La política del humor político
El modelo impuesto por Tato Bores y Enrique Pinti, donde la risa le cede su espacio a la reflexión, brinda la posibilidad de analizar sus reales efectos.
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Enrique Pinti y Tato Bores ejercieron, cada cual a su modo, el humor político.
La mirada de Pinti fue abarcadora desde los puntos negros de nuestra historia. La reflexión del humorista superó a la risa del público. Y así se impuso el pensamiento reflexivo como sedimento.
La mirada de Tato, en cambio, se posó, sobre todo, en hechos concretos de la realidad. La risa entonces se antepuso y decidió ocupar el espacio dedicado a la reflexión.
Hoy en día el ejercicio del humor político ha quedado en varias manos, ya a través de algún espectáculo, ya en algún programa de radio o televisión.
Salvo aquellos en los que la pura chacota y los juegos que se parecen más al acertijo por la zafaduría y la parodia de la transgresión, quedan otros que se aproximan de algún modo al de Bores antes que al de Pinti.
El de Lalo Mir pareciera ser uno de ellos. Y es el perfil de su humor el que mueve a formular conjeturas alrededor de la eficacia de la risa en aquello de criticar nuestros males en forma de entuertos políticos.
Precisamente porque interesa la virtud movilizadora, inquietante, del poder del humor para concientizar a la gente al ridiculizar a nuestros personajes farandulescos, y porque es preciso corregir riendo las costumbre (divisa de la comedia del poeta francés Santeul) vienen a cuento estas hipótesis para el debate.
El ejemplo de Aristófanes
Los malos políticos -los hombres de la polis- han sido fustigados, desde la época de los griegos y romanos de las más diversas maneras. Aristófanes utilizó el humor. Cicerón con sus célebres Catilinarias, el fuego sagrado de la oratoria.
El genio de Aristófanes surgió, quizá, por su enfrentamiento con el demagogo Cleón, y frente a la deplorable administración de la justicia -con sus infamias y abusos- en la Atenas de los primeros años de la guerra del Peloponeso.
Las ridiculeces y los atropellos encontraron en la cáustica pluma de Aristófanes el oportuno látigo o la implacable sátira contra todo lo dañino o injusto. El estilo del máximo poeta cómico de la antigüedad era una expresión de la alegría dionisíaca de la vida, del humorismo burlón, que no descartó el insulto liso y llano con nombre y apellido.
Y en la cúspide de su creación enfatizó, en la burla implacable de los personajes impopulares, la misión educativa del teatro.
Lejos del modelo griego
Hoy muy pocas sátiras políticas o alegres parodias de nuestros abominables hombres públicos, suelen alcanzar el brillante ingenio de Aristófanes. Porque no han aprendido a combinar aquellos elementos de la fiesta dionisíaca: el delirio de lo grotesco y el implacable realismo.
La función crítica -en los programas de televisión- conservan parte de la audacia en los ataques y burlas, pero es la risa primaria, cruda, directa a la que se convoca, la que termina torciendo su función moralizadora, colocándola al lado de la chanza amable, o de la simple chacota.
Como ese pasatiempo barrial de los adolescentes que "se cargan" con burlas o insultos cotidianos en una esquina cualquiera.
Es aquí, en este terreno de la arena política (que escapa de la simple burla individual), cuando se le escapa al humor su sentido de antídoto contra nuestros males, de fruto saludable y verdadero de la libertad democrática de la palabra.
La pura risa como remate de una ocurrencia, de un chiste, de una morisqueta pareciera convertirse en el resorte catártico de los televidentes. A partir de allí el ciudadano adicto a la pantalla chica quedará satisfecho de que alguien -no importa quién ni cómo- ya se atrevió a criticar públicamente las bestialidades del gobierno, los papelones de algún juez, las estupideces de algún ministro.
El chiste y la risotada pasan. Ya se lo dijo en público. Ya parece satisfecha esa peregrina vigilancia sobre quienes (los que mandan) atentan contra la salud física y espiritual de los atribulados ciudadanos.
Nada cabe agregar, entonces. Ni siquiera hace falta que nadie se prevenga más. Un bufón ha desgranado su ocurrencia y así le hemos transferido graciosamente la responsabilidad de exorcisar nuestros males por vía de humoradas que sólo alcanzan la estatura pigmea del chiste.
Hurgando en los efectos sobre la psicología colectiva y la sociología, el resultado es magro, tentativo.
Las presuntas sesiones de divertida catarsis se hacen interminables , eternas. Porque en definitiva no se producirá nunca la apetecida catarsis. El humor político convertido en chiste será tomado por todos, por gobernantes y gobernados, como una buena ocurrencia, como una carta blanca que nuestros cómicos pasan por debajo de la mesa a los de arriba para que ellos sigan cometiendo atropellos con los de abajo.
¿Será esto acaso una prueba de que estamos irremediablemente enfermos?






