
Es tierra de millonarios instantáneos. Allí las mansiones crecen como hongos. Y también es tierra de extrema pobreza
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El sol se pone en Silicon Valley, y Thad Wingatevibra con una energía frenética. Es el fin de su día detrabajo como chofer para Guaranteed Express, un servicio de correo local. Parece haber absorbido toda la tensión y el estrés y la velocidad que se canalizan a través de las autopistas de Silicon Valley y ahora, al caer la noche, irradia toda esa energía como una roca irradia calor. Mide justo dos metros, es flaco como un espárrago y lleva los anteojos de sol permanentemente pegados a los ojos. Todos los días recorre unos 650 kilómetros distribuyendo planes comerciales a ejecutivos de industrias de alta tecnología; repartiendo pañales a mujeres adineradas, y entregando bifes con lomo a hoteles ajetreados. Se lleva a casa unos 2.400 dólares por mes; un salario nada despreciable, podríamos pensar. Pero su casa, por el momento, es el Centro Regional de Recepción perteneciente al Complejo Habitacional de Emergencia [Emergency Housing Consortium, ehc] James F. Boccardo, en San José: un refugio para personas sin vivienda.
Hace varios años, la hijita de Wingate, una beba de seis semanas, murió en sus brazos, víctima del síndrome de muerte súbita infantil. El dolor lo destruyó. Su matrimonio se deshizo, perdió el empleo que tenía en un laboratorio de análisis, y empezó a consumir grandes cantidades de metanfetaminas todos los días. Pasó algunos meses en prisión, logró dejar las drogas, y ahora está tratando de rehacer su vida, lo que no es una tarea fácil en el turbulento mundo de Silicon Valley.
Dentro del área principal del refugio hay unas 125 camas en hileras, y el aire es viciado, huele a sudor. Wingate recoge una colchoneta nueva de la pila que está al lado de la puerta de entrada; una frazada de lana, áspera; una sábana raída. "Mi gran sueño ahora", dice, sosteniendo la colchoneta como si fuera un animal muerto, "es volver a dormir entre mis propias sábanas".
Como en la mayoría de los refugios, la muchedumbre incluye a ex convictos, alcohólicos en recuperación y enfermos mentales. Pero también hay una cantidad sorprendente de gente que trabaja: un enfermero aún vestido con su guardapolvo verde; una mujer portorriqueña con el uniforme de McDonald’s; un camionero de unos 50 años. Muchos tienen remeras descoloridas con logos de empresas de alta tecnología: Apple, Oracle, Sun Microsystems. Al igual que las de Air Jordan en el sur del Bronx, estas remeras son artículos de estatus en el refugio, vínculos con un mundo mejor; un mundo en el que esta gente vive, sin poder tocarlo.
En silicon valley, es difícil no sentirse afortunado. El cielo es azul Netscape, las montañas están salpicadas de robles y caballos, las tiendas de Fry’s Electronics están repletas de todos los artefactos que cualquiera querría. Y, por supuesto, el dinero fluye por El Camino Real, la calle principal del Valley, como si fuera agua en una represa quebrada. Según datos recientes recogidos por el diario Mercury News, de San José, hay 65 mil residentes del Condado de Santa Clara –aproximadamente uno de cada nueve– que tienen ahorros de más de un millón de dólares per cápita, sin incluir el valor de sus viviendas. Hay varios cientos de residentes que cuentan con 25 millones o más, y al menos trece multimillonarios en el Valley tienen un patrimonio de más de mil millones de dólares, lo que alcanza una suma total superior a los 45 mil millones. Y no hay señal de que esto vaya a disminuir, al menos por el momento: en 1997, se invirtieron 1,1 mil millones de capital de riesgo en empresas de la zona de la Bahía [de San Francisco]; sólo en los primeros seis meses de 1999, la cifra alcanzó 2,6 mil millones. John Doerr, un pionero en la inversión de capital de riesgo que trabaja con Kleiner Perkins Caufield & Byers, frecuentemente se refiere a Silicon Valley como "la mayor creación legal de riqueza en la historia del planeta".
La máquina de la riqueza no sólo generó millonarios. Entre enero de 1995 y junio de 1998, Silicon Valley creó 171 mil nuevos puestos de trabajo. El salario promedio anual de la región es de 48 mil dólares, el más alto de los Estados Unidos. Para las personas con conocimientos técnicos aceptables, los empleos con un sueldo de 75 mil al año son abundantes y fáciles de conseguir.
