
Viaje al fondo de la historia, la vida y la obra del tándem Daffunchio-Sokol, la dupla que menos trabajó para alimentar la existencia de su mito.
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El caos es la receta que usaron siempre. Y mal no les va…" El asistente de la banda no lo dice como excusa sino más bien con el tono tajante de "Tómalo o déjalo". Y remata: "Ellos son así". Los destinatarios de esas definiciones somos el periodista y el equipo de fotografía que llegamos dispuestos a entrevistarnos con la dupla creativa de Las Pelotas. El encuentro estaba pactado en la casa/sala de ensayo que la banda ocupa desde hace un año en el corazón de Villa Luro, la misma que Los Piojos usaron desde sus años iniciáticos, hasta el disco Azul. El motivo de las inexistentes disculpas es la ausencia de Alejandro Sokol: "Nunca vino", me dicen. Parece que también plantó el ensayo pero eso ya no merece aclaraciones. En eso, escucho la voz de Germán Daffunchio. Viene de la sala donde están preparando una nueva ronda de conciertos en Obras (¡cuatro funciones!) para presentar Show, un nuevo disco en vivo. Me dan ganas de preguntarle cuántas veces se puede presentar un disco en vivo… Pero esa no es pregunta inmediata para este ideólogo de una nueva masividad en el mapa del rock argentino entendida entre la humildad y la constancia, una suerte de tenaz gordito gremial guiado por El Tao de los líderes. De hecho tenía apuntado que, justamente, en el último disco de estudio, Esperando el milagro, sólo tres temas aparecen firmados por Sokol: ¿Hay ruptura en la pareja compositiva de Las Pelotas? "Poné así:…", dicta Daffunchio: "…Chupamelá."
En estrellas. Y llegando más lejos, la preguntita: “¿Por qué nunca echaron a Sokol? ¿Cómo lo aguantan?”. En síntesis: por estas cosas, un periodista no es una persona en la casa de Las Pelotas. Es un… periodista.
Su firmeza, su hermetismo se agudiza aun más si los temas de charla no se agotan en la alta rotación radial de “Hoy me desperté” (otro hit conmocionante de Germán, que estuvo siete semanas en el primer lugar del ranking Rock & Pop) y se deslizan hacia el divorcio de Daffunchio, hacia su novia quince años menor o al hecho de ser el único en la banda que continúa en las sierras mediterráneas, cultivando la huerta. También Sokol acaba de separarse. Por eso se fue de Córdoba a Chivilcoy y, luego, volvió al Oeste bonaerense, a William Morris (donde el tren no para y, para llegar a su casa, tiene que tirarse en un paso a nivel), en los suburbios del barrio San Andrés; para más datos, a Vergara y Gaona, al Bar de Miguel. Ahí vive junto a su hijo Ismael (21 años), un prometedor violero que lo acompaña en El Vuelto, la banda de covers con la que hace sus “changuitas” en formato solista con un repertorio basado en esa pirámide de luz conformada por Pink Floyd, Peter Gabriel y David Bowie. Por todo eso, dice, está en Buenos Aires. No por su genética urbana, ni por su abstinencia desfasada. Sino porque, como hombre, tiene que empezar de nuevo. Como su amigo. Ambos, a los 45.
“Nosotros no podríamos impostar una farsa arriba del escenario”, arremete Germán, una semana después del primer encuentro. La casa de Las Pelotas, atestada de libros y vinilos ortodoxos, es una especie de chupadero del palo, debajo de la autopista, a cien metros de las vías del tren Sarmiento. El resto de la banda (el baterista Gustavo Jove, el guitarrista Tomás Sussman, la bajista Gabriela Martínez y el tecladista Sebastián Schachtel) cuida la relación con el amor que se siente por el siemple hecho de participar de algo común, pero también del modo que lo haría una pareja a punto de llegar a las bodas de oro: no se ven la cara a menos que sea estrictamente necesario, no ensayan a menos que la fiesta sea esa misma semana y, si pueden, llegan a horario y, lo antes posible, vuelven a sus casas. Salvo Sokol, que va cuando quiere. O cuando puede.
