
Michel Houellebecq
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Imposibilidades
Entre humanos clonados y apocalipsis, Houellebecq repite y agota sus obsesiones en una novela descendente.
Catalogado en todo el mundo como el enfant terrible de las letras francesas contemporáneas, Houellebecq se ha convertido, o se ha dejado convertir, en una firma, es decir: una marca comercial. La posibilidad de una isla, su más reciente novela, regresa y avanza sobre ciertas constantes, por no decir repeticiones, o por no decir, sencillamente, cierto estilo, que a la manera de las drogas, poco a poco va dejando de hacer efecto si es administrado en las mismas dosis. Para quien ya leyó a Houellebecq no habrá sorpresas. Aquí también están la inclemencia pesimista de un narrador más o menos abúlico, la lectura de nuestro tiempo en clave cientificista y antropológica, la especulación futurista sobre el destino de la especie, el ademán profético y, por supuesto, una aguda obsesión por la sensualidad pedófila. Un recurso o estilo que ya estaba en su primera novela (Ampliación del campo de batalla), siguió estando en su consagratoria Las partículas elementales, insistió hasta el escándalo en Plataforma y, finalmente, se agotó con esta novela.
La posibilidad de una isla recorre una doble temporalidad, presente y futura, narrada por un personaje y sus sucesivas clonaciones: Daniel 25 es neohumano, un clon modificado de lo que alguna vez fue Daniel 1. Daniel 25 vive en un entorno aislado y protegido de la inclemencia atmosférica, así como de “los salvajes” (humanos que se negaron a la inmortalidad y se entregaron al desastre planetario), se dedica a disfrutar de su perro Fox y se comunica con otros neohumanos, sin saber muy bien por qué lo hace, ya que éstos fueron diseñados sin deseo, ni hambre, ni ansiedad alguna. “El cielo es de un color inerte”, le dice un lacónico mensaje.
En su construcción de un universo ficcional (¿utópico?), Houellebecq especula con la posibilidad de abolir la muerte, pero lo fundamenta mediante dos dispositivos casi incompatibles. Por un lado la clonación genética, necesaria para reproducir el sustrato físico, rasgos de carácter y todo aquello que viene configurado en el ADN. Por otro, para reproducir las complejidades de la mente y los matices que sólo la experiencia puede moldear, apela a la literatura. Para que la clonación sea total, es necesario que el humano escriba un “relato de vida”. Sus sucesores neohumanos, clones de maduración acelerada, sólo llegarán a tener una idea de lo que son a través de la lectura de los relatos de vida de sus predecesores.
La novela es, principalmente, el relato de vida de Daniel 1, un performer humorista, especie de Seinfeld apocalíptico, millonario y decadente, que ante la perspectiva de convertirse en un viejo verde impotente, decide unirse a la secta de los elohimitas, vanguardistas culturales de la clonación, y de esa manera convertirse en uno de los primeros en alcanzar esa forma de inmortalidad. Daniel es sin duda un personaje houellebequiano: fascinado por el lucro, las operaciones de marketing corporativo, el elitismo del consumo y los hábitos más evolucionados de una clase hiperculta de alto poder adquisitivo, como sólo puede verse entre los más inadaptados especímenes de la burguesía europea.
La posibilidad de una isla propone una versión de la inmortalidad que por momentos resulta aun más a terradora que la muerte misma. La contratapa del libro nos interpela con una promesa capciosa “quién de vosotros merece la vida eterna”. Pero, al final, la respuesta es: nadie. Porque, a decir verdad, en La posibilidad de una isla, los únicos que alcanzan cierta forma de vida eterna son los genes y los libros.
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