Pero la nueva economía no ha sido tan generosa con la gente sin conocimientos técnicos o títulos universitarios. Entre 1991 y 1997, el ingreso medio para el sector de los hogares de menores ingresos, que representan el 20 por ciento de la población del valle, aumentó sólo un 5 por ciento. Mientras tanto, el costo de vida se fue a las nubes, sobrepasando a los de Manhattan, Boston y Los Angeles. En la actualidad es el más alto de los Estados Unidos: 37 por ciento por encima del promedio nacional. El precio promedio de una vivienda es de 410 mil dólares, más del doble de lo que cuesta en el resto del país. Los departamentos de un ambiente en vecindarios de poco nivel se alquilan en mil dólares por mes; un departamento aceptable de un solo dormitorio cuesta 1.500.
A Wingate le está resultando casi imposible encontrar un lugar para vivir. "Podría irme de la zona, por supuesto, pero entonces, ¿cuándo vería a mi hijo?", pregunta. "No bien el dueño de una propiedad se entera de que estás viviendo en un refugio, ya no te quiere alquilar. Todos tienen cincuenta personas llamándolos por el alquiler: nadie le quiere alquilar a alguien como yo."
No es sorprendente que a mucha gente le esté resultando cada vez más difícil mantener el nivel de vida en el "carril rápido" de Silicon Valley. En 1995 (el último año del cual hay cifras disponibles), el 13 por ciento de los niños del Condado de Santa Clara estaban viviendo por debajo de la línea de pobreza. Eso implica más de 55 mil chicos. La deserción escolar en el nivel secundario fue aumentando paulatinamente en los últimos seis años. El abuso doméstico aumentó; la violencia en las calles ya es una epidemia y las reuniones de Alcohólicos Anónimos en el Valley están repletas de gente que se pregunta por qué está trabajando tanto para no llegar a ninguna parte.
A los maestros de escuela, policías, obreros de la construcción, enfermeras, e incluso a los médicos y abogados, les está resultando cada vez más arduo mantenerse a flote a medida que la ola de riqueza aumenta a su alrededor. A pesar de la retórica utópica de los promotores de Silicon Valley –como T. J. Rodgers, director Ejecutivo de Cypress Semiconductor, quien asegura que el Valley es una meritocracia donde cualquiera, "sin importar su raza o su credo", puede tener éxito– es evidente que Silicon Valley se está convirtiendo en una sociedad con dos caras, polarizada entre quienes lograron participar de la ola tecnológica, y los que se quedaron afuera. Esto no es simplemente un fenómeno de clases o de razas o de edad o de distribución de riqueza, si bien todos estos son factores importantes. En realidad se trata de la naturaleza darwiniana del capitalismo desenfrenado cuando opera a una velocidad mayor que la de la luz.
Las autoridades del complejo habitacional de Emergencia calculan que cerca de un 35 por ciento de la gente que vive en el refugio tiene empleos de tiempo completo. "Cuando el centro abrió, en 1997", recuerda el gerente de comunicaciones, Maury Kendall, "sabíamos que habría mucha demanda para nuestros servicios. Pero lo que no previmos fue la cantidad de familias que acudiría a nosotros: la demanda fue acuciante". El ehc comenzó a funcionar a principios de la década del 80 con la ayuda de 50 mil dólares en acciones de Apple, donados por Steve Wozniak, cofundador de esa compañía. A partir de allí, el complejo recibió apoyo –si bien esporádico– de la industria de alta tecnología: Adobe Systems donó un terreno; Apple y Silicon Graphics envían a un grupo de empleados, de cuando en cuando, para ayudar a servir la cena; Cisco Systems planea desarrollar allí un amplio programa educacional. "Estamos agradecidos por toda la ayuda que hemos recibido", dice Barry Del Buono, ex sacerdote diocesano que en la actualidad es director ejecutivo del ehc, "pero, considerando la cantidad de dinero que hay en el Valley, podría hacerse mucho más".
A veces, el refugio parece poco más que un depósito para los heridos y lisiados de la revolución digital. Una tarde, una mujer llamada Natalie extiende los brazos para mostrarme dos cicatrices en la parte interior de ambas muñecas. "¿Una hoja de afeitar?", le pregunto, pensando que se había cortado las venas. "No, un teclado", responde. Trabajó durante siete años como representante de servicios al cliente en una empresa telefónica, hasta que el continuo teclear le provocó un síndrome de túnel carpiano tan grave que requirió cirugía… y rápidamente fue des- pedida de su puesto. "Ahora no puedo usar un teclado", dice, enojada. "¿Dónde le parece que quedo yo parada en este Valley?"
