Para mí, Jimmy Page es más extravagante que Jimi Hendrix. Por Dave Grohl
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El heavy metal no existiria sin Led Zeppelin y, si existiera, sería una mierda. Led Zeppelin era mucho más que una banda. Era la combinación perfecta de los elementos más intensos: pasión, misterio y experiencia. No estaban contentos con estar en un lugar. Podían hacer cualquier cosa y creo que lo habrían hecho si no los hubiera frenado en seco la muerte de John Bonham. Zeppelin fue como una gran vía de escape para muchas cosas. Todo lo que hacían tenía algo de fantasía y eso, en gran medida, fue lo que los hizo importantes.
Quién sabe si hoy todos estaríamos mirando películas de El señor de los anillos si no hubiera sido por Zeppelin.
En su época, nunca recibieron elogios de la crítica, porque eran demasiado experimentales y demasiado marginales. En 1968 y 1969, se escuchaban bastantes cosas extravagantes, pero los Zeppelin eran los más extravagantes de todos. Para mí, Jimmy Page es más extravagante que Jimi Hendrix. Hendrix era un genio extraordinario, mientras que Page era un genio poseído. Los conciertos y los álbums de Zeppelin eran como exorcismos para e-llos. Hendrix, Jeff Beck y Eric Clapton le volaban la cabeza a la gente, pero Page llevaba todo a un nivel completamente nuevo y lo hacía de una manera maravillosamente humana e imperfecta. Toca la guitarra como un viejo blusero bajo los efectos del ácido. Cuando escucho a Zeppelin, sus solos me hacen reír o estallar en llanto. Cualquier versión en vivo de "Since I Been Loving You" te hace llorar y de inmediato te llena de felicidad. Page no usa su guitarra simplemente como un instrumento. Para él, es como una especie de traductor emocional.
John Bonham tocaba la batería como alguien que no sabía qué iba a pasar a continuación, como si estuviera tambaleándose al borde de un precipicio. Creo que él siempre será el mejor baterista de todos los tiempos. No tienen ni idea de la influencia que ejerció en mí. Me pasé años en mi dormitorio –años de mierda, literalmente– escuchando la batería de Bonham e intentando imitar su swing, su ritmo, su velocidad o su potencia. No sólo memorizando lo que hacía en esos álbums, sino colocándome en un lugar donde pudiera tener la misma dirección instintiva que él. Tengo tatuajes de John Bonham en todo el cuerpo –en las muñecas, los brazos, los hombros–. Me hice uno cuando tenía quince años.
"Black Dog", de Zeppelin IV, es un compendio de lo que era Led Zeppelin en sus momentos más intensos, un ejemplo perfecto de lo que realmente eran capaces de hacer. No tenía que ser muy distorsionado o muy rápido, bastaba con que fuera Zeppelin para ser realmente pesado. También está el costado sensible de Zeppelin, algo que la gente ignora porque pensamos en ellos como bestias del rock. Pero Zeppelin III estaba lleno de belleza y suavidad. Esa es la música que me acompañaba cuando abandoné la escuela secundaria. Escuchaba ese disco todos los santos días de mi vida en mi escarabajo vw, mientras contemplaba el curso que iba tomando mi vida. Ese álbum, no importa por qué razón, generó cierta luz en mí que todavía conservo.
Los escuché por primera vez en una radio am en los 70, para la época en que "Escalera al cielo" era tan popular. Yo tenía seis o siete años, el momento justo en que empecé a descubrir la música. Pero recién de adolescente descubrí los primeros dos discos de Zeppelin. Yo vivía en los suburbios de Virginia, donde había muchos autos potentes y cerveza y Zeppelin y ácido y porros. De alguna manera, todos iban de la mano. Yo iba a una escuela católica y cuestionaba a Dios, pero creía en Led Zeppelin. Me demostraban que los seres humanos podían canalizar esta música de alguna manera y que venía de alguna parte. No venía de un libro de canciones. No venía de un productor. Venía de otra parte.
Creo que Led Zeppelin va a volver y va a demostrar una vez más que son la mejor bada de rock de todos los tiempos. Van a encontrar a alguien que toque la batería y yo voy a estar ahí, en la primera fila de todos los malditos conciertos.





