
La ponedora: un delicioso delirio organizado con el foco puesto en la religión
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Dramaturgia y dirección: Ana Lucía Rodríguez / Intérpretes: Martín Tecchi, Santiago Fraccarolli, Josefina Barrionuevo, Homero González, Rocío Saldeña, Verónica González / Escenografía: Esteban Siderakis / Música original: Santiago Grandone / Diseño de iluminación: José Binetti / Asistencia de dirección: Daniela Brunfman / Teatro: El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960) / Funciones: jueves, a las 20.30 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena
Siempre resulta difícil precisar qué es lo que marca la huella de un autor. Cuáles son los elementos que, puestos en escena, evocan a tal o cual. La ponedora, aunque se anide en este momento en una de las salas de El Camarín de las Musas, tiene resonancias a Ricardo Bartís y al Sportivo Teatral. Será porque ni bien se entra a la sala asaltan a la vista encajes, terciopelos, muebles de otra época y de maderas oscuras. Será porque al costado se encuentra un altar pagano que claramente caricaturiza a uno común y corriente. Y ni qué hablar cuando comienza la acción y las actuaciones estalladas indican que aquí hay parodia y no una imitación fiel y clásica de una iglesia. En este caso la parroquia de Ayacucho.
El monseñor Bentancourt y el padre Christian Grecco conversan en la iglesia de Ayacucho y esbozan tímidamente un conflicto que luego se irá volviendo dramático: la Iglesia católica no para de perder fieles a diferencia de las nuevas iglesias que, regalos mediante, conquistan sin cesar nuevos feligreses. Tramas que se tejen, medios locales que difaman al monseñor -"Monseñor vacaciona y la Iglesia se desmorona" reza el titular del diario-, un complot masivo para derrocar a la Iglesia y la salvación que aparece donde menos se la espera: una santa popular, la Ponedora, que es capaz de engendrar huevos milagrosos. Eso sí, lo hace en el prostíbulo del pueblo.
La actuación de Martín Tecchi, el monseñor, es una vez más destacable. En sus ojos siempre anida una verdad y su cuerpo se presta para este delirio organizado. El resto del elenco acompaña muy bien este juego teatral y cada uno se pone al servicio de la dirección muy ajustada. Ana Lucía Rodríguez, autora y directora de la pieza, expone además y muy acertadamente la teatralidad que existe siempre en cualquier acto religioso, en la misa, en los milagros, en las ceremonias. Esos actos, con vestuario y texto incluidos, puestos así, en escena, se muestran en todo su esplendor teatral. El monseñor como director de esta compañía que debe convencer a su audiencia, transmitirle su mensaje, su fe, su arte, lo que sea. Es que aquí de lo que se trata es de recuperar la complicidad.
La propuesta de Rodríguez no busca ser una copia de la realidad y en este punto quizás anide la mayor similitud respecto al teatro de Bartís. Los cuerpos se vuelven dóciles y se prestan para el juego. Hay caídas exageradas, gritos, confusiones y mucha pero mucha parodia, de la buena. Esa que deja claro que el teatro en ocasiones no tiene que detenerse a copiar la vida ordinaria, ¿para qué? El teatro puede estallar pasiones, ironizar, cuestionar, extremar determinados temas que vistos así, tan exacerbados, se vuelven más ciertos y contundentes.




