
Cocaína, éxtasis, mezcal, peyote, lsd. En la Argentina, según estadísticas extraoficiales, hay alrededor de 50 mil adictos a las sustancias ilegales.
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El tiempo pasa y no te das cuenta ni te importa. Sé que estoy hace más de dos años, pero no sé si son dos años y un día o dos años y medio. Acá tengo todo lo que necesito. Soy feliz en la familia."
Los dientes de Sergio chillan de contento. La familia de más de noventa personas que comparte con él, en Olmos, las cinco hectáreas de la comunidad terapéutica para rehabilitación de adictos Aser, es el muro de contención que lo separa de un tiempo que narra con una sonrisa de costado, como si hablara de la vida de otra persona mucho más vil, decididamente despreciable. A los 17 se escapó de su casa, se trepó a un camión con destino a la frontera con Bolivia y volvío varios años después, sabio y fatal, a Lanús.
–No se drogaban mucho, acá. Eran más de tomar alcohol, entonces yo les enseñaba. Me picaba con sal de anfeta. Era barata y te duraba más que la merca, quedabas salado más tiempo, te duraba más el efecto del gancho.
Dice que no tuvo hijos para no verlos llorar cuando terminaba el horario de visita.
–Pero recién tengo 36 y ahora voy a tener hijos, porque éste es mi desquite, mi revancha. Ahora trabajo de encargado de seguridad. Estoy del otro lado. Para mí las drogas son una mundicia. Si tuviera un hijo y lo descubriera fumando un cigarrillo de marihuana, lo llevaría enseguida a hacer un tratamiento, porque no importa si fue una, dos o cien veces. Podés ser un adicto fumando un solo cigarrillo.
–¿Y si te enamoraras de alguien que consume?
–No nunca en la vida nunca jamás atrás Satanás.
Los calculos –basados mas en la extrapolación de datos foráneos que en estadísticas propias– hablan, en la Argentina, de alrededor de 50 mil adictos a las sustancias ilegales. Eso no incluye psicofármacos ni alcohol; además, si se tomaran en cuenta las personas que consumen pero no llegan a ser adictas, la cifra se multiplicaría.
–El hecho de que alguien fume un cigarrillo de marihuana no significa que sea adicto –dice el sociólogo Alberto Calabrese, director del Fondo de Ayuda Toxicológica, un centro de tratamiento e investigación de las adicciones con más de treinta años de existencia–. Hay usadores, abusadores y adictos. El adicto es el que vive para la droga, toda su vida gira en torno de cómo conseguirla y cómo y cuándo drogarse. Pero hay muchísimos más abusadores que adictos y quienes hacemos tratamientos tendríamos que abrir espacios para esta gente que quiere dejar el consumo de manera menos compulsiva.
Las campañas contra el consumo disparan su artillería diciendo que entrar es fácil y salir es difícil. En la Argentina, donde los tratamientos de rehabilitación recién fueron reconocidos desde el año pasado por las leyes 24.754 y 24.455 –que regulan las prestaciones de las obras sociales y medicinas prepagas–, salir parece ser más difícil que lo que debería, pero no por las razones a las que aluden las campañas. El universo de los tratamientos y las campañas para evitar el consumo de sustancias ilegales parecen tener orillas que nunca se encuentran: lo que se dice, lo que se admite que se dice. Muchos de los entrevistados para esta nota redondearon sus opiniones más osadas cuando el grabador estuvo apagado.
–Las drogas no son buenas ni malas, el hombre hace un uso bueno o malo de ellas, si no parece que las drogas caminan solas y te saltan al cuello –se enoja Calabrese–. En el fat hacemos tratamientos ambulatorios y para nosotros es muy importante que la persona siga teniendo contacto con su medio, si no es como irse compulsivamente de vacaciones. Vos viste la cantidad de personas que hacen tratamientos y se quedan trabajando como operadores terapéuticos en estos programas. Es que durante años estás todo el día diciendo "No como no como no como" y me siento con vos y hablo de no comer, y voy a un club donde sólo nos vemos los que no comemos; si quiero hacer algo útil mi único remedio es meterme en la carpa de los maestros.
