Leonard Kuzmin, el pianista imprevisible
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Recital del pianista Leonid Kuzmin. Programa: Barcarola Op.60 y Sonata N° 3 de Chopín; Tres transcripciones de Schubert por Liszt y Fantasía "El Viajero" de Schubert. Abono de la Asociación Wagneriana. Teatro Colón.
Leonid Kuzmin, que el viernes pasado tocó en el abono de la Wagneriana, es uno de los pianistas menos previsibles que se hayan escuchado entre nosotros en los últimos años. Salió al escenario, hizo un módico saludo y se sentó al piano para ocuparse de lo suyo. El público tuvo la sensación inicial de que no perdía tiempo en ceremonias protocolares, sospecha que se confirmaría en pocos minutos cuando Kuzmin demostró la importancia que le daba al tiempo. Había formulado un programa de corte netamente romántico y, cuando todos esperaban que se pusiera a suspirar con Chopin, ofreció un enfoque descarnado sin vinculación con los intérpretes de la vieja escuela centroeuropea (que poblaron escenarios de conciertos hasta comenzada la década del setenta) y entre quienes la efusividad y tendencia al dramatismo eran muy característicos.
No es que el Chopin de Kuzmin se mantenga distante de los ardores. Simplemente no tiene el apasionamiento inyectado por los viejos veteranos que nunca apagaban las hornallas, pero tampoco tiene la impavidez de la generación pianística literal que intentó limpiar a Chopin de tanta exuberancia emotiva. El desconcierto inicial del público que lo escuchó en el Colón se explicaría por qué Kuzmin no se prestó para nada a la demagogia expresiva y, a pesar de ello, sus versiones de la Barcarola Op.60 y de la Tercera Sonata contaron con una natural distribución de la carga emocional en las entretelas sentimentales. Aunque con ninguno de los habituales amaneramientos.
Cuestión de tiempos
El otro factor que puede ser desconcertante en Kuzmin es el tiempo, la velocidad que imprime a sus interpretaciones. Los últimos veinte años de la escena pianística internacional mostraron una clara inclinación a tocar cada vez más lento. Salvo algunas excepciones, distinguidos ejecutantes se inclinaron por esta tendencia e impusieron un estilo de ejecución en el que todo debía oírse de manera paciente y sosegada porque (se afirmaba) el apuro es enemigo de la concentración y de las sonoridades transparentes. Los productos logrados no siempre respondieron a los buenos propósitos y, a veces, la lentitud se llevó a extremos aburridos y sofocantes.
Kuzmin no toca lento, como tampoco tocaban Rubinstein ni Gilels ni Magaloff, de quien este joven parece ser uno de sus retoños. Es así que el tercer movimiento de la Sonata no tuvo la morosidad necesaria para comunicar su atmósfera nocturnal, pero el movimiento final se benefició enormemente. Y la Barcarola apareció como una perla impecable. Porque la velocidad de Kuzmin no sirve para ocultar defectos de ejecución ni imprecisiones del tipo que cometía Malcuzinsky.
Como dispone de un mecanismo fenomenal, pudo apreciarse su articulación y los recursos para el fraseo, el manejo de la dinámica con los fuertes, los suaves y los matices, su criterio para organizar el pensamiento. Sin embargo, hay dos atractivos fundamentales en Kuzmin que impresionan especialmente. El primero tiene que ver con su acentuación que curiosamente, siempre resulta lógica, natural e interesante, porque aparece como fruto de un leal instinto romántico. El segundo tiene que ver con la manera en que privilegia el canto, característica que fue muy notable en Schubert. La Fantasía "El viajero", de Schubert, fue tocada con innegable lirismo y gran control instrumental. Ese control se notó en la contenida atmósfera inicial y en el peligroso entramado tan difícil de exponer con claridad hacia el final, antes de cerrar el círculo. Cuidó el colorido pianístico, no jugó con las pausas ni con los silencios, redondeó cada una de las frases, tuvo justeza de tono, elocuencia discreta y emoción lírica. No fue interpretada con la misma cabeza que tocó Chopin sino, más bien, con la cabeza que se toca a Beethoven. Sin duda, la vinculación intelectual de Schubert es mucho más estrecha con Beethoven y se lo puede relacionar con mayor claridad y provecho.
Ahora, todos los pianistas jóvenes despliegan mecanismos infalibles y ya no puede decirse que alguien toca mal cuando se presenta en un escenario. Se trata de algo que parece estar superado para siempre gracias a escuelas de alta tecnología instrumental y a las exigencias del mercado. Esto que ya se ha convertido en una norma no siempre se cumple igualmente para el compromiso con la música que se toca, por lo cual mucho de lo que suena queda en la superficie. Con su mecanismo, Kuzmin puede hacer el papel de un virtuoso, pero -con su actitud de parquedad ante el espectáculo- es notorio que rechaza ese encuadre. Por eso, la Fantasía "El viajero", de Schubert, producida por Kuzmin, es un buen ejemplo de compromiso interpretativo. Finalmente, Kuzmin también desorientó a los viejos aficionados que no aceptan ver alterada la rigurosidad de un concierto en el Colón, aunque como sucedió en este caso, el público no participe de esa idea y aplauda a rabiar. Es que Kuzmin desgranó una serie de cinco bises que fueron desde la "Serenata" de Schubert a la marcha de Souza "Stars & Stripes Forever", tantas veces ejecutada por Horowitz al final de sus recitales. Un criterio que muchos grandes artistas utilizan desde los tiempos en que Fritz Kreisler tocaba "Blue Skies" o Jascha Heifetz bisaba siempre"Deep River"o Plácido Domingo canta "Granada", boleros y tangos, porque no aceptan las estratificaciones.





