
La TV también lo hizo
Sucedió el 13 de octubre de 1997 en "Tiempo nuevo", el ciclo de Bernardo Neustadt, durante una entrevista al presidente Carlos Menem
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Sucedió el 13 de octubre de 1997 en "Tiempo nuevo", el ciclo de Bernardo Neustadt, durante una entrevista al presidente Carlos Menem. El primer mandatario derrochó frente a cámara su indiscutible capacidad para remar contra la corriente de la opinión pública y de la realidad sin perder la compostura. "Ningún gobierno fue tan brillante como este gobierno en la República Argentina", sostuvo sin pretensión de falsa modestia. "Este es el mejor gobierno de la Argentina en los últimos cien años; lo dice todo el mundo", agregó.
A nadie se le escapa que Neustadt es un maestro en el arte de las frases de fuerte impacto mediático. Fue así como lanzó una ironía que lejos de sacar de quicio a su entrevistado, lo llevó a ejercitar el deporte en el que ha demostrado ser un verdadero ganador: hacerles frente a las críticas pivoteando sobre el sentido del humor.
-Yo sé que es una broma... Aquí todas las cosas se dicen medio en broma, también ¿no? -respondió Menem.
-¿Usted también? -contraatacó Neustadt.
-Y... más o menos... -contestó Menem con una carcajada.
Mirado con algún sentido crítico, ese breve diálogo resultaba toda una definición de la estrategia con que el presidente concibe la TV. Toda una definición también de los valores que el menemismo supo imponer en la pantalla chica.
En esta década, los entendidos en comunicación no dejaron de hablar de la creciente "farandulización" de la política. En el principio fue el asombro. Cronistas, movileros y conductores se regodearon en las contradicciones del discurso del presidente, los fallidos, las imágenes de un primer mandatario que era capaz de bailar, contar chistes, jugar al fútbol y mirarle el escote a Madonna. Bueno o malo como presidente, Menem es un hombre divertido y durante los últimos diez años lo ha demostrado con creces.
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Hasta allí, nada es condenable. Habría que ser demasiado miserable para negarle a cualquier ser humano -el presidente de la República incluido- el derecho de gozar del bálsamo de la diversión. El problema está en la escala de valores. Cuando la diversión pasa a ocupar el primer puesto de la tabla, la situación se vuelve peligrosa. Y si se trata del responsable de los destinos del país, la cosa se pone aún más difícil. Tan cara es para Menem la diversión que a la hora de atacar a su opositor Fernando de la Rúa no tuvo mejor idea que tildarlo de "aburrido", como si ese solo adjetivo alcanzara para descalificarlo en su pretensión de alcanzar la presidencia. De la Rúa salió a responderle con un aviso televisivo. Pero cierto es que en una década de gobierno menemista la TV absorbió como una esponja ese afán por la diversión a cualquier precio. Menem y la TV se alimentaron mutuamente con esa sed insaciable de diversión.
Seguro en ese juego, a menudo el presidente supo zafarse de las más duras acusaciones y de los más acuciantes reclamos ciudadanos a través de la risa, el cinismo y hasta la provocación. Y al que no le cause gracia, que se lo lleven los demonios del aburrimiento. Aunque se trate de jubilados abandonados a su destino de miseria, de maestros condenados a la pobreza, de víctimas de la violencia, de desocupados, o de niños desnutridos en el país de los shoppings que ingresó en el Primer Mundo por decreto. Si la realidad presenta grietas dolorosas, es mejor concentrar la atención ciudadana en la picadura de la avispa cosmética que sufrió el rostro presidencial, en la opinión del primer mandatario sobre el último partido de River o en las desventuras del peluquero que atiende su cabellera.
La TV, en una suerte de abaratamiento vertiginoso, aceptó descender por el tobogán de la propuesta de la comunicación menemista y salvo en contadas excepciones se sumó al jubileo generalizado. Si la función de la TV ha sido tradicionalmente la de entretener e informar, ahora lo principal es divertir y si no queda más remedio que informar, habrá que conseguir que la información sea divertida. Allí comenzó el hábito de cubrir las campañas electorales antes en los programas cómicos que en los periodísticos; la costumbre de convertir en culebrones las causas judiciales, la tendencia a privilegiar las acusaciones cruzadas entre los miembros de la clase política sobre los hechos.
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Cierto es que a más de un integrante de la fauna televisiva esa apuesta al pasatismo y a la falta de inteligencia no termina de convencerlo. Pero, muchos de ellos, contagiados quizá por el cinismo, pusieron manos a la obra de hacer lo mismo que el prójimo, pero advirtiéndole al público que eran conscientes del abaratamiento. Para prueba, baste un puñado de ejemplos: de la colección de miserias televisivas vive desde hace rato Raúl Portal con su ciclo "PNP". Y ni "Caiga quien caiga" pudo resistir la tentación de burlarse de los errores que desfilan por la TV. Ni más ni menos que lo que Susana Giménez viene haciendo con la colección de "perlitas" de la semana. Pero, con una diferencia: ella nunca ha pretendido mostrarse mejor de lo que es ni situarse un escalón más arriba que la propia TV en cuanto a la profundidad de contenidos.
Si al cabo de una década de contagio mutuo, tanto la TV como el futuro gobierno aprendieran que no basta con reírse de los propios errores, sino que el desafío es construir una programación y una política mejores, telespectadores y ciudadanos podrán mirar con esperanza el comienzo del nuevo milenio.