Una noche merodeo por el mostrador de recepción, a las 3 de la madrugada, y me encuentro con una mujer enérgica llamada Melondy Spears James. Con sus cuatro hijos se mudó hace algunos años de Richmond, California, al Valley, porque ella había oído decir que había muchos trabajos buenos aquí y no quería seguir dependiendo del seguro de desempleo. Casi de inmediato encontró un trabajo tempo- rario en una planta de fabricación de chips de ibm, en San José; allí ganaba más de 10 dólares la hora. Doce horas por día, cuatro días por semana, tenía que estar parada frente a una máquina, cortando discos de silicona en delgados chips. Era un trabajo brutal, monótono. En una buena noche lograba hacer 190 cortes. Al poco tiempo tuvo que empezar a usar un corsé para la espalda y una venda en una pierna para evitar los dolores. De todos modos, valía la pena porque pensaba que pronto la contratarían de manera permanente, con beneficios y vacaciones. "Y entonces decidieron trasladar la fábrica a Guadalajara", dice sin expresión. "Y ahí se terminó." Ahora está buscando empleo en el centro de distribución de Mervyn, mientras trabaja dos noches por semana en el refugio.
Una de las últimas zonas agrícolas que aún quedaban en el Valley era el área de la North First Street, que va desde el centro de San José hasta el extremo de la bahía de San Francisco. Hoy, gracias a un nuevo servicio de ferrocarriles, surgieron decenas de compañías de alta tecnología en este lugar, además de un enorme barrio industrial nuevo, que pertenece a Cisco Systems. Sólo queda un único predio abierto, y en ese campo hay una vieja casa blanca abandonada, rodeada de un cerco con cadenas. En el Valley, ésta es una clara señal de que se acercan las topadoras. Frente a la casa pasa una tranquila calle lateral y, cuando me acerco, en una tarde de domingo, hay cuatro casas rodantes estacionadas allí. Parecen cuatro carromatos de carga [como los que utilizaban los pioneros norteamericanos] formando un círculo para protegerse contra un ataque de los indios. Frente a una de las casas rodantes, sentada en una silla de jardín, hay una mujer de unos 50 años con luminosos ojos azules y pelo oscuro. Su nombre es Lu Elaine Johnson y es estudiante de quiropraxia en un colegio cercano. "Yo vivo en la casita rodante porque no me alcanza el dinero para pagar un departamento", me dice. Cuenta que la gente de las otras casas rodantes también son estudiantes y que, a unas pocas cuadras de allí, puedo encontrar otra calle donde hay una media docena de casas rodantes ilegalmente estacionadas. "Somos los «sin techo» errantes", dice. Le pregunto por el predio cercado que hay enfrente. Ella me explica que en esta zona un predio generalmente cuesta un millón de dólares, o más, por hectárea. "¿De dónde sale todo ese dinero? ¿Hay alguna imprenta en la montaña que yo no conozca?"
Hay muchos que se están haciendo la misma pregunta. Si bien la división de clases en el Valley nunca fue tan grande como lo es hoy, la brecha geográfica se acorta día tras día. En los pueblos adyacentes de Los Altos y Mountain View, se palpa claramente esa yuxtaposición cada vez más incómoda de dos mundos totalmente distintos. Una noche, recorriendo la zona en auto con el oficial Thomas Joy, del departamento de Policía de Los Altos, nos encontramos ante la casa de John Warnock, director Ejecutivo de Adobe Systems. Es una enorme mansión antigua, rodeada de robles de cien años. Joy, que hace poco fue asignado para vigilar la casa cuando Warnock organizó una cena para recaudar fondos para el Partido Demócrata, alumbra con la linterna la parte de atrás de la vivienda. Me dice, efusivo: "Hay una enorme casa de huéspedes allá afuera, y un estrado para orquestas, y un área para hacer picnic. No se puede creer". Seguimos el recorrido en silencio, pasando delante de vastas mansiones edificadas sobre terrenos donde alguna vez hubo modestos hogares de clase media. "Todo esto es el dinero de Silicon Valley", dice Joy. Después agrega: "Ahora vayamos a ver el otro lado".
Luego de un minuto y medio, cruzamos El Camino Real y entramos en el pueblo de Mountain View. Todo es diferente. Endebles edificios de departamentos de cuatro pisos. Chicas adolescentes reunidas en una esquina; las señales de tránsito garabateadas con graffiti de pandilleros. "Respondí a un llamado de este lugar hace algunas semanas, un problema doméstico", cuenta Joy, señalando un edificio de departamentos con estuco blanco. "Entré por la puerta de adelante, y los pisos estaban cubiertos de colchones. Habría unas nueve o diez personas amontonadas ahí. No eran drogadictos, tampoco. Eran tipos que buscaban trabajo. Jornaleros, mayormente."