Al rato, intento presenciar un ensayo de la banda. Pero me cierran la puerta y quedo afuera. No porque haya algo para esconder, sino porque hay mucho para cuidar. “Lo que pasa –dirá Daffunchio más tarde– es que para la gilada siempre hay un solo heredero. No puede haber dos. Analizalo: ¿Qué banda legendaria dejó dos secuelas que llegaron al éxito? Ninguna. Sólo Sumo. Pero nosotros, en la historia póstuma, siempre fuimos la B.”
Preguntas para Sokol, mientras se escapa entre tema y tema de la sala de ensayo. Tiene hambre y está algo enojado: se clava media morcilla fría al pan (son las 11 de la mañana, día martes) y me invita un vino blanco. Del pico, claro. Eso lo seda apenas un instante. Pero lo altera que lo carguen sus compañeros de sala por dejarse el pelo largo. Sokol, en la intimidad de Las Pelotas, ya no es El Bocha. Ahora le dicen Shemp, por el hermano más desaliñado y border de Los Tres Chiflados.
–¿Shemp? ¿cómo estás ahora, compositivamente hablando?
–Estoy bastante estancado. En lo personal. Debería estar haciendo muchas más cosas y… me voy a poner a hacerlas. Así que prepárense.
–¿Por qué decís que estás “estancado”?
–Porque estoy medio vago. Bah, siempre fui muy vago. Pero ahora creo que se me agudizó con la edad…
–Viviste en Chivilcoy un tiempo y trabajaste como productor…
–Sí, le produje el disco a La Chivilco, una banda de rock de allá; junto con Tomás [Sussman].
–¿Vas a seguir produciendo?
–No, el tiempo que tengo prefiero usarlo para tocar con Las Pelotas.
–Entonces… ¿Qué hay que esperar de Sokol?
–Temas, muchos temas. En el próximo disco les vamos a romper el… cuore.
Sokol carcajea y yo escribo acerca de un sobrentendido: antes de que Luca Prodan cuajara en sus vidas, estos dos sobrevivientes de Sumo ya existían. Pero las páginas del rock tienen amnesia temporal. Por eso, el pasado de la relación entre Daffunchio y Sokol es tan difuso. Ellos se conocieron, obvio, en Hurlingham; esa parcela del Oeste bonaerense a la que el tiempo (con ayuda de, entre otros, dos laburantes del rock como éstos) transformó en una fértil incubadora de mitos. “Para esa época yo era un guitarrista de asado”, atestigua Alejandro. “Yo agarré la guitarra a los 9 años. Pero antes, en casa, ponía a los Beatles en pasta, en el wincofón. Y le sacaba las ollas a mi vieja para tocar la batería como Ringo Starr. Andaba todo el día golpeando cosas y buscando sonidos. ¡Si me habrán cagado a patadas por abollar las cacerolas!”, rememora.
Más tarde, a los 15 añitos, Germán, que por entonces era hooker en el Club Curupaytí, se cambió de bando. ¿A cuál? Al vecino y enemigo Hurling Rugby: el reducto deportivo de los fumones precoces. Ahí conoció al joven Sokol: sí, los líderes de Las Pelotas eran rugbiers. La fuerza de las diferencias: uno de Racing, el otro de Independiente; uno gringo de faroles verdes, otro chimba y de ojos negros. Pero a ninguno de los dos le importó. Dicen que los polos opuestos se atraen, ¿no?
–¿Cuánto tardaron en dejar el rugby?
