
Locos no tan locos y cuerdos no tan cuerdos
Anécdotas de algunas personalidades de la historia argentina
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José Ingenieros, en su libro La locura en la Argentina, se extiende sobre la popularidad de dos locos: el Mudo de los Patricios, que era "idiota, tartamudo, residía pegado a la puerta del cuartel de los Patricios y marchaba inconscientemente, como hacia todas las cosas". Otro fue Vicente Virgil, llegado al país en 1813 desde Italia. Se trataba de un hombre "tan ilustrado como irresponsable". En 1820 se hizo amigo de Juan Manuel de Rosas y en 1831 lo metieron en la cárcel y fue posteriormente desterrado. El entonces coronel Rosas intercedió a favor de Virgil ante las autoridades clericales debido a que éste era un acérrimo enemigo de distintas figuras pertenecientes al clero de la época, a los que atacaba con folletos y pequeños diarios, según cuenta el historiador Saldías en Historia de la Confederación Argentina.
Más famoso aún fue el padre Castañeda. Después de la renuncia de Pueyrredón en 1819, Castañeda fundó al mismo tiempo hasta ocho periódicos. En todos ellos esgrimía chispazos de agudísimo ingenio. Ingenieros refiere que en todos sus escritos se advierte una progresiva desorganización de su personalidad moral. JoséMaría Ramos Mejía, en La neurosis (1915), encuentra que el origen de la locura en el Río de la Plata tiene que ver con "el terror en las clases superiores, y ese brusco cambio de nivel que experimentaron las clases bajas, que elevadas rápidamente por el sistema de Rosas a una altura y prepotencia inusitadas, tuvieron también su parte en la patogenia".
Juan Manuel de Rosas tuvo una marcada afición a rodearse de locos bufones. Según José Ingenieros, cuatro locos vivieron durante muchos años junto a él en su residencia de Palermo. Tres de ellos, mulatos: el gran mariscal don Eusebio, el reverendo padre Viguá y el loco Bautista. El negro, el más joven, era conocido como el negro Marcelino.
Eusebio tenía carta blanca para decir la mayor insolencia al personaje más encumbrado. Rosas festejaba ruidosamente estas procacidades, y la víctima no tenía más remedio que aguantarlas, por no disgustar a don Juan Manuel.
El loco Eusebio fue invitado por Rosas a la fiesta de su propia cuñada María Josefa Ezcurra y lo obligó a bailar con ella. El gobernador López fue obligado a que se le diera al loco tratamiento de obispo, en circunstancias de tramitarse la designación de ese cargo eclesiástico para Santa Fe.
Cuando llegó el día del fusilamiento de los hermanos Reynafé, Rosas envió al reverendo padre Viguá para mortificarlos. Comenta Ingenieros que el loco hizo gran alboroto en la cárcel, incitando a los reos a que se confiesen con él. Al pasar cerca de Guillermo Reynafé, éste le dio tal bofetada que lo dejó sin aliento y se retiró llorando a los gritos expresando que se lo iba a contar a su papá Rosas. El loco Bautista era empleado por Rosas como víctima pasiva de sus diversiones. Por su parte, el negrito Marcelino oficiaba una especie de papel de corista.
"Los locos de Palermo decayeron en sus funciones durante los últimos años de la tiranía rosista. La edad, la fatiga y algunos achaques apagaron en Rosas aquel buen humor que le venía desde la infancia y que en su primera juventud le valiera ser llamado el Loco Rosas", según cuenta Ramos Mejía.
El término loco se usaba antiguamente para denostar la imagen de los enemigos del régimen rosista. Uno de los locos rosistas inició una campaña en contra de "los locos unitarios, vendidos al oro inmundo de los extranjeros, impíos, herejes, asesinos de Dorrego".
Otro de los locos de Rosas era Vicente González, conocido como el Carancho del Monte, al que le otorgaba título de conde de la Calavera y majestad Caranchísima. El padre Gaete era otro ejemplar, párroco de La Piedad, que Ingenieros refiere en su libro ya citado que, en sus orgías de alcohol y prostitución, predicaba el exterminio de los "locos unitarios". Exhibía el retrato de Rosas en los altares y las divisas punzó en los santos. No hay que olvidar que después del fusilamiento de Dorrego el grupo rosista comenzó a crear una atmósfera de herejes y locos alrededor de todos los enemigos de Rosas. Así, cuando Lavalle emprende la campaña libertadora, no vacilaron los documentos oficiales en llamarlo "el loco traidor asesino, Juan Lavalle" y a sus compañeros, "locos salvajes unitarios".
Al producirse la intervención francesa en el Río de la Plata se habló de "locos inmundos franceses". Cuando el gobernador de Entre Ríos se pronunció contra Rosas, los papeles oficiales lo llaman loco traidor Urquiza. En su juventud, por ejemplo, Juan Lavalle era familiarmente conocido en Buenos Aires por el Loco Lavalle, por su carácter indisciplinado y levantisco.
En el mismo sentido fue habitual referirse al Loco Alvear, el Loco Dorrego y el Loco Rosas, sin que esas denominaciones tuvieran fundamento médico. Sin embargo, algunas anomalías de carácter presentaban en cambio el Loco Monteagudo, el Loco Lafinur, el Loco Varela Juan Cruz y el Loco Echeverría; pero la calificación vulgar no autoriza una interpretación clínica. Gozaron en su juventud análoga fama el Loco Mitre, el Loco Wilde, el Loco Goyena, el Loco Mansilla, y el único que conservó esa reputación en la edad adulta fue el Loco Sarmiento, aunque esa atribución sólo implicaba el reconocimiento de su originalidad.
Ramos Mejía, en Las neurosis de los hombres célebres en la Argentina (1878), incluye entre los neuróticos a Guillermo Brown, el fraile Beltrán, el coronel Estorba, el fraile Aldao, Rivadavia, Hipólito Vieytes y Olavarría, y La Madrid. Tampoco se escapan Vicente López y Planes, Juan José Castelli y Roque Sáenz Peña. ¿Locos eran los de antes?
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