
Se destacan Los Piojos como la mejor banda de los ultimos tiempos.
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El edificio de la esquina de Cochabamba y Defensa no figura en guías turísticas ni forma parte de ningún recorrido de interés por los barrios de Buenos Aires. A unos pocos de metros del traqueteo de los autos que viajan sobre la autopista, el lugar sólo representa algo para el caminante memorioso que recuerda algunas trasnoches de 1994 y 1995. En el subsuelo del ese edificio funcionaba un local de nombre Arpegios que fue, en aquellas calurosas (adentro) y frías (afuera) madrugadas, el hogar de Los Piojos. Allí tocaron un día después de que a Miki Rodríguez, el bajista y habilidoso volante izquierdo de la banda, le pegaron un balazo -que milagrosamente le atravesó parte del rostro sin hacerle más daño- cuando lo quisieron robar en Ciudad Jardín. Allí también nació el corito que acompaña hasta hoy el inicial riff de armónica que anticipa "Tan solo", primer emblema de militancia piojosa ahora reconvertido en hit radial. Prendían bengalas ahí adentro, en ese lugar en donde se amontonaban de a mil personas por noche y en donde, sin saberlo, estaba escribiéndose un poquito de historia. Andrés Ciro impuso sus coreografías sencillas pero efectivas -manitas para arriba, manitas para los costados- durante el intenso clima rioplatense de "Ay ay ay". En esa misma canción la gente se hizo lugar para exigir "vamos los piojos", sobre un mínimo arpegio de guitarra. En ese pequeño escenario, al que se llegaba por un húmedo pasillo todo garabateado con inscripciones, mensajes y súplicas, apareció la cucaracha gigante que baila mambo en "Fumigator". Ahí, en Arpegios, nació la leyenda de Los Piojos: una banda de amigos de la secundaria y el barrio -aunque el término se refiera a una difusa zona del Oeste que incluye Palomar, Ciudad Jardín, Caseros, Martín Coronado- que se procuraban algún trabajo para bancar otros gustos, planeaban vacaciones imposibles y se divertían jugando a ser los Rolling Stones en una diminuta sala de ensayo. Ahora la banda de amigos de la secundaria convive (¿carga?) con el éxito, desde la cresta de una ola que los medios especializados coincidieron en bautizar rock chabón, futbolero o barrial: llenan estadios, venden miles de discos, habitan remeras y todo tiene sabor a triunfo.
Un intento de explicación más o menos certera del ascenso y establecimiento de Los Piojos como institución rockera de una época y un lugar (ya lo son) guarda directa relación con la cultura popular que los jóvenes vivieron y construyeron en la década pasada, y que promete continuarse en ésta. Este rock de estadios, banderas y bengalas, confusamente rebelde pero honesto, que ha recuperado una mínima noción política (el Che, ahí, juega un papel a veces menospreciado pero indudable), se presenta como un desprendimiento de cierta tradición musical de rock y blues urbanos. Una tradición que arrancó con Manal, siguió con La Pesada del Rock and Roll y Pappo’s Blues, se cruzó en el camino con los Rolling Stones y ac/dc, probó el gusto del néctar exótico de los Redondos y hasta se arrimó, tarde, a la estética del desorden todo terreno que propuso un italiano de nombre Luca Prodan. En ese cruce entramado de canciones que rebotan en la cabeza por años y se hacen carné de identidad barrial, de imágenes idealizadas que derivaron en una mística que terminó por construirse a sí misma -en los parabrisas de un colectivo, en un póster, en un casete copiado de otro casete-, de códigos callejeros que nadie escribió pero que todos saben y respetan, de largos regresos en tren o colectivo a la madrugada y de un vacío de representación que claramente afloró después de los días hiper-inflacionarios (nadie te va a salvar, vayamos todos para adelante), reside el origen del fenómeno popular que, dentro del rock argentino, estalló en la última década del siglo xx.
Este rock ha dejado de avergonzarse por exhibir los colores patrios en una remera, una bandera o un gorro. Porque la mayoría de los chicos ahora identifican el celeste y blanco con la Selección Nacional y con Maradona -recuérdese que en los 90, su década más volátil, el astro volvió a jugar en el país después de once años- y no con ninguna dictadura militar ni con personajes nefastos de años anteriores. Ya no hay servicio militar, tampoco. Ya ni se canta "Aurora" en los colegios antes de empezar el día de clases. Entonces, el orgullo nacional -que no surge de una clara idea de destino venturoso para la Nación y mucho menos de un estado de bienestar social general- somatiza desde ciertos emblemas populares que le son más afines, simples y fácilmente emotivos. Los Piojos compusieron la canción que refleja ese sentimiento. Maradona, que en los 80 se había subido al escenario de Pimpinela, María Martha Serra Lima y Ricardo Montaner, terminó por descubrir por dónde venía la cosa. Durante el primer fin de semana de junio de 1999, los tres -el público, Diego, Los Piojos- vivieron su primera comunión (en uno de los mejores shows de los 90, según Rolling Stone).
Durante este tiempo, la banda sintonizó como nadie -los Redondos son un caso aparte- con la sensación térmica de esta nueva militancia. Desde una poesía simple pero no tosca, poblada de pequeñas imágenes suburbanas y personajes cotidianos, hicieron algunas de las canciones que acompañan la vida de estos años: una vida de grises, blancos y negros cuidadosamente desordenados dentro de una realidad hostil, de la cual hay que escaparse por un rato y volver, más temprano que tarde, para seguir sobreviviendo. En la confluencia de una tradición tanguero-candombera que aún se respira en Buenos Aires y que ha resurgido con fuerza en estos años, más la cosa tropical incorporada en el paisaje de los suburbios, junto con la raíz madre rockera (lo mencionado: Manal, los Stones, los Redondos, Luca), se encuentra el atractivo fundamental de la música de Los Piojos. Una forma especial de rocanrol urgente, percusivo y eléctrico a la vez, gobernado por el ritmo, que maneja sus propios tiempos dentro del formato canción y que puede convertirse, si la circunstancia lo exige (lo que casi siempre sucede en los conciertos) en una larga cabalgata de guitarras y tambores. Dos mundos unidos en un revoltijo sonoro en el que se habla de mujeres, drogas, trenes, atardeceres, soledades y alegrías. Un vaivén sonoro que se corresponde con el mismo fluir de la vida moderna. De aquí para allá, como las manitas que se mueven cuando Andrés Ciro lo pide. Tan simple como eso.