Daffunchio: –Poco. Eramos un equipo de atorrantes. Alejandro me enseñó a tocar la guitarra. Al toque, lo único que hacíamos era fumar porro y tocar juntos, todo el día. El tocaba temas de Sui Generis y Serú Girán en la criollita, los dos estábamos en una etapa muy Charly. Y cuando me pasó los primeros acordes y me mostró cómo se hacían las escalas primarias, arranqué. Y no paré más.
–¿Tenía nombre la agrupación?
–No. Pero además de covers, hacíamos temas nuestros. Algunos de ellos aún los tocamos en la sala... y nos cagamos de risa, ¡porque son malísimos! El hitazo era: “Nena de nylon”. Si me habrán puteado en casa: “¡Qué lindo el temita, eh!” [imita la voz de su padre]. “¿Cuál papá?”. “Ese que cantaban anoche, a las 4 de la mañana, con tu amiguito”, me decía mi viejo.
–¿Y ya tenían pretensiones artística a esa edad?
–Sí. Ya en esa época soñábamos con ser músicos. Pero nunca se nos había hecho palpable. Yo me di cuenta a través de los añosde que Ale y yo éramos el típico caso de la generación criada en la dictadura. Nuestra adolescencia fue la represión: la idea paranoica de que te podían chupar, cagarte a trompadas o hacerte desaparecer… Entonces, naturalmente, siempre fuimos rebeldes.
–Y apareció Prodan…
–Sí. Cuando Luca se cruzó en nuestras vidas, todo cuajó perfectamente. Todo: nuestras ganas de ser músicos, con nuestra rebelión dormida.
Luca supo decir: “¿Mollo? se hace el guitar hero ¿Germán? Mira la pared, le gusta eso. Está loco”. Eso define la esencia y las diferencias entre las dos guitarras de Sumo (la fundadora, la de Daffunchio; la virtuosa, la de Ricardo) y las de los dos capitanes de las naves herederas.
Alejada del revisionismo sesentista y valvular de Divididos, la combinación Daffunchio-Sokol se ha mantenido aferrada al remo con su autoproclamado “pesimismo irónico” durante diecisiete años (se formaron en 1988, pero debutaron a comienzos de 1990, ante cien personas, en el Club Halley de Villa Crespo). Y todo este tiempo, han vivido artísticamente en el purgatorio del rock: esa especie de sala-de-espera del éxito que queda entre el top 5 del mainstream de las bandas más reconocidas y los basurales del under.
Probablemente, Sokol y Daffunchio sean dos de los músicos del rock nacional que menos contribuyeron a generar su propio mito. Sí fueron los que quisieron reunir a los ex Sumo en el uruguayo Anfiteatro Municipal de Verano (en el fallido intento de mayo del 97, cuando la relación entre las partes terminó de eclosionar por aquella frase de Mollo: “Las cosas que nos dividieron nos siguen dividiendo”) y también eran los que tocaban en Arpegios, Cemento o Arlequines mientras Divididos hacía trece Obras al hilo.
Hoy, en la etapa de los estadios llenos como peloteros, inexplicablemente, ellos nunca fueron tratados como estrellas en un firmamento rockero en el que Ciro, Chizzo o Dárgelos, por ejemplo, son palabra santa. O donde el propio Gustavo Cordera puede impostar desde su rol de “psicópata”. Pero está claro: nadie que haya estado cerca de Luca puede laburar de reventado. Luca fue el último gran mito marginal de nuestro rock, ésa es la verdad. Y eso hace que Las Pelotas sea una de las pocas bandas del país que puede ostentar la credencial de culto.
En el rock nacional existe la causa Daffunchio-Sokol. En los Tribunales, también. En 1994, Germán y Alejandro fueron parte de una prueba piloto de la famosa probation (una forma de condena que consiste en trabajo comunitario). Mientras el segundo disco de la banda, Máscaras de sal, se convertía en Disco de Oro, la dupla Sokol-Daffunchio salía arrancada de un tugurio capitalino. Varios agentes de la brigada de San Andrés se llevaban un par de gramos de cocaína y dos nombres algo conocidos. Presos duraron poco. Pero para la prensa oficial (a la del rock se le pasó como una simple anécdota) eran “delincuentes”. El juez Araujo, a cargo de la causa, les cambió la libertad por cuatro shows a beneficio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (uno de esos recitales se dio en una cárcel para mujeres, nadie en la banda lo olvida) y listo. Será justicia.
