
Los riesgos del sentimentalismo
No debe haber nada más sincero que la emoción cuando surge espontánea, genuina, natural. Cuando se manifiesta y expresa desde el sentimiento, que no es otra cosa que la "impresión que causan en el alma las cosas espirituales", como apunta el diccionario.
Para que la emoción adquiera su cabal significado debería evitarse por todos los medios cualquier riesgo de condicionamiento o manipulación. Si en esta materia se fuerza la máquina en alguna dirección nos encontraremos inexorablemente con resultados impuestos de antemano. En estos casos alguien hace la evaluación previa y provoca el estímulo que aspira a encontrar como respuesta la reacción emotiva. Y lo hace a través del cálculo, algo que siempre aparece en las antípodas de lo que entendemos por emoción pura, auténtica, legítima, llana, sencilla, incontaminada. Pasamos del sentimiento al sentimentalismo.
Las pruebas de este equívoco son cotidianas y el televidente las registra desde hace mucho tiempo. Se encuentran en la raíz de un modo de narrar elegido por los espacios informativos, que empalagan a través del montaje, la música incidental y la elección deliberada de ciertos planos la presentación de historias "de hondo contenido humano".
Si el hecho televisivo se redujera a la estrecha superficie de un combate de boxeo, se vería con claridad cómo los golpes van dirigidos con certera puntería a blancos ubicados siempre por debajo del cinturón. Cuando la estrategia se repite, insistente, una y otra vez, dejamos de emocionarnos al ver la conmovedora resistencia de quien resulta castigado. Empezamos a sentir dolor y, lo que es peor, una gran compasión por la suerte de la víctima.
Cuando la TV lleva al extremo esta marcha forzada, algunas admirables historias de vida terminan ocultas y condicionadas por culpa del chantaje sentimental. Todas las personas que eligen sobreponerse a las adversidades que les presentó la vida a través de la exposición televisiva merecen el máximo respeto. De esas historias de vida pueden surgir las más conmovedoras experiencias y una serie de enseñanzas desde las cuales sería posible construir una TV más comprometida con la solidaridad, la diversidad y la igualdad de oportunidades.
Hablar de TV emotiva no es igual que referirse a la TV del sentimentalismo. Cuando el "si querés llorar, llorá" parece repetirse todo el tiempo, como una letanía, la verdadera emoción es apenas una máscara.