En Nueva York o en Washington dc, los ricos y los pobres siempre vivieron cerca unos de otros. En Silicon Valley, no. Uno de los secretos del éxito del Valley es que hasta hace poco era un paraíso soleado para la clase media. Yo me crié allí en la década del 70, durante la Guerra Fría, cuando la economía del valle estaba sujeta a los gastos del gobierno, no a los movimientos de Wall Street. Muchos de los hombres del vecindario obrero en el que yo vivía trabajaban en la industria de la defensa militar, construyendo misiles y satélites. Pero también había maestros, carpinteros, mecánicos de autos, vendedores. Nadie era apreciablemente más rico que los demás. Estaban las familias hispanas de siempre, que habían perdido el trabajo cuando se cerraron las fábricas de conservas, pero la brecha entre ellos y nosotros no era tan profunda entonces. No había millonarios. De hecho, si el Valley hubiera sido una zona adinerada, tal vez nunca se hubiera producido toda la revolución de las pcs. "Yo decidí armarme mi propia computadora, porque no me alcanzaba el dinero para comprarme una", me dijo una vez Steve Wozniak. Por supuesto, en esa época las computadoras costaban miles de dólares, pero el punto en cuestión sigue siendo el mismo. Si no fuera por la incesante lucha de la clase media –Woz es hijo de un ingeniero de nivel medio en Lockheed– quizá no existirían Macintosh, ni Yahoo!, ni la Internet.
Sin embargo, gracias al gran auge económico, y a que los precios de las casas treparon a las nubes, en el Valley ya no existe lo que se llama clase media: hay ricos y pobres, y muy pocos en el medio. "Con 100 mil dólares al año no se hace nada", dice Dan Hingle, 35, ingeniero en control de calidad de una empresa llamada InterNiche Technologies. Hingle se crió en el Valley y ahora, a pesar de su salario anual de 50 mil, vive en un parque de casas rodantes. "Con 200 mil al año, uno se puede empezar a acercar a un estándar de vida de clase media. ¿Cuántas personas tienen empleos en los que ganen 200 mil? No muchas. Así que la gente se va de la zona y se muda a lugares donde puede comprarse una casa, y después viaja una o dos horas todos los días para ir a trabajar. Está bien, pero entonces uno se pasa dos o tres horas viajando, y así es realmente fácil empezar a odiar la vida."
Muchas comunidades adineradas, como Aspen o Nantucket, se enfrentan a una crisis: el personal que se necesita para brindar los servicios esenciales no cuenta con los medios económicos para vivir allí.
El oficial de policía Joy también es uno de estos casos. Aunque trabaja en Los Altos, vive en Sonora, a tres horas en auto, al pie de las montañas de Sierra Nevada. Va a Los Altos en auto una vez por semana; se queda cuatro días en la casa de su madre, durmiendo en el sofá; después regresa a su casa y a su familia. Este tipo de viaje agotador no es inusual. En Los Altos, los oficiales de policía comienzan con un sueldo de alrededor de 40 mil al año; con esa suma, en esta ciudad, sería difícil popoder pagarse siquiera una cucha para perros. En teoría, los policías que viven donde trabajan son mejores policías: conocen mejor a la comunidad; se parecen menos a una fuerza mercenaria. De los treinta y tres oficiales que patrullan Los Altos, sin embargo, sólo uno vive allí; en la ciudad cercana de Los Gatos, de cuarenta y cuatro policías, cuarenta y dos viven fuera de la ciudad; ninguno de los noventa y cinco oficiales de Palo Alto es residente local. El teniente Robert Brennan, de la Policía de Palo Alto, afirma: "Es un gran problema en todo el Valley". Y no sólo para los policías.
Hace dos años, Jennifer Jolliff recibió una oferta de trabajo como maestra en un colegio estatal de Los Gatos. El sueldo era de 29 mil al año –bastante más de lo que ganaba en un pequeño pueblo en el centro de California–, así que tomó el trabajo, se mudó y comenzó a buscar un departamento. "Siempre pensé que era muy importante para una maestra vivir en la misma comunidad donde enseña: se puede votar sobre temas locales, conocer a las familias de los estudiantes", dice Jolliff. En Los Gatos, localidad muy de clase alta de Silicon Valley, Jolliff descubrió que su cheque de 2.100 dólares mensuales no llegaba muy lejos. "Terminé viviendo durante dos años en una casa rodante, debajo de un puente", dice. A la larga se mudó a una vivienda en Santa Cruz y ahora, como casi todos los demás, debe viajar hasta su lugar de trabajo.