“Después de salir del calabozo, escribimos «Grasa de chancho»”, apunta Daffunchio ante el grabador. Escucho lo que instiga la letra, y siento: “Los hipócritas nos hablan de moral”. Hay más, el estribillo quema: “Castigo a los culpables, dicen los carteles en la puerta…”.
–“Castigo a los culpables” pide ahora Callejeros. Y ustedes, después de que los diarios publicaran una nota que los alineaba detrás de las posibles bandas que tocarían a beneficio de las víctimas del 30- d, declinaron esa posibilidad inmediatamente… ¿Cuál es la posición de la banda frente al tema Cromañón?
Daffunchio: –“Castigo a los culpables” –ríe Germán, apoyado en algunos plomos que presencian la charla en busca de porro–. Sí, yo también quiero “castigo a los culpables”– se ríe y se enoja, como buen ciclotímico…
–¿Cómo fue lo del comunicado?
–Un día los diarios publicaron que nosotros estábamos a favor de Callejeros y que íbamos a tocar en un show a beneficio de no sé quién… y nosotros no los conocemos. O sea, nos hemos cruzado. Pero no es nuestra historia…
–¿Y cuál es la historia de Las Pelotas?
–Nuestra historia es poder sobrevivir. Por eso dijimos: “Vamos a aclarar nuestra posición”. ¿Nos encasillaron? Bueno, muchachos… les mandamos el comunicado. Ahí dice, clarito: “Que cada uno se haga responsable de lo que le toca”. Nosotros nos estamos haciendo cargo de levantar los muertos. Y por suerte, somos una de las pocas bandas que pudo seguir tocando. Pero Cromañón es un tema jugoso. Pueden seguir exprimiéndolo. Pueden hacer miles de películas, documentales, libros sobre esto…
Daffunchio asimila el mic como un filosofo existencialista. Las letras de sus canciones son manuales de autoayuda (nunca new age) basados en los escritos de Kierkegaard, Camus o Sartre. Entre renglón y renglón, está la amargura protodark y la vergüenza propia y ajena. Los silogismos de lo que a diario leen sus ojos. “El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones para existir, es una víctima del sentido de la vida”, diría Germán con la voz de e.m. Ciorán.
Si lográs entrarle vía marketing-de-la-ternura y quiebra la coraza, Daffunchio no va a parar de contarte traiciones. Sólo si lo pedís, claro. Y sólo para que lo sepas vos, no tu grabador. “El otro día se me cumplió el sueño que tuve cuando le pusimos el nombre a la banda”, dice, cuando le pregunto por el incidente de la bengala en el último Cosquín Rock. Las Pelotas no sólo fue la banda que reemplazó a Callejeros en el cierre de Gesell Rock, el primer megafestival después de Cromañón, sino que también fue la encargada de cerrar la última noche (junto a La 25) del Cosquín Rock en el Lago San Roque. Daffunchio advierte: “Mi sueño era ver y escuchar a todos estos locutores y periodistas caretas, en su postura formal, diciendo: «Señores, con ustedes… ¡Las Pelotas!». Y se me cumplió. ¡Hace diez años éramos delincuentes y ahora somos héroes!”.
–Es un cambio algo bizarro…
–Sí, es algo increíble… Pero en el peor sentido. Después de Cosquín Rock, Diario Popular decía: “Podría haber sido una tragedia”. Y a mí me condecoraban “héroe” y, en vez de llamarme Germán Daffunchio, ¡me decían Gabriel Difuncio!
