primeros”), Nick Drake (“escuché mucho su música y también me metí en la historia de su vida”, cuenta), John Lennon, Juana Molina, Radiohead...
Pero, para Lisandro, el momento más crítico no es el de la absorción de otras músicas sino el de la composición. Y existen algunas condiciones básicas para alumbrar esas canciones mínimas, forjadas con elegancia y cierta gravedad. “Compongo siempre solo. Espero a que Luz, mi novia, se vaya a la facultad y empiezo a laburar. Lleno todo de cables, me grabo y después lo escucho. La pc se transformó en una herramienta fundamental. A veces prendo velas para situarme en un contexto diferente. Me gusta inventar situaciones no habituales. Y para eso utilizo la imaginación.”
–La leyenda dice que para escribir buenas canciones tristes hay que sufrir. ¿Hasta dónde se aplica esa máxima en tu trabajo?
–Cuando estoy muy mal, triste y deprimido, lo que menos me interesa es agarrar una guitarra. No sale de mí. Lo hago recién después, cuando me recupero. Y en ese momento busco mentalmente el registro de lo que pasó. Me queda como un recuerdo infinito de ese dolor, tomo fotografías imaginarias y con ellas me documento para componer. Pero cuando me meto en ese clima para hacer las canciones ya no sufro, soy como un actor.
–¿Cuál sentís que es la canción tuya en la que todo ese proceso de creación te dio el mejor resultado?
–“La última prosa”, el primer tema de Ese asunto de la ventana. Por eso lo elegí para abrir el disco. Lo escucho y me pone la piel de gallina. Creo que es una canción redonda; quedé muy conforme con la letra y le agregué una secuencia muy linda de una indígena africana que les canta a sus hijos. La saqué de un documental de la tele. Es algo medio Moby, en un sentido. Pero lo que busqué, más allá de agregar otro color, fue que la canción transmitiera la sensación que la voz de esa mujer produjo a mí. Y creo que lo logré.



