Lo que el tiempo se llevó
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Por Marcelo Stiletano
Especial para lanacion.com
Tengo muy viva en la memoria la imagen de algún sábado de los años 70, cuando la salida del sábado a la noche me llevaba hacia el corazón de la calle de los cines. Por entonces, Lavalle era un hervidero en cada fin de semana. A partir de las 22, caminar por allí desde Suipacha hasta Maipú era como tratar de avanzar este fin de semana por algún pabellón de la Rural. Todos a paso de hombre, entre los que salían de la primera función nocturna, los que llegaban a la segunda y quienes se apuraban a asegurarse la entrada y un lugar para la trasnoche. Una visión similar a la de aquellas películas en blanco y negro que tomaban desde lo alto la imagen de la marquesina de alguna sala céntrica y registraban el tumulto de las avant premieres más taquilleras. La imagen se extendía hacia Corrientes, donde el Gran Rex y el Opera funcionaban a pleno como cines, y a la calle Suipacha. En este caso recuerdo vivamente colas kilométricas para terminar viendo a sala llena (absolutamente llena) maravillas como Melody y La fiesta inolvidable.
Con el tiempo, la curiosidad me llevó a entender algunos códigos básicos de funcionamiento de esas salas. Estaban los gigantescos cines dispuestos a presentar los estrenos absolutos (Atlas, Monumental, Luxor, Trocadero, Ambassador), las "salas de cruce" que tomaban esas películas dos o tres semanas después para exhibirlas con algún descuentillo en las localidades (Plaza, Paramount, Renacimiento) y las más pequeñas, abiertas a los dobles programas con títulos clase B, aventuras, suspenso y hasta algún tardío western (Select Lavalle, Electric). Otras salas, como el Arizona y el Rose Marie, acercaban provocativamente la tentación del cine prohibido para menores.
La calle Suipacha funcionaba, a la vez, como un anexo que también desbordaba de público, de la mano del Biarritz y del Cinema Uno, la sala que se hizo famosa porque allí se proyectó fugazmente El último Tango en París antes de su sonada prohibición en los 70. A los chicos les quedaba la alternativa de los dibujos animados en continuado del Real, al lado del Maipo, sobre Esmeralda. Y el mayor lujo era acceder al Metro, única sala ubicada en Cerrito y diseñada (luego lo supimos) a imagen y semejanza de los grandes cines norteamericanos. Allí no sólo había estrenos de campanillas: también, de tanto en tanto, aparecían ciclos de revisión que nos permitían descubrir en la misma semana cinco obras maestras de Alfred Hitchcock en pantalla grande y en color (con la excepción de Psicosis, claro).
Había que ir hasta el centro para ver un estreno o esperar largas semanas para que la misma película llegara a los cines de barrio. Pero la evolución natural del negocio, la crisis económica y un progresivo cambio de hábitos marcaron el ocaso definitivo de aquella fiesta cinematográfica de cada día, concentrada en Lavalle.
El público, en algún punto, se cansó de las butacas incómodas y de la falta de actualización en equipamiento de imagen y sonido. El negocio se fue desregulando en los 90 y la llegada de los complejos multipantalla trajo el incordio del pochocho y la gaseosa, pero también la comodidad de las salas tipo estadio, las butacas reclinables, el sonido Dolby y la imagen perfecta, acorde a la evolución tecnológica.
Cuando eso ocurrió, el centro ya estaba despidiéndose como lugar de referencia casi único para ver cine en el cine. Algunas salas seguían abiertas, pero allí sólo entraban devotos de ruidosos pastores evangélicos. En otras, el lugar de las butacas estaba ocupado por largos tinglados con ropa, accesorios y bijouterie, como un mercado persa. Fue un largo adiós que primero inspiró gestos nostálgicos y algún intento de rescate que todavía subsiste, pero que en el fondo parece irreversible. Hay salas que sobreviven con dignidad, subdivididas, reducidas o con el gancho reciente de la tecnología 3D para atraer a los más jóvenes. Pero la calle de los cines no volverá a tener jamás aquella estampa de los 70, cuando conseguir una entrada para ver el gran estreno de la semana en la segunda función de la noche era un triunfo que se disfrutaba más que la misma película.