Si uno sueña con millones punto com, el dolor de vivir en el Valley es irrelevante. Este es el lugar para conocer a gente vip del mercado. Y no hay que ser Jerry Yang, de Yahoo!, para hacerse millonario. Hace dos años, Samantha Jordan, 25, estaba limpiando establos en Michigan. "Para mí, las computadoras eran para la gente excéntrica y no me interesaban en absoluto", dice. Aburrida de la vida en Michigan, se mudó a California con la intención de conseguir trabajo enseñando a cabalgar en un establo en la zona de la Bahía; terminó tomando un empleo en soporte técnico –el rango más bajo en la jerarquía de la alta tecnología– en Excite@Home. Hoy, gracias a su privilegio para comprar o movilizar acciones de la compañía [stock options], tiene una casa que vale medio millón de dólares y un hermoso convertible.
Pero historias como ésta, que sustentan el sueño de que nosotros, también, podremos tener suerte algún día, son la excepción y no la regla. De hecho, la mayoría de los nuevos emprendimientos en el Valley fracasan; pero en aquellos que sí tienen éxito, cerca del 85 por ciento de las acciones pertenecen a los fundadores de las empresas y a los capitalistas de riesgo, y sólo queda un 15 por ciento para repartir entre los empleados. En compañías poderosas como Cisco Systems y Microsoft, o éxitos de la noche a la mañana como [el sitio de subastas] eBay y Yahoo!, la masa crítica de riqueza es tan enorme que incluso pueden hacerse ricos los empleados más humildes. Sin embargo, la mayoría de las empresas no son eBay o Cisco, y la mayoría de los empleados en la industria de la alta tecnología del Valley son esclavos del trabajo con un ingreso de 50 mil dólares al año, sin stock options o con acciones que valen poco y nada.
Y que Dios no permita que tengas una vida: una esposa, un hijo, ni siquiera un perro. Para trabajar en el lanzamiento de una empresa nueva hay que tirarlo todo por la borda, al menos por un tiempo. Para una madre soltera como Martha Hoffman, 42, eso está fuera de toda consideración. Hoffman, una mujer empresaria, inteligente y divertida, con una hija de 12, trabaja desde hace trece años en Panasonic; gana 46 mil dólares por año como operadora de una network. Vive un una casa rodante que parece extraída de algún valle de West Virginia, no de Silicon Valley: laterales de metal oxidado; escalones de madera terciada hasta la puerta de adelante, donde está atado y aullando su perro, Charlie; su Nissan Pathfinder modelo 88, que tiene 250 mil kilómetros, está estacionada a poca distancia. "Me encantaría trabajar en un lanzamiento", dice Hoffman con más deseos que esperanza. "Pero eso implica trabajar doce horas por día y los fines de semana, y todo por muy poco dinero. ¿Qué se supone que le diga a mi hija? ¿«Te veo en dos años»? No, gracias."
En cierto modo, son las personas como Hoffman las que peor la pasan aquí: tiene la destreza y el conocimiento técnico y la astucia para poner en marcha un nuevo emprendimiento, pero las circunstancias de la vida no se lo permiten. Así que Martha tiene una hora de viaje para llegar al trabajo, y hace malabares para poder acomodar el horario de deportes de su hija, hacer las compras, cocinar y preocuparse por los mil dólares que invirtió hace poco en acciones de comercio electrónico. Mientras tanto, le pasan los Mercedes-Benz por al lado y cada vez que abre el diario se entera de otro nuevo y multimillonario emprendimiento. "A veces pienso: «¿Por qué yo no? ¿Qué hicieron ellos para merecerlo? ¿Son de alguna manera mejores personas que yo? ¿Trabajaron más?». No lo creo. Sólo fueron más afortunados", dice Hoffman. "ok, está bien, yo puedo soportarlo, ¿pero que te lo estén refregando en las narices todos los días? Eso ya te pone mal."
Por supuesto, la respuesta obvia a esta pregunta es que si a uno no le gusta que le refrieguen el dinero de los demás en las narices todos los días, debería irse. Hay algunos que lo hacen, pero, para muchos que tienen familia, no es tan fácil. Hace diez años Luis Estrada, que hoy tiene 25, llegó a Silicon Valley proveniente de Zacatecas, México. "Como todos los demás", dice, "quería una vida mejor". Estrada es un hombre alto, de voz suave y manos grandes y ásperas. Fue a un colegio secundario de la zona, habla excelente inglés y sabía que si quería llegar a algún lado en los Estados Unidos, debía ir a la universidad. Pero su familia no tenía dinero para eso, así que decidió conseguir un trabajo y ahorrar. Lo contrataron hace cinco años para hacer tareas de mantenimiento en Flextronics International, una empresa fabril de alta tecnología. "Cuando empecé, había unas diez personas trabajando en la empresa, y todos andaban con autos destartalados", dice Estrada. "Ahora el estacionamiento está lleno de bmws."
