La sonoridad de las palabras
Abel cazador de Caín, de y por Alberto Muñoz; Cadáveres, sobre poemas de Néstor Perlongher, por La Pista 4; y Amor de Don Perlimplín..., de García Lorca, por Ingrid Pelicori y Horacio Peña. Propuestas teatrales que sostienen el juego dramático en el valor sonoro de los textos y en las imágenes de la poesía.
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Coinciden en los escenarios porteños tres propuestas que, a pesar de haber tenido distintos abordajes, extraen su teatralidad de algo más que del valor semántico de las palabras.
En ellas, lo sonoro cobra un protagonismo inusual. Cada sílaba, cada vocal o consonante, cada cadencia al decir, lleva el texto a un plano lindante con lo musical en su concepción más literal.
Aunque ninguno de los hacedores de estas creaciones trabajó con pentagramas y claves musicales, se podría hablar de armonías, composiciones y hasta de arpegios.
En los tres casos, la poesía hace su aporte, contribuyendo con su musicalidad, pero también con su riqueza metafórica y con sus imágenes.
Dicho a voces
Los espectáculos bordean la idea de concierto. Los actores coquetean con la figura del instrumentista. En ese marco, los relatos zigzaguean entre la narración oral y el teatro leído.
Los recursos que utilizan tienen algo en común: las voces de los intérpretes juegan un doble o triple papel al ser usadas como voz hablada, voz casi cantada o para la emisión de onomatopeyas. En las tres propuestas los actores ejecutan instrumentos no convencionales, o tradicionales transformados por la atípica ejecución.
El efecto, el resultado final, aunque distinto en cada caso, transforma el hecho teatral en un acto de escucha atenta. Los sentidos de las palabras son en cierta forma revalorados al ser procesados a través de esos tamices.
Voces propias
Aun así, cada uno de estos espectáculos posee su propia singularidad. Y es esa voz propia la que los diferencia dentro de la unidad. En el caso de Alberto Muñoz y Abel cazador de Caín, porque el poeta es él mismo. La Pista 4, en cambio, navegó sobre la música que le propuso la obra de Néstor Perlongher para reconstruir Cadáveres. Federico García Lorca, poeta, músico y dramaturgo, y su pieza Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín. Aleluya erótica en cuatro actos, fue elaborada por el músico teatral Edgardo Rudnitzky y el director Rubén Szuchmacher con la clara intención de eludir lo flamenco, para accceder a la profundidad genuina del inigualable Federico.
Tres espectáculos. Tres voces dignas de ser escuchadas en medio del torbellino.
Hay cadáveres
El pretexto parece haber sido el extenso poema Cadáveres, de Néstor Perlongher, poeta neobarroco nacido en Avellaneda y fallecido de SIDA en 1992.
Pero el grupo La Pista 4, con la actriz María Inés Aldaburu como invitada especial, incluye en el espectáculo otras poesías perlongherianas y estructura una suerte de pieza radiofónica, en la que la musicalidad del poeta se reproduce utilizando las voces, trompetas, trombones, tambores, algunos montajes de sonido grabados, y apenas algunos sutiles haces de luz, todo imbuido de cierto aire murguero que a Perlongher le era tan propio como su densidad de significados.
El espectáculo puede disfrutarse los domingos, a las 20, en Babilonia, Guardia Vieja 3360, mientras se cena un suculento locro, incluido en el precio de la entrada.
Aleluya erótica
Vestidos de negro riguroso, sentados a una mesa cubierta por una tela negra en la que descansan instrumentos percusivos no convencionales, Ingrid Pelicori y Horacio Peña recorren las estrofas de Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín, de Lorca.
El texto originalmente incluye canciones y poemas. La historia de amor se cuenta mientras los intérpretes, dedal en dedo, tocan campanillas, cajitas chinas o bandejas de metal, dicen rítmica y emotivamente -incluso las acotaciones del original-, y mediante los timbres cambiados de sus voces para cada uno de los siete personajes, estimulan la imaginación de los espectadores, destinados a dibujar su propio sueño mientras transcurre el relato.
Desde hace dos meses, a la manera de La Barraca lorquiana, la obra recorre las bibliotecas municipales -cada sábado una diferente-, y lleva el romance al público, con entrada libre, curiosamente dirigida por un músico, Edgardo Rudnitzky, y un director, Rubén Szuchmacher.
Caín cae en Babilonia
Más de catorce criaturas de ficción brotan por la boca y el cuerpo de Alberto Muñoz en Abel cazador de Caín.
"Se dice que el viento reproduce la tragedia de Abel y Caín, los hijos de la primera mujer. También se comenta que en una brisa o en el huracán, las escenas no sufren modificaciones aunque sí en la voz del narrador", comienza diciendo esta tragedia.
En tres actos -El viento en la ruta de Occidente, El viento en la ruta de Oriente y El viento en la ruta: anécdota contemporánea-, separados entre sí por el sonido de los cencerros que cuelgan a su diestra, el actor-poeta-músico-narrador desgrana personajes que reconstruyen la historia de los hermanos bíblicos.
Su voz oficia como instrumento central, amplificada con cámara o distorsionando el timbre. Por momentos rozando el canto, acentúa los rasgos de un texto que juega con las combinaciones de vocales o consonantes y de palabras agudas, graves y esdrújulas estratégicamente ubicadas en cada frase o verso.
Y la cargó
En ese juego, Muñoz ahonda en las lecturas de hermanos que se asesinan entre sí. "Caín mató a Abel / pero no supo / qué hacer con esa / muerte que llevaba / y la cargó: / metió a su Abel / en un saco de piel / y durante cuarenta días / sobre sus hombros / llevó la muerte de Abel.(...) Lo mismo hizo Caín / pero a la inversa: / se enterró a sí mismo / y dejó la muerte / con Abel afuera.
No nos une el amor, sino el espanto, dijo alguien alguna vez. Y es ese espanto con el que Muñoz construye su relato. Sólo que el humor, ése que salva a los mortales del infierno, es el arma fundamental que el poeta encuentra para tornar digerible la oscuridad del texto.
La ofrenda
El humor y la destreza musical del ejecutante convierten el espectáculo en un multitudinario soliloquio sonorizado, en el que resuenan algunas preguntas desesperadas: "¿Quién de nosotros Caín, nos está matando de lo que no morimos? Esta es nuestra ofrenda, ésta es la pregunta que podemos ofrecer; esperamos que ustedes no elijan otra."
El personaje
Alberto Muñoz. Poeta. Músico. Dramaturgo.
Como poeta publicó Floresta poemas (1979); La compañía mágica del circo (1980); Almagrosa (1981 y 1990); Acordeón a piano (1984); Terra Balestra (1985); Dos épicas (1987, junto con Eduardo Mileo); Tratado de verdugos (1989); Misa negra (1992, junto con Eduardo Mileo); También los jabalíes enloquecen (1998). Como músico fue, entre otras cosas, fundador del grupo MIA; es autor de las obras teatrales La mujer sin cabeza, Todos somos Gardel, Los últimos días de Johnny Weissmüller, Kapelusz, y guionista del Magazine For Fai, que conduce Mex Urtizberea por T&C.
Abel cazador de Caín se presenta los viernes, a las 23, en Babilonia, Guardia Vieja 3360.
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