La fotocopia no tiene la menor definición, y a pesar de que el epígrafe reza "Jorge Ruiz, presidente y fundador de Aser junto a Pichi y el Gitano en los comienzos, julio de 1986", lo que se ve son tres manchones abrazados, peludos, quizá sonrientes. Aser significa ser feliz en arameo antiguo, y Jorge Ruiz es un ingeniero civil pequeño y pálido que nada tenía que ver con gente llamada Pichi –justamente– o el Gitano hasta que desembarcó en la iglesia a la que iba un chico "pasado de drogas, en muy mal estado", y nadie supo qué hacer, salvo Jorge, que aplicó aquello del amor en Cristo y la felicidad en arameo y se lo llevó a casa. Ese era Pichi –¿o el Gitano?– y si bien tenían la misma edad, los parecidos terminaban ahí.
–Ibamos a todos lados juntos, entonces él no consumía. Empezaron a llegar más, pero si los dejaba un rato solos me los encontraba dados vuelta. Entonces me di cuenta de que pegarme como estampilla y leerles La Biblia no alcanzaba. Juntamos plata entre amigos para poner una casa. Hoy tenemos 90 internados y 50 en tratamientos ambulatorios. No se les habla de religión. Se les habla de espiritualidad, porque el vacío existencial no lo llenás con psicoanálisis ni con nada: lo llenás con espiritualidad. Muchos adictos no han sabido llenar ese vacío existencial, y lo han llenado con drogas.
–Tienen muchos menores derivados de juzgados. ¿Es lo ideal que estos chicos hagan un tratamiento bajo presión?
–Lo ideal sería que la gente en libertad decidiera, pero el adicto no es libre para decidir por él mismo, entonces por ahí ese empujoncito le viene bien. El adicto se droga para no sufrir.
–¿Nadie se droga para disfrutar?
–Sí, claro, yo ese discurso lo conozco.
Se ha puesto serio y tieso en su blanca palidez. No es fácil hablar de drogas en la Argentina. Siempre hay que dar explicaciones gigantescas, disculparse por demasiadas cosas, no mencionar demasiadas otras.
daniel guerrero es algo asi como el agente de prensa de Aser, y es tan desproporcionado y simpático como el mate que tiene en la mano y que chupa frenético. "Soy adicto a todo: a las minas, al dulce de leche, al cigarro, al alcohol", admite. El mismo hizo un tratamiento de rehabilitación en la comunidad. "Pero soy ateo y te mentiría si te dijera que alguna vez me molestaron hablándome de religión." Pesa 105 kilos, y a todo el mundo le parece encantador que sea enorme e hiperkinético, a lo mejor porque cuando llegó pesaba 60, hacía cinco años que se tomaba dos litros de ginebra por día y se inyectaba cocaína mañana, tarde y noche.
–Consumí durante 17 años, y durante 12 sentí que podía manejarlo. Los últimos cinco no pude manejar nada, pero yo creo que la sustancia en sí no es mala. Depende del uso que hagas de ella. Lo que pasa es que no sé si esto se lo puedo decir a un pibe de 16 años, que viene derivado del Consejo del Menor después de haber estado en institutos de menores toda la vida. ¿Cómo puedo explicarle yo a un pibe que la soga está, que depende de cada uno ahorcarse o no ahorcarse, pero que no podés prohibir que vendan soga? ¿Entendés? No sé, no sé si puedo explicarles eso a estos pibes.
En la casa de internacion de Olmos se apiñan un espejo, una mesa, una heladera, sillas, y una chica que pide llamarse Alexa Paone. Le gusta cantar, tiene 15 años, y como ha sido derivada por un juzgado de menores no puede dar su nombre. Cara compacta, aritos, cadenitas, un anillo en el dedo gordo que apenas tapa un tatuaje desvaído. Llegó con la idea de que al menor descuido no habría obstáculo entre ella y la pampa abierta.
–No tomaba conciencia de que tenía sufrimiento, me enfrentaban a un montón de situaciones de a-prendizaje y no había forma de que aprendiera. Un día me dijeron que me tenía que ir y entoces me di cuenta de cómo necesitaba este lugar. Como todo drogón, yo decía el que no fuma es un careta. Ahora, que la careta era yo.
–¿Por qué?
–Porque los otros la tenían re-clara. Yo me escondía de que no tenía una relación con mi mamá. De sentirme sola. De que mi papá aparecía una vez cada tanto.