La historia de Estrada es una historia típica de Silicon Valley, pero, por supuesto, él no consiguió acciones y por lo tanto no logró participar de esa riqueza. Ahora está casado, tiene un hijo de ocho meses y, para poder llegar a fin de mes, dos empleos: trabaja de 45 a 55 horas por semana en Flextronics y después, de noche y durante los fines de semana, se dedica a plantar árboles y hacer jardines para la elite de la zona. El sabe que así nunca podrá salir adelante en el Valley, y que lo que realmente necesita hacer es volver a la facultad para aprender sobre compu- tadoras. "No quiero pasarme el resto de la vida haciendo esto", dice, al tiempo que clava un tutor al lado de un manzano silvestre en el predio de un nuevo complejo habitacional en el sur de San José. "Pero no veo de qué manera puede cambiar. Tengo que trabajar setenta horas por semana para pagar el alquiler y mantener a mi hijo, y eso no me deja mucho tiempo para estudiar." Le pregunto si alguna vez sueña con ser millonario. Al principio no entiende la pregunta. Se la repito. Ríe entre dientes. "¿Te estás burlando de mí?".
Al tomar la salida de la autopista de Silver Creek Road, se empiezan a ver de inmediato los carteles: encantamiento, jazmin, cresta de plata, colinas de tuscan, bel aire, super-loans.com [super-préstamos.com], siga derecho para llegar a la buena vida. Después de un par de kilómetros, subiendo por la ladera de una colina al extremo sur del Valley, donde hace dos años no había más que campo y coyotes, el camino llega a una meseta en la que abundan las casas flamantes de un millón de dólares. Hablar de una casa de un millón de dólares aquí no es gran cosa pero, aun así, el lugar es muy lindo. Muchas de las casas miran hacia Silicon Valley, que se ve como un gran chip de computadora entre la bruma lejana. La mayoría de los nuevos residentes son ingenieros de nivel medio en Cisco o Hewlett-Packard: gente a la que le fue más o menos bien pero que no tuvo la suerte como para lograr instalarse en una mansión en Woodside, donde se afincan los capitalistas de riesgo y los directores Ejecutivos.
Liliana y Peter Townshend viven en una de las viviendas más nuevas del complejo; "una casa de 300 metros cuadrados que imita el estilo español provenzal", según describe Liliana. Techo de tejas rojas, persianas verdes. Muy linda. Y muy nueva. Hace sólo un par de meses que la casa está terminada, y el lote aún no tiene césped; hay una gran montaña de arena en la entrada de autos, unas pocas amapolas rosadas sacudiéndose al viento, un par de pequeños manzanos silvestres con tutores cerca de la vereda. Uno se siente como si estuviera en la frontera de los Estados Unidos y México.
Liliana, de 27 años, es hispana. Sus padres nacieron en México y se trasladaron más tarde a California, donde su padre cosechaba manzanas. Se crió en un sector pobre de Los Angeles, la sexta de siete hijos; fue a Berkeley en la Universidad de California y después a la facultad de Derecho en la Universidad de Illinois. Ahora está poniendo en marcha su propia empresa de comercio online, Tuzona.com, que vende aparatos electrónicos y equipos de computación a la gente de habla hispana de todo el mundo. Su marido, Peter, de 28 años, se crió en la zona oeste de Los Angeles; es hijo de un profesor de física de la universidad. Obtuvo su título en Derecho y se dedica ahora a trabajar de abogado en capitales de riesgo para Heller Ehrman White & McAuliffe, una de las firmas líderes del Valley. Si alguien logró cruzar la divisoria digital, son los Townshend. Pero al entrar en la casa se nota algo extraño: no hay muebles. Hay un sillón negro de cuero en el estudio, que consiguieron en una venta de jardín; el comedor está completamente vacío; en la sala de estar hay un par de sillas y una sencilla mesa de café que perteneció a la abuela de Peter. Sus únicos lujos son electrónicos: una gran pantalla Mitsubishi en la sala de televisión, en el piso de arriba, y un televisor Sony Wega con pantalla plana de 32 pulgadas, en el piso de abajo. Y tienen dos gatos: Jimmy y Sierra. Fuera de esto, la casa está vacía. Así es como viven en Silicon Valley los ricos pobres, o los pobres ricos: esa gente que tiene un pie a cada lado de la línea que divide a los que lo lograron de los que no. Peter gana 120 mil dólares al año en su estudio de abogados; Liliana, por el momento, no gana nada. Pagan una cuota mensual de 3.600 dólares por la casa, más una segunda hipoteca (a los padres de Peter) de 90 mil. Liliana aún tiene una deuda de 60 mil por los préstamos que le fueron otorgados para estudiar, y la pareja suma una deuda de 18 mil en sus tarjetas de crédito. Liliana hace sus compras en Costco; cuando está en Los Angeles visitando a su familia, carga su Ford Explorer con comida para llevar a su casa, porque allí los productos de almacén son más baratos. "Me siento la más pobre de las pobres en Silicon Valley", se lamenta Liliana.