–La placa de tn, anunciaba: “Si esto sigue así, no seguimos…”. Y atrás, se escuchaba tu grito intuitivo: “¡Apagá la bengala, boludo!”…
–¡Eso fue genial! Me causó tanta gracia ver a Santo Biasatti diciendo: “Las Pelotas”, con sólo grabarlo tenía el mejor videoclip de mi vida. Existe una realidad: en Cosquín Rock hubo 150 mil pibes, durante cinco días; pibes que van con la esperanza de encontrar iguales, porque en sus provincias la policía los recontra caga a palos. Pero la noticia fue que un pibe prendió una bengala. Y esa secuencia duró cuatro segundos.
–Más allá de tu percepción, ¿con qué dificultades se encontró la banda tras la tragedia?
–Con la realidad: el rock está sufriendo una persecución. Sobre todo en los feudos del Norte. Bah… en realidad la Argentina es un gran feudo. Pero donde más lo notamos fue en el Norte. En la última gira Norte Rock, que encabezamos nosotros junto con Intoxicados, nos hicieron cortar el show bajo amenaza. Me da mucha impotencia contarlo y no poder hacer nada. Pero se están equivocando mal. Y el resultado es que no hay lugares para tocar. ¿Hay que volver al under? Volveremos al under, a tocar para que nos lleven presos. Lo hicimos durante años. Pero sépanlo todos: lo único que han logrado es que los mecanismos de corrupción sean más caros.
–¿Cómo es eso?
–Claro: si antes te pedían coimas por un determinado monto, ahora te piden el triple. ¿Por qué? Porque tienen más poder. Esto se trata de parar la cultura. Atento, Gigio: para ellos, la cultura siempre fue y será peligrosa.
–¿Creés que se aprendió algo de la tragedia?
–Creo que sí.
–¿Por ejemplo?
–Creo que a través de los años nos hemos ido acostumbrando a tocar en cualquier condición. Pero la mafia siempre estuvo firme. Las habilitaciones y todo eso… si va gente, te ponés contento. Y si se repite, buscás un lugar más grande. Yo lo que lamento de Cromañón es la mala lectura y las secuelas que tenemos que enfrentar los músicos. Igualmente, ya somos perros duros. Creo que aprendimos, sobre todo, que las bengalas son peligrosas. Se aprendió de la peor manera. Vos podés parar el show, pero la gente no te da bola. Es así: somos difíciles.
–¿Le puede haber pasado eso a Pato Fontanet?
–No. Yo no sé qué pasó. Si algo no hice, fue alimentarme de todo lo que pasó. Porque el ascenso de Callejeros ya me olía fiero. Un mes antes se lo dije a un productor cordobés. Como viejo zorro, pensé: “Mmmm, se nos viene la nube negra”. Y cuando pasó, me entristeció muchísimo. Además, creo que el hecho de que un tipo como Omar Chabán esté en cana, después de tantos años de remarla en el under, no es justo. Yo lo lamento por él. Chabán fue un tipo que siempre hizo cosas por la cultura rock.
–¿Y el tema bengalas-en-shows?
–No, eso ya fue. Para mí, las bengalas son un caso cerrado.
El 22 de diciembre de 1987, cuando Luca murió, Daffunchio se dio vuelta y ya no tenía nada. Había dado un giro y regresado, dramática y dolorosamente, al mismo lugar. Estaba de nuevo en la casa de Timmy MacKern, en la misma salita roja de Alta Gracia en la que, junto a sus dos padrinos musicales, Prodan y Diego Arnedo, había pergeñado y ejecutado los primeros contornos del cancionero de Sumo. Pero estaba solo. Herido. “Diego se fue con Ricardo [Mollo]”, recuerda en confianza. “Yo creía que iba a seguir conmigo, él era mi pareja en la composición. Siempre fue así. Mi hermano. Pero lo eligió al otro, por qué… obvio: ¿viste cómo canta?, ¿viste cómo toca la viola, cómo puntea con la pelotita? Me costó un montón acostumbrarme a su ausencia.” Así fue. Para él, separarse de Arnedo fue como ver morir a otro amigo. Este, en vida.