¿Estaría mal decirle que muchos que no van más allá del agua mineral con gas no están seguros de tener todo tan claro? Después me acuerdo de Daniel Guerrero y la naricita gorda de esta nena que apunta al cielo me dice que probablemente ya haya escuchado todo lo que tenía que escuchar. Al menos por estos primeros quince años.
sigo los pasos de una mujer que sube las escaleras hasta una torre diáfana. Estoy en Lanús. La torre diáfana es un lavadero adornado para emergencias, con una mesa y dos sillas, que corona el Centro de Salud Número 14, dependiente de la Secretaría de Prevención y Asistencia de las Adicciones de la provincia de Buenos Aires. Zulma Pessagno es la directora que a menudo resigna su oficina y usa el lavadero como despacho.
–Antes, la única alternativa de tratamiendo que se ofrecía en estos centros era la internación. Ahora adaptamos el tratamiento a cada persona. Ya no sé si es válido pensar el tratamiento de las adicciones únicamente como el alejamiento de la sustancia. El término recaída se utiliza cuando una persona está haciendo un tratamiento y consume, pero a mí ese término no me parece bien: el éxito o el fracaso de un tratamiento no pasan solamente por la abstinencia, sino también por la posición que tiene el sujeto frente al objeto, llámese droga, Dios o la mamá.
Son las doce de la noche cuando el teléfono suena y desde alguna esquina de la ciudad una voz escupe mal humor. "Acabo de ver una muestra de arte de mierda, estoy en un público, venite a casa mañana. Te quiero mostrar unas plantitas que tengo." Dos años antes, este mismo tipo iba por su cuarto tratamiento de rehabilitación, pero los grupos terapéuticos le provocaban un efecto devastador: "En lo único en que pensaba cuando mis compañeros contaban cómo se habían picado y qué mal les había ido en la vida era en salir, darme un pico, tomármela toda junta".
Es disc-jockey, y me pide que obvie su nombre, que ponga DJ. Ahora su ambición mayor es dejar de aspirar cocaína, pero en ningún tratamiento lo dejan suprimir una sus- tancia y seguir con, por ejemplo, marihuana. "No me imagino mi vida sin el faso", dice. "Ahora fumo y los fines de semana me tomo alguna pastilla." Su habitación son cuatro paredes de austeridad car- celaria. En el armario hay cuatro o cinco macetas de las que surgen cuatro escupitajos verdes de epuyén muy puro. Charquitos de tierra cuidados con afán de agricultor. "De la maceta a mis pulmones", dice y cierra la puerta, pudoroso. De la noche anterior se ha traído una servilleta de papel. En la servilleta hay sobre todo flechas así y así, y nombres: methedrina, Mitsubishi, Fat Freddy, mmda, Snoopy, cactus. La lista sigue: Ketalar, xtz, micropunto, pasta base, floripondio, lsd, cocaína, peyote, mezcal, marihuana, Talasa. Encerrado en un redondel de tinta ha escrito algo que me hace reír: "Consecuencia, flechita, mambo". Sonrisa de gato de Chersire. Dispara: "Yo las probé todas".
Las drogas, dice, son su ticket de acceso a un caleidoscopio inatrapable. Tiene una amiga embarazada que no puede dejar de fumar pasta base, y eso lo preocupa. "La agarraría de los pelos y la sacaría de ahí, pero también la entiendo, porque cuando yo fumaba pasta base no quería saber nada de dejar." Fumó pasta durante un año. Esa fue su "época mala". Por la pasta, y por varias cosas más, DJ aulló muchas veces. En las calles; en las camas; en los pasillos; en el cuarto de sus padres, que todavía le dan de comer. "Era peor que una pesadilla, yo cerraba los ojos y estaba el tipo sentado en mi cama, destapándome de a poquito. Abría los ojos y estaba todo igual, pero sin el tipo." En el Litoral se llenó de pústulas por comer hongos, y en medio del desierto riojano, mientras su novia se perdía caminando desnuda, le rebuznó en medio de la nada un gigantesco caballo de té de cacto. Un gigantesco caballo justo al lado de la oreja cuando no había ningún caballo en varios kilómetros a la redonda. "Si me drogo es para pasarla bien, no, como dicen, para tapar problemas", aclara. "Para mí las drogas no son un problema. Me gustaría no tomar más merca, pero me cabe experimentar con mi cabeza."
