
Los noventa incendiarios minutos del show de Eminem
En la jornada inicial del festival, el rapero blanco dio lecciones de flow en su esperada primera visita al país
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Era una cuenta pendiente para el público argentino. Y quedó saldada con creces. Anteayer, en la primera jornada del Lollapalooza, una multitud celebró enfervorizada el gran concierto de Eminem, el show más esperado y el que definitivamente cumplió con todas las expectativas.
Antes, en el marco de una programación muy generosa en número de artistas, se lucieron sobre todo Jungle y Tame Impala. De Jungle, banda de Londres que trabaja con la mira puesta en el funk y el soul de los 70, se sabía poco. Elegidos por la BBC como mejor artista nuevo en 2014, ficharon muy pronto para XL Recordings (sello que ha editado a Radiohead, The White Stripes y Prodigy, entre otros) y grabaron hasta ahora un sólo disco. Una de sus fortalezas es el trabajo vocal de sus dos fundadores, Tom McFarland y Josh Lloyd-Watson, sumado al de dos coristas femeninas: profundos falsetes que transmitieron nostalgia y sensualidad, ideales para una entorno musical que combinó lo orgánico y lo sintético y remitió inconfundiblemente a Funkadelic, Sly & The Family Stone, Curtis Mayfield y, en el tema "Drops", al más cercano James Blake, pequeña estrella del dubstep.
Tame Impala ratificó aquello que había quedado en evidencia en su side show de Vorterix la noche anterior: que tiene una plaza fuerte en Argentina, donde sus seguidores se han multiplicado de manera asombrosa, y que su cruza de psicodelia espacial y dream pop está a punto caramelo: Kevin Parker desarrolló un inusitado potencial como compositor en el último disco de la banda australiana, Currents, y su voz, aún cargada de filtros y efectos, se revela prodigiosa.
El show de Eminem fue muy contundente. Apareció en escena con buzo con capucha, gorra, bermudas camufladas y una remera de Illmatic, debut de Nas y disco clave del hip hop de la Costa Este, lució muy conectado con su audiencia y desplegó la magia de su inigualable flow durante 90 minutos incendiarios. En veinte años de carrera, el polémico artista de Detroit grabó discos claves del género (la tríada The Slim Shady EP, The Marshall Mathers LP y The Eminem Show, entre 1999 y 2002), engordó, bajó de peso, se casó, se divorció, se volvió a casar y se volvió a divorciar siempre con la misma mujer, Kimberley Ann Scott, admitió públicamente sus adicciones y volvió para contar al detalle la magnitud de su infierno.
Sus temas son una representación casi siempre teatral, muchas veces hasta circense de una vida intensa que cuadra perfecto con su pirotécnica personalidad como rapero. Con el apoyo clave de Mr. Porter (su compañero de correrías desde la época de D12) y de una banda de músicos negros de espíritu setentero, fue hilvanando hits de su repertorio -"My Name Is", "The Real Slim Shady", "Without Me", "Not Afraid"-, trabajando diferentes climas con variaciones en la velocidad de sus rimas -de la ira a la angustia existencial-, evocando su efectiva sociedad con Rihanna y ratificándose como la mejor encarnación artística de la clase baja blanca americana desde Kurt Cobain. Tardó en llegar, pero la espera valió la pena.
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