Las torsiones de la pasión, según Eugene O´Neil
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"Ligados", de Eugene O´Neill, en versión libre de Roberto Villanueva (también tiene a su cargo la puesta y la dirección general) según traducción de Javier Echániz. Con Jorge Schubert, Noemí Frenkel, Antonio Ugo, Cecilia Biagini y los figurantes Iris Pedrazzoli, Bárbara Arange, Vanesa Strauch,Soledad Ferrari y Marina Quesada. Escenografía: Roberto Villanueva y Stella Rocha (esta última también es responsable del vestuario). Iluminación: Jorge Pastorino. Duración: 70 minutos. Teatro Picadilly, Corrientes 1524.
Nuestra opinión: Buena
"Mucho se ha escrito sobre la tormentosa vida de O´Neill: vida literariamente tormentosa sobre las aguas arriesgadas de los dos hemisferios; vida tan idéntica, en suma, a la de un personaje de O´Neill", resumió fantásticamente Jorge Luis Borges.
El desencuentro -en su vida y en su teatro- podría ser otro modo válido de referirse a esa tormenta. Al escritor norteamericano (1888-1953) le costó encontrar un oficio. Fue empleado de tiendas y correos, periodista y marinero, una de las cuyas aventuras transcurrió en las largas y oscuras noches de su estadía en Buenos Aires. Y aún cuando le llegó la consagración, incluyendoPremio Nobel, una sucesión interminable de problemas personales, familiares y de salud aportó a que su figura siempre brillara desde una pátina oscura de cierta extranjería existencial.
Porque el desencuentro, también en "Ligados" y siempre según O´Neill, no parece ser un error de comunicación, una desviación subsanable o un vicio corregible. Es una condición de estructura de las personas y de las relaciones humanas. Así también están fabricadas nuestras pasiones, que entonces tienen un carácter de espejismo contra el cual se estrellan las mejores intenciones de ser feliz. En eso, O´Neill se parece a Bergman.
Para exasperar aún más esa mirada en la que todo intento de comunicarse no trasciende la estatura de una ficción, O´Neill coloca sus personajes en el mundo del teatro. El dramaturgo, también por ser hijo de un padre actor, sabía que en ese ámbito hay una tentación irrefrenable por tratar los conflictos de la vida con los códigos espectaculares de un escenario. Es esa pregunta inevitable frente a un actor de civil: ¿es así o siempre está actuando?
Esa misma duda despierta la pareja formada por Miguel (dramaturgo) y Leonor (actriz), que no sabe cómo hacer para seguir junta pero tampoco puede, de una buena vez, separarse. Y está Juan (dramaturgo), que se engancha en el juego de esa clase de terceros que no pueden -aunque quieran- dejar de alimentar los peores deseos de la pareja de referencia, así como tampoco imponer la más mínima modificación a esas reglas de la geometría, también por razones de comodidad.
Síntesis de la espesura
Esa idea, la de un vínculo torturado en su irresoluble torsión, está muy bien aprehendida por la versión del texto a cargo de Roberto Villanueva, que se apoya en una traducción de Javier Echániz, de códigos neutros y sintéticos.
Así, se hizo un concentrado del original, depurándolo de una marca de estilo propia de algunas corrientes dramatúrgicas de las primeras décadas del siglo, que ponían a los personajes mismos a explicar los móviles psicológicos de sus conductas. Al neutralizar esa cualidad de autoconciencia, a esta altura anacrónica, la versión ganó en dureza sin pagar precios altos a la comprensión de la historia, que se desarrolla en cuatro escenas.
También se mantuvo, aunque sin exceso de subrayados, la época de la acción del original, publicado en 1922. Un mérito de la puesta de Roberto Villanueva es haber encontrado un modo de proyectar espacialmente el ingrato escenario del Picadilly mediante el uso, como fondo, de gigantografías de pinturas de Bellini y Balthus, además de inspirarse en cuadros de Edward Hopper para la resolución visual de la tercera escena.
Unos pocos elementos escenográficos, un texto que late en crispación, un coro de figurantes que entra y saca trastos, y los cuatro intérpretes. Eso es todo.
Las actuaciones (valga el pluralmás que nunca) merecen renglones aparte (ver recuadro).
Dos funciones ligadas por algunos cambios
A diferencia de los productos fílmicos, la representación teatral tiene el rasgo distintivo de que se recrea noche a noche. Cada función es única e irrepetible, respira de un modo singular.
Sin embargo, esa certeza no debería ocultar el hecho, no menos cierto, de que también -de una función a otra- hay algo que se mantiene o, mejor dicho, que debería mantenerse, al menos en el caso de que haya existido un punto de partida más o menos claro al poner en pie el proyecto.
Pueden ser muchas las razones por las que un espectáculo se va transformando a lo largo de una temporada. Van desde la improvisación apurada por algún desperfecto técnico o por fallas de memoria, hasta las internas del elenco, pasando por el cambio de rumbo que la dirección le pueda imprimir a la obra luego de echada a rodar. Por último, también pesa, por qué no, el talento del público. En ese punto, también cada noche es distinta de las otras.
En tren de experimentar, el cronista asistió a dos funciones de "Ligados". La primera coincidió con la del inicio de la temporada, un preestreno para socios del Club de Lectores La Nación ; la segunda, en su estreno oficial, el martes último y luego de varios días más de preestrenos.
Hubo constantes: el clima asfixiante y neurótico, un estilo corporal de plantarse deliberadamente duros (son personajes con muchas dificultades para tocarse entre ellos), la tentación de Jorge Schubert por recitar sus líneas, la estupenda caracterización psicológica y física de Noemí Frenkel (una rubia experta en la manipulación) y la sobriedad, quizás excesiva, de Antonio Ugo, que no termina de hacerse cargo de que el director al que compone también está disfrutando de la situación tortuosa en la que está enredado, pese a que en un momento logra huir del remolino.
El cambio fundamental, y para bien, apareció dado por un golpe de timón de la dirección. En la primera función, los estallidos emocionales, que son insoslayables, estaban expresados con altisonantes gestos congelados y con la liberación de gritos ahogados. Algo así como si se detuviera el fotograma de un film en el preciso momento en que una boca -alaridos mediante- se convierte en bocaza.
Planteadas las cosas desde esa perspectiva, no quedaba claro si el elenco intentaba una parodia de los personajes (bastante hipócritas al hablar de sus sentimientos) o si la versión tomaba distancia de los anacronismos del original, ironizando sobre ellos.
En la segunda función presenciada, en cambio, la manifestación de esos estallidos fue replegada tras las manos de los actores, puesta de espaldas al público o escondida por los intérpretes, que se ensimismaban frotándose contra la escenografía o que se ovillaban para adentro. Así, el espíritu de la obra, tirando a fatalista, brota con mayor nitidez.
La otra diferencia significativa apareció en la actuación de Cecilia Biagini. En la primera función se vio a esa criatura abismal que, en su agujero neoyorquino, debe hacerse cargo de la fuga del neurasténico escritor. En la segunda, la actriz empezó muy arriba y, cuando la platea festejó con carcajadas un par de situaciones desaforadamente jugadas, se montó a hacer una especie de Gelsomina cuyo chisporroteo amenazó con diluir el tono necesariamente oscuro de la situación.