el folklore popular las bautizó "las granjas". El Programa Andrés y Viaje de Vuelta fueron clásicos y pioneros. Después de eso, las comunidades terapéuticas proliferaron, aunque recién el año pasado se reglamentaron y ya no pueden abrir si no cumplen con ciertas normas edilicias y con el tratamiento ofrecido. Antes de eso, décadas de descontrol dieron lugar a la saga de los abusos de poder. Al mito –real– de los pozos cavados en medio de la noche y vueltos a tapar para beneficio de nadie, a los baños lavados con un cepillo de dientes, a las maquinitas de afeitar arrastrando trapos de piso diminutos para limpiar un piso. Aunque los popes de los tratamientos aseguran que hoy nadie osaría utilizar los mismos métodos con los adictos de los 90, las llamadas "medidas educativas" o "situaciones de aprendizaje" son una parte importante de los llamados "tratamientos conductistas" que se aplican en las comunidades. Estas medidas se aplican cotidianamente, cuando alguna de las personas en tratamiento contraviene las reglas internas, tan rígidas como mármol.
–Te lo tengo que decir –dice Elsa Gervasio, directora de la comunidad terapéutica El Reparo, y me lo dice–: la comunidad terapéutica es el tipo de tratamiento que más éxito tiene en el mundo.
–Nos acusan de que somos muy conductistas, pero esto está dicho desde el desconocimiento de lo que es un adicto –se defiende Daniel Campagna, director de esa misma comunidad–. Un tratamiento psicológico puede estar planteado para una persona común, un neurótico; pero el adicto no organiza su vida. No se baña, no cuida su cuerpo, no tiene horarios.
Los folletos de El Reparo exigen que para empezar un tratamiento el paciente "deberá cortar todo vínculo con personas drogadependientes y/o alcohólicas (aunque sean familiares directos)" y presentarse con su aspecto externo modificado. No se admiten rasgos de la "cultura de la droga" o "cultura de la calle". Traducción: no se permiten aros en los chicos, ni pelo largo ni remeras de grupos musicales ni jergas. "Su aspecto deberá ser limpio y prolijo, tomando como punto de referencia a otra persona de su misma edad que trabaja o estudia y lleva una vida corriente."
Hugo tiene 26, trabaja, lleva una vida corriente. Es gerente de área de una empresa de construcciones, usa teléfono celular, trepa a los edificios de Catalinas con la agilidad de un mono y trabaja catorce horas por día. Nunca usó aros ni pelo largo, y las remeras de grupos musicales no son lo suyo. El tipo no baja de Hugo Boss. Dice que le parece que era feliz, salvo un detalle: ya no le quedaba lugar en el cuerpo para meterse un pico más.
–Cuando supe que la merca se inhalaba, ya era demasiado tarde –bromea–. Bueno, era merca, pastas, ácidos, éxtasis. Ojo, siempre laburé, lo mío era más un bardo de fin de semana, pero el último año se me fue de las manos. Mucha presión, cada vez más laburo, la vida te pasa por encima. Me recomendaron un lugar y me vieron tan pasado de rosca que me hablaron de internarme. Salí puteando, era una cosa delirante, cómo iba a hacer con mi laburo. Otra opción era ir no sé cuántas veces por semana de 6 a 8, para hacer un tratamiento ambulatorio. Al fin traté de dejar solo, no pude, y empecé una terapia individual. Hace tres meses que estoy cero cero cero.
La novia de Hugo reluce en un portarretratos de plata en su impresionante piso de soltero, que mira a la Avenida del Libertador. Una cara ovalada y hermosa que esta noche Hugo se está llevando a comer a Puerto Madero. Una de las frases que apoyan la filosofía de El Reparo dice: "El trabajo dignifica mi persona y me permite construir mi independencia creativamente. La comida no es gratis".
Ahora se tiende más a adaptar el tratamiento a la persona, no la persona al tratamiento", dice la licenciada Elena Gotti, integrante del Consejo Directivo del International Council On Alcohol and Addictions. "Porque ¿de qué sirve que yo a un ejecutivo lo mande a hacer la cama si en la casa tiene un batallón de gente que le hace la cama? O para qué voy a estar hablándole de responsabilidad a alguien que jamás dejó de trabajar. Las internaciones son cada vez más raras y más cortas, y es el ultimísimo recurso."
