
Los afiladores, piezas de museo
Una aproximación al oficio y la triste vida amorosa de estos trabajadores
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ORENSE (Especial).- "Ya te dije que no te casaras con un afilador", le dice una sabia madre gallega a una hija ilusa en la película española de Manuel Gutiérrez Aragón La mitad del cielo. La protagonista de esta ficción es Angela Molina, que recibe esta especie de sermón poco antes de enviudar. Pero ya no en la ficción, sino en la realidad, la vida tanto de las mujeres de los afiladores como de ellos estaba marcada por una característica sobresaliente y suprema: la soledad. "El afilador es el solitario por excelencia", explica Florencio de Arboiro, el que más sabe del oficio de afilador en Galicia, en toda España y también fronteras afuera, dueño de las ruedas de afilar que hasta fin de mes se exponen en el Centro Comercial Ponte Vella de la ciudad de Orense, apodada la terra da chispa gracias a tal oficio trashumante.
De oficio, afilador se titula la exposición que da cuenta de una actividad que casi cayó en desuso, pero que Arboiro se esfuerza para que sea recordada, a través de sus colecciones, muestras y museos. ¿Por qué barrio, ciudad, provincia de la Argentina no se paseó con su gran rueda en su bicicleta y haciendo sonar el silabario o chiflo un afilador invitando a las amas de casa a salir a la vereda para afilar sus cuchillos y tijeras?
Soñadores solitarios
Acaso por ser Orense la única provincia de Galicia sin salida al mar, sus afiladores ejercieron de marineros incluso cruzando el océano Atlántico para migrar a la Argentina, y particularmente a Buenos Aires, donde los hubo en cantidad y calidad, y por supuesto con el mismo halo de romanticismo y leyendas que en su tierra natal.
Ocurre que la mayoría de los afiladores de Orense partieron de su tierra hacia el resto de la península, también hacia Europa y hacia América latina, especialmente a la zona del Río de la Plata. Así, estos hombres cargaron al hombro la rueda de afilar, para después llevarla en bicicleta y más tarde en moto. Hasta se crearon un idioma propio para entenderse fuera de Galicia, llamado barallete, una especie de jerga para preservar los secretos de un oficio hoy casi extinguido. Así queda registrado en la muestra de Ponte Vella, en la que hay desde arcaicas y gigantescas ruedas que debían ser transportadas al hombro o con la ayuda de un burro hasta motos, pasando por las bicicletas y los atuendos de sus conductores, infaltables boinas negras al mejor estilo gallego de los años 40 y 50. Todo acompañado de información que da cuenta desde la forma de caballo que tenía el silabario o chiflo hasta los utensilios de los que se valían para dar filo a cuchillos y tijeras.
"Va caminando solo
pensativo, triste y viejo/ viviendo mientras no muere/ solitario que da miedo./ Anduvo de aquí para allá/ y ahora que llega su hora/ viene a echarse a descansar/ a dejar su rueda sola", dice la letra de El afilador, algo así como un himno gallego a cargo de Los Suaves, una banda de rock tan característica de Galicia como el afilador, al que esta letra define como "un solitario soñador" y "un solitario perdedor".
Es que, según Arboiro, "en la época de la posguerra el oficio de afilador era absolutamente ambulante y estos hombres sólo regresaban a casa para comprar tierras con las ganancias obtenidas producto de su sacrificado oficio". Ya más cerca en el tiempo, "se ocuparon más de formar una familia y de forjar una educación a sus hijos y, más recientemente, hasta instalaron sus negocios en los bajos de las viviendas; algo así como una especie de taller que les permitiera estar más tiempo en casa junto a sus mujeres e hijos".
Arboiro, que lleva ya tres décadas coleccionando ruedas de afilar, es el responsable de la Asociación Cultural Ben-Cho-Shey, gracias a la cual el oficio del afilador no cae en el olvido. "El afilador era el hombre que abandonaba su casa con el objetivo de ahorrar dinero, regresar y poder darles un futuro mejor a sus hijos, incluso una carrera universitaria", explica, y este propósito de ir en busca de un porvenir forjó una figura de afilador solitario y también desdichado en sus relaciones. No es bueno que el hombre esté solo, pero parece que tampoco que la mujer se sienta una simple costilla, tal como testimonian Los Suaves en la letra de El afilador: "Al pozo de los recuerdos él ha ido a revolver/y en las aguas remansadas/hay mentiras de mujer/y cuentan que él lo supo/y que entonces lo mató/ la pena de haberlo sabido/ la pena de una traición… solitario soñador… solitario perdedor".
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