Se agarra la cara. No quiere hablar. Ni de eso, ni de nada. Pero lo hace. “Hacía meses que no editaba nada y escuchaba voces por todas partes”, relata. Fantasmas que ofrecían un billete, que pedían un billete, que gastaban el billete…
Cayó Sokol, roto. Y atrás el ex baterista de Sumo, Superman Troglio; y el joven Andrea Prodan, actor italiano de 26 años (hermano menor de Luca) que se incorporó como tecladista durante una breve temporada, como reflejando la posición familiar. Ahora, El Bocha recuerda poco de eso: “Yo estaba tocando en Buenos Aires como s.o.k.o.l. Yo con una guitarrita y algunos covers. ¿Qué significaba la sigla? Nada. Fue una recomendación de Pettinato. Lo llamé cuando nos separamos para que le pusiera el nombre a mi banda y me dijo: ponéle Sokol, con siglas, es algo loco. Y yo [se ríe y gesticula cara de aturdido]… le hice caso”.
Alejandro hace fuerza para recordar. Y no porque le cueste acordarse, por las drogas o lo que sea… sino porque, simplemente, hay muchas cosas que no dan para una simple charla. Sokol hunde los ojos cuando le menciono esas épocas. Se ahoga en el ostracismo. En esos tiempos, la cantidad de anfetaminas que recorrían sus venas no lo dejaban servir para nada. La droga intravenosa que mi anfitrión se picaba con eficacia y precisión, lo tenía postrado. Y a dos o tres metros de Germán, que no estaba dispuesto a perder un solo amigo más.
De hecho, él si se acuerda perfectamente de eso. “Yo empecé a cantar por obligación. Ahí agarré el micrófono. Le dije a Timmy: «Andate, me da vergüenza». Y empecé a cantar, a crear melodías y armar temas. El primer tema de Las Pelotas fue «Senderos». ¿Sabés lo que me costó? Para mí fue un bajón… ¿Sabés lo que era cantar en una banda bajo la sombra de un tipo, un músico y un frontman, como Luca? Me hice cargo de los temas hasta que Alejandro pudo tomar la posta. Después me quedé muy ensimismado en la viola, en los sonidos. Tardé años en romper el hechizo…”
–¿Y ahora?
–Y ahora… el otro guitarrista también puede cantar. Y canta.
La segunda vez que estuve en villa luro logré sentarlos para la foto. Cosa que detestan, aclaro. Daffunchio dice: “¿Te doy un buen título para tu nota? «Con Ale seguimos amándonos como el primer día.»”. En ese ínterin discutimos una cuestión de género. La clave del éxito según Las Pelotas: la canción de amor, eléctrica. Una línea que diseñaron solos (de hecho, desde mediados de los 90, temas históricos como “Bombachitas rosas” no faltan jamás en la noche, cerca del fuego) y que, sin milagro de por medio, consiguió que tras diecisiete años de trayectoria, el público de la banda se triplicara en sólo… ¡doce meses!
–Se podría decir que “Será” es una canción de amor-rock… ¿Te das cuenta de que reinventaron un formato?
