
La salvaje invasión australiana
El estreno de Camino a Estambul, de Russell Crowe, y el éxito de Mad Max: Furia en el camino confirman la capacidad y la efectividad de la cinematografía del enorme país austral
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El estreno de Camino a Estambul, la primera película del australiano -pero nacido en Nueva Zelanda- Russell Crowe, hará que convivan dos films de ese origen en la cartelera argentina. La otra es Mad Max: Furia en el camino, firmada por uno de los más grandes directores del inmenso país austral: George Miller, creador de la trilogía original de Mad Max. También director de la comedia excéntrica Las brujas de Eastwick (con Jack Nicholson y el trío femenino de rubia-morena-pelirroja de Michelle Pfeiffer, Cher y Susan Sarandon), de las animadas Happy Feet, de Un milagro para Lorenzo y de esa salvaje excentricidad animal que fue Babe 2, el chanchito en la ciudad. Babe, el chanchito valiente, la primera, también vino de Australia y fue producida por Miller -los australianos hacen con cierta frecuencia esos éxitos globales; gracias, claro, a que hablan en inglés-, y con la segunda hizo una película magistral que fue a la vez un fracaso monumental.
Con la nueva Mad Max, Miller ha tomado por asalto a la crítica. A una semana del estreno ostentaba 45 críticas positivas sobre 46 en el sitio Metacritic, y 47 positivas sobre 47 en el sitio argentino Todas las críticas. Mad Max 2015 es, ciertamente, una película que deslumbra en cada uno de sus minutos. Miller, desde una inventiva demencial, parece replantear el futuro del cine de acción, ha renovado las esperanzas y ha propuesto un nivel nuevo, altísimo, a la hora de filmar persecuciones y peleas. A los 70 años, hizo una película que habla del futuro de las imágenes en movimiento, y no sólo por el tiempo en el que se sitúa.
Distinto, casi opuesto, es el caso de la ópera prima de la estrella global Russell Crowe. La acción transcurre en el pasado, en 1915 y en 1919, primero en la batalla de Galípoli y luego en la búsqueda por parte de un padre, granjero australiano (el propio Crowe), de tres hijos perdidos en ese cruento evento de la Primera Guerra Mundial. La película transcurre en su mayor parte en Turquía, a esas alturas en realidad el Imperio Otomano. El título local, Camino a Estambul, se debe a la cuestión geográfica, pero no hay que ser muy agudo para darse cuenta de que el motivo principal es el éxito actual de Las mil y una noches en la TV local. Las mil y una noches, la telenovela, no el libro. Aunque, de hecho, el libro aparece varias veces en la película. En Chile y México el film se llama Promesa de vida y en España -donde está andando muy bien-, de una forma más fiel al título original: El maestro del agua. De todos modos, hay que decir que por más oportunista que sea Camino a Estambul no es un título traicionero. Estambul -en los años en los que transcurre la acción todavía era oficialmente Constantinopla- es parte fundamental del relato, es clave en esta película que no sólo se opone a Mad Max: Furia en el camino por el tiempo en que transcurre. Si en Mad Max la historia parece haberse licuado en una tierra arrasada, en Camino a Estambul estamos ante una película que vuelve a un hecho clave, traumático y fundante, para la historia y para la identidad australianas como Galípoli, cuando tropas australianas y neozelandesas pelearon junto a británicos y franceses contra el Imperio Otomano.
Pero, además, la película de Crowe se opone a la de Miller porque estamos ante un producto de un estilo desfachatadamente demodé, en modo gran melodrama histórico, apuntando al tono de las películas más fastuosas de David Lean. Una propuesta alejada de cualquier sequedad o realismo -salvo en los horrores de la guerra y en lo desértico del paisaje australiano-, con fotografía esplendorosa y ostentosa que realza hasta el exceso la belleza de los paisajes. Ésta es una de esas películas de actor estrella que se presenta a sí mismo -a su personaje- como lindo, noble, héroe, fuerte y sensible a la vez. La película tiene algo de grueso, como la contextura física de su actor y director y, a la vez, se mantiene firme en sus convicciones de gran espectáculo emocional, con entereza narrativa, con la seguridad de su trazo, sin vergüenza de ser lo que es. Tampoco ha estado exenta de polémica. Varias críticas en Estados Unidos -la de Manhola Dargis en The New York Times y, especialmente, la de Andrew O'Hehir en Salon.com- han llamado la atención acerca de que la película no dice absolutamente nada del genocidio armenio a manos del Imperio Otomano. Para peor, la película se estrenó allí el 24 de abril, día en que se conmemoró el centenario del inicio del genocidio. Otros respondieron que la película no tenía por qué tratar ese tema, y no faltó quien pusiera en duda la aplicación del término genocidio (Turquía, sin ir más lejos, no lo ha reconocido oficialmente).
Más allá de las polémicas, al tratar sobre Galípoli, la película de Crowe se conecta con Gallipoli (1981) de Peter Weir, otro de los grandes nombres del cine australiano (la combinación de Weir y Crowe ha dado una gran película como Capitán de mar y guerra). Gallipoli fue protagonizada por Mel Gibson, tal vez el australiano (ver recuadro) más famoso. El cine australiano ha sido no pocas veces considerado particularmente intenso y salvaje. Ejemplos hay muchos, uno es Razorback, de Russell Mulcahy, por nombrar un título de bastante circulación en los 80, o Razor Eaters, de Shannon Young, de este siglo. Pueden ampliar los nombres con el muy divertido documental Not Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploitation! (2008), sobre el auge del cine de género -violento, excéntrico- australiano de los 70 y los 80. Y más allá de las películas de acción, terror o de aventuras, Australia ha aportado intensidad y marca salvaje también en las comedias, con éxitos como Cocodrilo Dundee, con Paul Hogan, gran éxito mundial; o la colorinche y vivaz El casamiento de Muriel, de P.J. Hogan, en donde se daba cuenta del fanatismo del país por ABBA, o Las aventuras de Priscilla, reina del desierto. Grandes directores, extraños en sus ritmos de producción como P.J. Hogan, extravagantes y geniales en algunas películas como Baz Luhrmann (Moulin Rouge!), menos conocidos fuera de su país y de los festivales como Rolf de Heer (australiano nacido en Holanda). Incluso la animación puede ser excéntrica e inusual cuando pasa por Australia, como es el caso de la maravillosa Mary y Max, de Adam Elliot.
Esa tendencia salvaje la vemos también en casi todo el cine dirigido por Mel Gibson, y en muchas películas de terror, aunque no es el caso de la reciente, no estrenada por aquí y muy celebrada por la mayor parte de la crítica The Babadook, de Jennifer Kent, una película de terror psicológico que lamentablemente va dejando de lado la realidad física a medida que avanza. Hay otras películas para sumar, como Wake in Fright (aunque de director no australiano), Wolf Creek o, incluso, la propia Australia, de Luhrmann, para seguir abonando la idea de un cine exuberante, excéntrico, en contacto con una naturaleza indómita e inhóspita. Y seguramente haya también maneras de probar que no es un cine tan salvaje, y que Sydney es una de las ciudades más civilizadas del mundo y que esas rutas polvorientas no definen la imagen del país. Podemos cerrar apuntando que uno de los pocos puntos de contacto, además del país de producción, que tienen Mad Max y Camino a Estambul es que en ambas hay una secuencia de una tormenta de polvo. Una salvaje tormenta de polvo australiana.
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