Liberen a Truman, inquieten al público
Por Carlos Ulanovsky
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En " Muerte en directo", de Bertrand Tavernier, la protagonista, aquejada por una dolencia terminal, vende los infinitos dolores de su agonía para que una cámara implacable capte la escena y el escenario de sus días finales. Pero ocurre que este diabólico pacto con la televisión (¿podría pensarse en una especie de Fausto mediático?) termina trastornándola tanto o más que su propia muerte. En "The Truman Show", el director Peter Weir llega todavía más lejos, porque desarrolla la historia de una corporación mediática que por primera vez en el mundo adopta legalmente un niño y durante 30 años de vida filma un show cotidiano que llega a apasionar y a generar tanto rating como una telenovela.
La vida de Truman Burbank (tal vez, como un chiste interno, el apellido del protagonista es el nombre de uno de los más conocidos barrios del cine en pleno Hollywood, todavía la más legítima fábrica de sueños norteamericana) es seguida momento a momento, desde que nace hasta que comete el peor de los desatinos en que puede incurrir un personaje: intentar huir de la ficción, creer que es posible interrumpir el espectáculo.
En "Truman" (otra ironía, porque este hombre-verdad vive rodeado de impostura) hay un pueblo repleto de extras a expensas de 5 mil cámaras al comando de un director mesiánico y maniático, socorrido por atroces programas de computación que todo lo pueden: volver noche el día y azotar el océano con la más despiadada de las tormentas, dar la vida y quitarla.Es como cuando uno hace los paseos por los estudios de la Universal o por el Parque Disney en los que se termina desconfiando de la propia sombra. Es que el exceso de realidad hace perder el sentido de la realidad. En "Mentiras que matan", de Barry Levinson, el gobierno de los Estados Unidos y algunos asesores tan creativos como amorales ponen en escena una guerra contra un país extranjero para tapar un affaire sexual de su presidente.
A partir del estreno en los Estados Unidos del film de Weir, uno de sus casi 40 sitios en Internet acepta las débiles fronteras entre la realidad y la ficción y le reclama a la gente solidaridad con Truman. Es un movimiento de resistencia civil que incluye apagón de televisores y otras acciones que ayuden a que Burbank se libere de la manipulación criminal a que lo sometieron desde que nació. El hecho evoca otra película magnífica sobre el efecto de los medios. En " Poder que mata", de Sidney Lumet, estrenada en 1974, el damnificado es Howard Beale, el viejo conductor de noticiero que, afectado porque la cadena no le renovará el contrato, anuncia que se suicidará en cámara. Su discurso crece diariamente en violencia y alienación, pero también en rating. En un momento, Beale le pide a la gente, en un acto de resistencia, que abra sus ventanas para gritar su enojo y su hastío. La gente le hace caso. La cadena no vuelve atrás en su decisión, pero aprovecha que el puntaje del noticiero subió.
"The Truman Show" es una película inquietante, llena de encantos y talentos, pero, nobleza obliga, a reconocer que ya hace 25 años Alejandro Dolina acostumbraba a relatar paso a paso sus periplos porteños, como si fuera un cronista de su propia vida cotidiana. O la predicción de Adolfo Castelo cuando hace más de diez años formuló, por propio temor, su hipótesis de que mientras los medios sigan avanzando de este modo, cada habitante de la República Argentina saldrá a la calle con un micrófono solapero conectado.Ellos también habían pensado en que la vida es un show permanente.