–Sí, creo que sí. Pero te cuento algo: siempre tuvimos un conflicto intelectual con la canción de amor. Siempre le tuvimos fobia a la cosa melosa. Siempre nos negamos a eso. Lo más cerca que estuvimos de eso fue “Bombachitas rosas” o “Cuándo podrás amar”. Me acuerdo que una vez me llamó Andrés Ciro y me dijo: “Che loco, los dos temas más grossos son: «Cuándo podrás amar» y «Pará con la papa». Y yo le dije: “Ahh… qué bueno Andrés”. Y, por dentro, pensé: “La concha de tu hermana, tenés un torno en el oído [se ríe]… Con “Será” me pasó igual. “Bombachitas rosas”, por ejemplo, no lo mandábamos de corte ni-en-pedo. Llamábamos a los operadores de las radios y los amenazábamos. Les decíamos: “Ni se te ocurra poner ese tema, ¿me escuchaste?”. Teníamos terror a que nos asociaran con lo radial, lo comercial. Pero con “Será”, realmente nos lo planteamos. Dijimos: ¿Por qué nunca hicimos un tema de amor? Y salió, fue un éxito. Y todo eso, ya es parte de la historia.
–Los dos temas nuevos que están en el último disco, “Hoy me desperté” y “Como se curan las heridas”, los cantás vos y van en esa línea. ¿La nueva producción continúa en esa dirección?
–No. Los canto yo porque salieron los dos el mismo día, en la casa de Gaby, la bajista. Y da la casualidad de que Alejandro faltó al ensayo. Pero los que ahora vienen a vernos por “Será”, no van a volver a vernos nunca más…
–¿Por qué?
–Porque hay una cosa que no voy a negar: nosotros estamos re locos. Y puede ser que se confunda nuestra locura con otra cosa, pero nuestra demencia es nuestro estigma. Ahora, Las Pelotas empezó un nuevo ciclo. A nivel personal y espiritual: todos estamos con muchas pilas. Ya estamos juntándonos, con Alejandro inclusive, y demeando para el nuevo disco.
–¿Qué textura tienen los temas?
–Nosotros sabemos muy bien que artísticamente se necesita ser coherente. Y te hablo más allá de la música. Porque es la actitud ante el arte es lo que prevalece en un buen músico. La idea es no repetir los patrones.
–Eso explica lo del coqueteo tecno de Esperando el milagro. ¿Va a volver a suceder?
–¡Sos un hijo de puta! [ríe fuerte]… Por ahora no pintó nada, el disco recién saldría a comienzos del 2006. Pero hay algo concreto: nos está volviendo la tendencia al machacazo.
–¿Al pos-punk del inicio?
–A la sangre. A la energía vital. El disco en vivo sólo fue una excusa para sacar un material nuevo. Ahora estamos como en las primeras épocas: tiempos de baterías crudas y guitarras de guerra.
La relación entre Daffunchio y Sokol siempre fue igual. Idénticamente difícil. Pero no es un caso excluyente. Germán agacha la cabeza pelada y me enseña la nuca: “Esta cicatriz me la hizo Luca”. Es una marca profunda, de unos siete centímetros de largo que continúa la línea de la columna. “Le quise sacar la botella de ginebra para que dejara de tomar y me partió el cráneo contra el cordón de la vereda”, relata con ojos de vidrio. Claro, pienso. Con una simple referencia se acaba esta historia. Su lamento en gracia lo deja claro: Daffunchio y Sokol son de esa clase de hombres que se pelean con un amigo para resolver el problema, no para burlarlo. De esa estirpe de amigos que no contemplan una relación de forma pasiva y obsecuente. Y… ¿Qué vine a buscar? Ahh, sí: ya está. Final.
–¿Qué los mantiene unidos, Germán?
–Que Las Pelotas tienen bien limados sus egos. No hay historias… Podemos haber discutido en lugares públicos o en medio de una entrevista radial, nos ha pasado… pero nada. Como grupo, siempre fuimos un caos. Y nos seguimos moviendo de una forma caótica. Siempre fue así. Ahora tratamos de ser un poco más organizados, pero nuestra esencia es el caos. Y nada. A veces estás, otras veces no. Pero desmiento rotundamente que con Alejandro pase algo. Si no me llevara bien con la persona con la que toco hace más de veinte años, terminaría el matrimonio. Pero no es así. Si algo somos es amigos, ¿entendés? Nos aceptamos como somos.






