Luis Miguel: boleros gritados y sin pasión
Nuestra opinión: Regular
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"Romances", recital de Luis Miguel. Acompañado por 14 músicos, 13 mariachis y el bandoneonista Walter Ríos. Estadio Vélez Sarsfield. Esta noche, última función en Buenos Aires.
Una escena repetida. La misma cada año, cuando al mexicano Luis Miguel se le ocurre atender a su clientela del Cono Sur. Ya nada sorprende. Esa sensación de deja vu se instaló en otro punto geográfico de la Capital. Gritos y boleros. Números y más números que sepultan el lugar de la música.
Todo es lo más grande. El show más grande, la banda más grande (14 músicos, 13 mariachis y un bandoneonista) y el sonido más grande. ¿Todo para qué? Para que durante dos horas y varios minutos, el galante intérprete se pare en medio del también inmenso escenario, reciba todas las miradas, y ya no importe nada más.
Decir que Luis Miguel tiene una garganta de oro, que su voz no se deja atropellar por los gritos y sale adelante con creces, ya no alcanza. El sentido de los boleros se pierde entre tanta perfección. El sonido es impecable, los músicos de la banda sin melodías riesgosas que afrontar muestran una sonrisa. Todo es felicidad arriba y abajo del escenario.
Luismi también sonríe, aunque al protagonista de su canción la mujer lo esté dejando por otro y se clave puñales en el corazón. O aunque los autores de piezas únicas del bolero o la música mexicana como Roberto Cantoral o José Alfredo Jiménez, hayan sufrido noches, borracheras y tinta por cada palabra que elevaba sus temas.
Este bolerista de los 90, mediatizado, dejó el gesto de sufrimiento a la sombra de una interpretación pulcra, por momentos excesivamente gritona, y carente de toda pasión, fundamental en un género visceral. Sin embargo, Luis Miguel ni siquiera pensó en eso y la gente que lo acompañó, más de 40 mil almas, tampoco acusó recibo. Inteligente en su manejo con el público, el cantante le dio a la gente lo que fue a buscar: movimientos seductores, temas conocidos que pudiera cantar y una linda voz para escuchar. Desde el inicio planteó un juego estratégico donde tuvo en cuenta las dimensiones y el contexto por el que estaría rodeado. Se hizo esperar, subió una hora más tarde de lo pautado. La temperatura ambiente se elevó. Y fue justo cuando cayó el telón negro que protegía la figura del cantante perfecto, quien dividió el recital por segmentos. Eso derivó en la ecuación: lentos+hits+boleros+tangos+boleros+rancheras+hits.
El rito del amor
El concierto comenzó a la inversa de la presentación de un disco nuevo. Primero "Si te vas" y "Que tú te vas". Luego pasaron, enganchadas como un remix, las canciones más edulcoradas, que lo mantuvieron vivo, antes del boom del bolero, como "Culpable o no" o "La incondicional".
Una pausa. Cambio de ropa y los temas en "serio" o los boleros, que viraron el sonido gracias a la aparición de las cuerdas. "Contigo aprendí", "La gloria eres tú", "Encadenados", "Reloj" y "Somos novios", inmortales a esta altura, fueron la excepción a una regla de oro del cantante: la importancia de las letras dentro de un repertorio pasajero y con poco feeling en la interpretación.
No es lo mismo, la entrega que mostró desde una técnica vocal que le sirvió para variar el modo de intepretar sus canciones más exitosas. La ilusión duró unos minutos y todo volvió a la normalidad: es decir, a ese sonido pomposo, apoyado en los teclados y una batería sin cuerpo. La misma fórmula, tan poco comprometida musicalmente, que se utilizó para recrear el tango canción "El día que me quieras", y la versión más tanguera de "Uno", con Walter Ríos en el bandoneón, que no recibió ni el reconocimiento ni el agradecimiento en público del buen muchacho.