El prejuicio tiene una voz monótona pero convincente. Los altavoces de las esquinas están atorados en la misma estación que repite: todos los consumidores son adictos, todos los adictos son ladrones, sucios, impuntuales, no cumplen con sus obligaciones. Y no quieren a su mamá.
las reglas de oro de todas las comunidades son no al alcohol, las drogas, la violencia y el sexo. En la casa de internación mixta de El Reparo, en San Miguel, el ojo verde de la pileta de natación permanece intocado. Chicos y chicas tienen que nadar por grupos, ellas con estricta malla enteriza y short encima "para poder sostener la norma cardinal de no sexo", reza el folleto. Fabián mira la pileta de natación y dice, en lenguaje de salita rosa:
–Es que vemos a una muchacha y ya pensamos que nos queremos poner de novios. Si a mí me pasara eso con una muchacha de acá, se me pone un aprendizaje de incomunicación, que es que no la puedo mirar, no puedo pasar ni a dos centímetros de ella.
Una veintena de adultos juegan un juego de chicos, una mancha venenosa con pelota.
–Yo pienso que si no me dio vergüenza venderle los juguetes a mi hijo, no me tiene que dar vergüenza jugar a un limón, medio limón –se convence, me explica, me mira Fabián. Aquí la diversión no es azar. Desde que se despiertan hasta que se acuestan, los trabajos, las terapias, los juegos y las limpiezas están organizados con estructura férrea.
No pueden estar solos, se lavan los dientes seis veces al día, cocinan panes y bizcochos que salen a vender los que están en la etapa llamada "reinserción social". En el sótano guardan un cultivo de champiñones blancos y reventones. No pueden hablar como hablaban. Tienen que olvidarse del prefijo "re" y de los diminutivos, y en vez de "chicas" dicen "muchachas". No pueden escuchar a Los Piojos ni a los Rolling Stones ni a los Redonditos de Ricota. La llaman "música apológica". Todos parecen apurados. Hay una energía de hospital, mezclada con una pizca de regimiento, batida con algo de colegio privado, y hasta un poco de jardín de infantes. Tres cajas con rótulos, como buzones de colegio, rezan: confrontacion, preguntontas, sentimientos. Ellos no pueden expresar sentimientos, me dice Fabián. Ni de euforia ni de alegría ni de agresión. Tienen que escribirlos en un papelito. Por ejemplo: "2 de diciembre de 1998: Me molestó mucho que Javier me pegara una patada jugando al fútbol".
–Al principio todo te parece ridículo, y cuando llegás no podés creer que todos éstos sean drogadictos. Después volvés a desestructurarte. Nosotros somos enfermos –baja la cabeza Javier.
Le florecen algo así como setenta dientes blancos y parejos. Sonriente y bueno como una tarde de sol. Germán tiene 21 y lleva veinticuatro meses internado. Es hijo de un funcionario del gobierno de La Plata y salió de un juzgado de su ciudad con el bolso bajo el brazo para aterrizar en las aguas reparadas de este sitio en San Miguel. La actual ley de estupefacientes manda prisión de uno a siete años a quien tuviese en su poder estupefacientes (aunque no pena el consumo). Si la cantidad fuera poca, la pena disminuiría de un mes a dos años y podría ser reemplazada por una medida de rehabilitación "voluntaria". Germán está a punto de salir del voluntariado y tiembla de pánico aferrado a la baranda del balcón.
–Cuando vine acá me quería ir corriendo. Ahora me dicen que me tengo que ir y hago todo al revés, estoy muerto de miedo y voy para atrás –dice con los nudillos blancos, la boca seca, la boca un mordiscón de durazno en plena cara.
el primer cuadro data de hace un año y podemos ver a Juan Manuel, 32 años hipermovedizos, sacudiendo una carterita de paja, rescatando restos, raspando el carbón baboso de una tuquera de hueso, diciendo "Esto es patético, patético". El segundo nos muestra una escena de hace un mes: viernes a la noche; a Juan Manuel le han dado unas ganas rabiosas de fumar porro, por lo cual se pone a barrer con dedicación de hormiga hasta el último rincón de su departamento. El último cuadro, un poco desteñido, data de hace varios años: Juan Manuel pasea la nariz golosa por el lomo de un piano de cola; arriba, espirales, rayas, lombrices gordas y blancas. A Juan le encantaba ese piano de cola. Le encantaba alimentar su nariz sobre el lomo terso de barniz. Hoy parece salido de la clínica Kellog’s. En el último año no sólo dejó de fumar marihuana sino que se fue de las tierras del tabaco y el alcohol como antes se había ido de las de la cocaína y otras –varias– adicciones. Mantiene la ansiedad a raya con una pastilla de Rivotril por día y hace terapia una vez por semana.