Y sin embargo, a veces le dice a Peter, como lo hizo la otra noche después de ver una publicidad de bmw en la televisión: "¿Por qué no me comprás un bmw? Yo siempre quise un bmw, y sólo cuestan 40 mil dólares". O ve un aviso de Toyota y piensa: "¿Por qué no comprar un par de esos? Sólo cuestan 20 mil cada uno". Liliana formula este tipo de deseos porque, al igual que cualquiera del Valley que viva en contacto con el dinero, ella y su marido se ven constantemente bombardeados con cifras irreales: Bill Gates tiene un patrimonio de 90 mil millones de dólares; Jeff Bezos, de Amazon, un patrimonio de 7,8 mil millones; Jerry Yang, 3,7 mil millones (¡pobre Jerry!). "El otro día entré en mi oficina y en el escritorio tenía cheques personales de mis clientes por un valor de 2 millones", dice Peter. "Cuando uno maneja ese tipo de cifras, se pierde la perspectiva."
Los Townshend, por supuesto, están tratando de conseguir su tajada. Compraron esta casa en noviembre de 1998, antes de que estuviera siquiera construida, por 720 mil dólares, porque sabían que el valor de las propiedades en el Valley aumentaría de manera frenética. En septiembre de 1999, Peter estimó que podría venderla en 920 mil. Si Liliana logra conseguir inversores que estén interesados en Tuzona.com, tal vez consiga despegar. De lo contrario, quizá Peter se decida a comenzar a trabajar como abogado en relación de dependencia para alguna de las empresas nuevas a las que asesora todos los días. Ya rechazó esa oportunidad hace un par de años, con una extraña compañía que pensaba dedicarse a rematar cosas en la Red. "Honestamente, pensé que era una idea estúpida", dice ahora. Peter redactó los documentos iniciales para la empresa, y luego le pasó el trabajo a un asistente junior de otro estudio. Ese asistente terminó ingresando en la compañía, que se llamó eBay, y hoy, apenas un año después de que la empresa comenzara a cotizar en Bolsa, ese asistente junior tiene un patrimonio de 25 millones, mientras que el fundador de la compañía, Pierre Omidyar, tiene 4,9 miles de millones. ¿Cómo se siente el haberse perdido el lanzamiento de la década? Peter se encoge de hombros: "Uno no se lo puede tomar en serio".
Y, sin embargo, es evidente que Peter sí se lo toma en serio. Tanto él como Liliana quieren alcanzar la velocidad de escape: ese fascinante estado en el que uno tiene suficiente dinero como para huir de las tediosas cargas de la vida cotidiana, como las hipotecas y los trabajos y las preocupaciones sobre el colegio al que irán tus hijos… antes de que explote la burbuja de la Internet. Como muchos otros que viven al límite en el Valley, Liliana y Peter hicieron el cálculo de que, si aciertan ahora, habrán valido la pena todas las penurias que hayan sufrido. Así que Peter trabaja diariamente entre doce y quince horas, cinco días a la semana. Ya estuvo internado dos veces por agotamiento. Liliana, que trabaja a la par de su marido, a menudo se despierta a las 3 de la mañana sollozando, con miedo a que Tuzona.com no vaya a despegar y que todo ese dinero –cerca de 25 mil dólares, hasta ahora– vaya a parar a la basura. A Peter le duelen la espalda y el cuello, la panza se le asoma por encima del cinturón un poco más de lo que él quisiera, y sus ojos tienen permanentemente la mirada vidriosa de una persona que estuvo toda la noche trabajando y que ya no sabe si el sol está saliendo o se está poniendo. Extraña a su familia. "Puedo contar con los dedos de una mano las veces que voy a ver a mi madre y a mi padre antes de que se mueran", dice. Liliana se queja de que su matrimonio está sufriendo; se pelean más de lo que debieran porque no se ven nunca, o porque cuando él llega a casa a la noche, ella a veces está demasiado ocupada para hacerle la cena. "Pero lo vamos a lograr", dice Liliana. "Nada nos va a detener."