Boleros de discoteca
Tomado ese respiro ciudadano, el arreglador volvió a la carga. Y con "Nosotros" y "Bésame mucho" abandonó los punteos de guitarra española y percusión con más clima por el "swing" de los metales , que adosaron un toque dance inexplicable. Inmutable, el cantante movió la pelvis, regaló miradas al campo y moduló bien su voz -para que nadie quedara afectado en su salud auditiva- al ritmo de "Bésame, bésame, bésame mucho". El color mexicano apareció con los mariachis, que se apropiaron del escenario y, por escasos minutos, de la atención de la gente. Tras repasar "La media vuelta", coreada por la multitud, desplegaron algunos pasitos con la ranchera "Mi ciudad". Ese baño de patriotismo y autenticidad le alcanzó a Luis Miguel para entregarse a sus cartas de triunfo, marcadas con ese estilo enamoradizo que le permitió vender millones de placas en el mundo. La moraleja: en el reino del revés todos saben a quién rendirle tributo. Para los seguidores de Luismi, estas nuevas versiones de boleros clásicos son más lindas que los originales. No hay nada más atractivo que esas canciones fáciles de cantar, que interpreta el bronceado muchacho de traje. Música para todo el mundo, porque no hay que salir corriendo a buscar un diccionario para entender sus baladas. Las masas deben tener razón.
Si en este tipo de conciertos la voz del pueblo, en su versión femenina, es la voz de Dios, entonces ellas tienen al ídolo que les corresponde.
El culpable de un delirio incontenible
Fanatismo: mujeres de todas las edades tuvieron su noche romántica con el cantante mexicano, que no las defraudó.
El habitual paisaje futbolero de los domingos en el barrio de Liniers cambió, anteanoche, de forma abrupta. Colas inmensas que albergaban a un público femenino de todas las edades pintaron una tarde muy distinta alrededor del estadio de Vélez. No se avistaban casacas del equipo local, las únicas banderas y vinchas que se veían tenían la cara o el nombre del culpable de tanta pasión irrefrenable. No era amor por la camiseta, sino por Luis Miguel.
Los únicos himnos que la inmensa banda de mujeres conocía carecían de estribillos de tablón. "Cuando calienta el sol aquí en la playa" entonaban algunas guardándose algo de voz para cuando estuvieran adentro del estadio.
Los remiseros que se estacionaban en cualquier parte para capitalizar esa fiebre femenina en futuros viajes comenzaron a congestionar el tránsito.
En pocas horas, la avenida Juan B. Justo era un caos. Pero había pocos de mal humor. Aunque los problemas de la organización, con una multitud que todavía no había llegado a entrar en su totalidad, retrasaron el comienzo del concierto. Sólo a las 22.25 el mexicano salió a escena.
Otra vez el delirio y los desmayos. El grito desmedido y la ovación lo hicieron retroceder unos metros. Las pantallas se convirtieron en un objeto de culto para las que estaban más lejos.
El fenómeno corporizado estaba ante sus ojos. Ese joven buen mozo, el sueño de cualquier suegra, logró una cifra incuestionable: tres funciones a lleno -con la de hoy- en un estadio con capacidad para más de 40 mil personas. El idilio inquebrantable con la audiencia femenina se consolidó en esta nueva actuación que sirvió de excusa para presentar el disco "Romances". Con esta tercera edición de boleros, siguió masificando su propuesta, y consiguió acercarse a todos los públicos. La respuesta es muy clara: adolescentes, niñas y mujeres maduras asistieron a su rito personal, ese que se da una vez por año.
Para Unicef
El concierto que ofrecerá Luis Miguel esta noche tiene una característica especial. La venta de las entradas del sector de plateas VIP ubicadas en el campo será destinada a la filial en la Argentina de Unicef.
El concierto mantendrá todas las características de infraestructura y de repertorio de los dos anteriores.
Luis Miguel se desplazará, una vez más, sobre un escenario que tiene 20 metros de boca, mientras que el sonido de su voz, de los 14 instrumentistas los 13 mariachis y un bandoneonista será amplificado por 48 sistemas por lado.