–La merca la dejé porque me harté. Empezabas a tomar a las 10, y sabías que indefectiblemente a las 2 se iba a terminar, y era el caos. Un día pensé que estaba perdiendo un par de cosas por el faso, y dije chau, es hoy, mañana es tarde. Pero para mí la sustancia no es el problema. El problema es la adicción, ya sea con faso, merca, psicofármacos, dulce de leche, alcohol o Pepsi. Lo que pasa es que si acá entra un tipo y yo me estoy bajando un tarro de dulce de leche no pasa nada, pero si entra y me estoy fumando un porro, se pudre todo. Te dicen: "La droga es un viaje de ida". Por qué no me cuentan que es un viaje de ida el shopping, la tarjeta de crédito, Internet. A mí nunca me gustaron los programas de rehabilitación, pero los respeto, porque si el programa Andrés le sirvió a uno solo, sirve, aunque a mí me parece que se fanatizan un poco.
Mirta clara es psicologa, y trabaja en el Centro de Salud Polivalente y Acción Comunitario Nº 15, del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. A su consultorio llegan padres desesperados, dice, porque a sus hijos los han echado de comunidades terapéuticas y ya no saben qué hacer con ellos.
–Vienen con un grado de humillación tremendo, se sienten acusados de ser malos padres por tener este tipo de hijo que desobedeció la ley de la comunidad, que está estructurada sobre la base del arrepentimiento y la culpabilización del sujeto que supuestamente ha traído la ruina sobre su familia y las buenas costumbre, porque ingería drogas. Por supuesto que puede existir salud con un consumo controlado, y ojo que no soy partidaria del consumo de sustancias indebidas, pero pienso que el abandono de esa sustancia se puede lograr de una manera menos compulsiva. Desde el Gobierno no se puede estar persiguiendo grupos de jóvenes, encarcelándolos y sometiéndolos eternamente a técnicas de recuperación si no se combate una economía subterránea que tiene que ver con el narcotráfico.
Lucía martínez es la mamá de Francisco. "Lo de Francisco parece una maldición gitana", aprieta las comisuras, se frunce de rabia Lucía. "Ya pasó por muchos tratamientos y son todos muy represores. Si un tratamiento de rehabilitación lo tenés que entender desde la fe, y no desde la razón, estamos fritos."
Francisco, el veinteañero hijo de Lucía, dice en el departamento de la avenida Santa Fe del que fue expulsado y vuelto a aceptar más de una vez que la familia se preocupa. Pero no como él cree que deberían.
–Ellos piensan que lo mejor para mí es estar internado, pero lo que yo quiero es no tomar más cocaína, por ejemplo, eso me hace mal. Ya pasé por muchos tratamientos y son todos una mierda. El único bueno fue el de Hernán Barangot. Si hubiera ido directamente ahí, yo creo que no hubiera tenido que pasar por tanto.
Hernán barangot fue adicto y se recuperó en las épocas más duras del Programa Andrés. Su comunidad, llamada San Andrés, es más bien una casa urbana especializada en personas que han pasado por otros tratamientos. "Nosotros no somos la policía ni tus padres", decía Hernán la última vez que lo vi, hace un año y medio. "Vos tenés que hacerte cargo." La casa donde convivía aquella docena de hombres era un mundo distinto del de las comunidades terapéuticas. Era una casa. Salían a trabajar desde la mañana hasta la noche, hacían terapia, se vestían como querían, tocaban la guitarra, Hernán preparaba mondongo y Charly García alegraba la mañana cantando aquello de "Yo no quiero volverme tan loco...". Pero, en aquella época, Francisco todavía no conocía a Hernán y había vuelto a casa después de varias internaciones infructuosas. Lucía, esperanzada y feliz, había preparado un cuarto como quien construye un nido, y todos creían que con eso y mucha charla bastaría para que Francisco se olvidara de todo. Y bastó. Durante algunos meses, Francisco consiguió un trabajo y todo estuvo en orden. Pero la soga que aferraba se puso resbalosa.