Cada vez se vuelve más difícil ignorar la brutalidad de la economía de Silicon Valley. muera la lacra yuppie se ve garabateado en las paredes de San Francisco, y algunos periódicos locales, como el San Jose Mercury News, están templando su espíritu de promoción y comenzaron a examinar los costos de la prosperidad explosiva. En una reciente cena para recaudar fondos en la casa de Eric Schmidt, director Ejecutivo de Novell, el presidente Clinton desafió a un grupo de ejecutivos de la alta tecnología a que no se olvidaran de los que quedaban atrás. "Esto es algo que todos ustedes deben considerar", le advirtió a la multitud. "No todos están participando en este crecimiento económico."
Según el Silicon Valley Manufacturing Group, el organismo representante de 150 de los principales empleadores del Valley, las condiciones que presenta la vida en el área sólo pueden empeorar en el futuro. Para el 2010, se calcula que la población del Valley aumentará de 176 mil a 2,6 millones, lo que implicará más dificultades para la infraestructura de la región; es decir, caminos, casas, escuelas, hospitales.
Por supuesto, los esfuerzos por resolver las desigualdades en la nueva economía giran alrededor de los intereses propios de gente previsora y no de la indignación moral. No existe tal cosa como la indignación moral en Silicon Valley: sólo existen diferentes grados de soluciones para los problemas. En el peor de los casos alguno puede llegar a decir, como mucho: "Sí, el Valley tiene un problema, pero yo estoy muy ocupado para preocuparme por eso". En el mejor de los casos, lleva a confiar en la idea elitista de que la gente capaz deba encontrar una forma de ayudar a la gente menos capaz a ayudarse a sí misma. Recientemente surgió un mayor interés en tomar ideas utilizadas para el capital de riesgo y aplicarlas a causas filantrópicas. La Entrepreneurs’ Foundation [Fundación de Empresarios], por ejemplo, provee financiación para el lanzamiento de organizaciones no lucrativas. No es mala idea, sólo que trata la condición humana como un vasto sitio de comercio online, donde se pueden diagramar todos nuestros problemas en una pizarra, con cuadros de eficiencia, y nadie tiene que bajar a las trincheras de verdad ni ensuciarse las manos.
A lo mejor no es necesario que lo hagan. No debe subestimarse la capacidad intelectual en Silicon Valley. Y quizá los beneficios de nuestra turbo economía –a saber, una baja tasa de desempleo, un Dow Jones [indicador del mercado accionario, equivalente al índice Merval] que anda por las nubes, una nueva tecnología que acelera la información y está salvando vidas– pesen más que las desventajas. Quizá la triste realidad de la nueva economía es que, para que algunos puedan tener éxito, otros deben quedarse en el camino.
Hasta ahora, los perdedores se mantuvieron en silencio. Pero una tarde, mientras camino por Silver Creek Road, paso al lado de un grupo de mexicanos que trabajan en el parque de otra mansión de ésas que valen un millón de dólares, y me recuerda la visita que le hice algunos días atrás a Donald Howard, un robusto obrero de la construcción, de ojos azules. Howard tiene tatuado en un brazo un esqueleto maligno blandiendo un rifle y, en el otro, unas mujeres entrelazadas con rosas. Cuando lo conocí, estaba construyendo muros de contención en el patio de una casa frente a donde alguna vez vivió John Steinbeck. Es una gran ironía que Steinbeck haya escrito Viñas de ira [The Grapes of Wrath], su poderosa novela sobre labradores migratorios en los años 30, en esta casita situada en el borde del nuevo mundo. Howard me dice que gana 16 dólares la hora: sin sindicato, sin beneficios. Es suficiente para permitirle alquilar una habitación en un edificio agradable, mantener su Cadillac modelo 1986, y estar al día con los pagos de la cuota de alimentos para su hijo. Pero eso es más o menos todo.
Le pregunto a Howard si le da bronca que tanta gente se esté volviendo rica y él no. "En realidad, no"; se encoge de hombros. Howard cree que mientras la economía siga siendo fuerte, nadie se va a quejar demasiado. "Pero si explota la burbuja", reflexiona, apoyándose en su pala, "quizá la gente se sentirá distinta. Podrían empezar a pensar en lo que es justo y lo que no es justo. Hasta ahora no tuvimos situaciones como las que tienen en Sudamérica, donde los pobres secuestran a los hijos de los ricos para pedir un rescate. Pero, sabe usted", dice con suavidad, la vista perdida en la bruma del Valley, "eso es lo que pasa en un lugar donde las cosas se desequilibran tanto". No lo diice como una amenaza. Sólo está contando lo que sucede.
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