–Tuvo un par de recaídas feroces –dice Lucía–. Lo que pasa es que cada vez que sale, la misma angustia por el tiempo perdido lo hace caer de nuevo. De todos modos, yo me equivoqué dramatizando tanto al principio, cuando él recién empezó, pero esas son cosas de las que me doy cuenta ahora.
Mauricio Tarrab es miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana y codirector de Toxicomanía y Alcoholismo. Es partidario de tratar los casos uno por uno. Cada quien con su dolor.
–Yo no dividiría entre conductistas y psicoanalistas sino entre los que honestamente hacen un esfuerzo y los canallas. A nuestro juicio, el padecimiento del sujeto es anterior a las drogas, y tomamos los casos uno por uno. Puede haber alguien para quien sea impresdicindible la abstinencia y alguien que pueda tener un relativo contacto con las drogas.
Ricardo Grimson, medico psiquiatra y director de la Federación de Organismos No Gubernamentales (fonga), dice que no enviaría a alguien a dejar su adicción en el consultorio de un terapeuta particular.
–Nadie puede dejar la adicción haciendo análisis. Creo que es imposible.
–Ha habido algunos casos.
–Bueno, puede ser, pero yo no podría decir que hagamos de esto una política, porque es muy costoso en términos de horas, de energías.
Elena Gotti dice que, para un estudio que hicieron los norteamericanos, ella entrevistó a adictos a la cocaína recuperados sin tratamiento.
–Cinco personas que un día decidieron que no tomaban más y la cortaron y se olvidaron para toda la vida. Se puede cortar, pero si a una persona que está tratando de cortar le decís "No, solo no vas a poder", ya se hace difícil. No para todo el mundo la droga es un problema.
Para Diego lo peor es irse a dormir los sábados a las 10 de la noche. Tiene apenas 17 y el mundo para él debería ser otra cosa, no las pocas hectáreas bienintencionadas de la comunidad Arco Iris en Libertad, en Merlo.
–Me interné porque mientras hacía el ambulatorio seguía consumiendo. Le daba gracias a Dios por haberme hecho tomar dos gramos y no cinco.
En el comedor, otros hombres escuchan sin interrumpir. Las mandíbulas crispadas, cuentan los días tachando horas en un collar infinito. Rezan: "Cuatro meses y seis, cuatro meses y siete, cuatro meses y ocho". Algún día serán años.
–Durante por lo menos tres años estos pibes no tienen que probar nada –dice Carlos Gorla, el director–. Después usarán su libertad responsablemente. No digo que un escritor no pueda tomarse un ácido y escribir un libro, pero me parece que si le doy un ácido a cada uno de los vecinos del barrio en cuatro cuadras a la redonda, no vamos a escribir libros, nos vamos a cagar a tiros.
Entonces aparece el vecino Ezequiel Roberto Cejas con anteojos negros, caminando apuradísimo y llorando como marrano porque a su hermana se la llevan al hospital. Ezequiel Roberto Cejas es joven. Debe tener 5 años y es uno de los chicos del barrio que van a tomar la merienda o el desayuno que preparan los hombres internados en Arco Iris. Gorla dice que es una buena terapia ocuparse de los otros cuando uno ha estado años sin ocuparse de otra cosa que de su nariz y sus venas. Como Gustavo, el Pato, el dealer de tu calle con un hijo llamado Brian, y la familia repartida entre Devoto y Caseros. Si había que arreglar algún asunto, los amigos sabían: "Vamos a pedirle los fierros al Pato".
–Más que levantarme temprano lo que me cuesta es enunciar, hacer un confronto, porque me parece que soy un botón. Yo estuve toda la vida del otro lado –dice Gustavo.
El confronto es una de las bases del sistema terapéutico. Si alguno de los internados sabe que otro guarda un porro en el pantalón, habla con términos de la calle, remolonea en la cama, no hace su tarea o falta el grupo terapéutico, lo confronta y lo pone en evidencia ante el grupo.




