“Mammam”: seres adultos vistos con los ojos de la niñez
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Espectáculo coreográfico por el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. Programa: “Mammam”. Música original de Henry Torgue/Serge Huppin. Coreografía de Jean-Claude Gallotta . Director del Ballet Contemporáneo: Mauricio Wainrot. Sala Martín Coronado del Teatro San Martín.
Nuestra opinión: muy bueno.
El entorno totalmente negro que rodea a los bailarines acentúa la luminosidad concentrada sobre ellos y en los colores claros de las simples prendas sport que visten (remeras o camisetas y shorts). El conjunto está bañado con esa luz que lo individualiza. En contraste con la oscuridad, sólo la danza y el movimiento son los protagonistas, y no caben las distracciones. Es un resplandor que proviene de arriba, entre blanco y celeste, como si un pedazo de cielo soleado se hubiese posado o siguiera al grupo y a sus acciones.
Este efecto da especial visión, porque en una coreografía de una hora y veinte la constante es esa claridad que parece emanar de los cuerpos, que los aliviana, que en parte provoca la idea de que estuvieran flotando, de que apenas tocaran el suelo.
Gallotta tiene un lenguaje que entrelaza diferentes opciones. No se queda instalado en uno solo. Su explicación de esta pieza es la de niños que han crecido de golpe y que por tal causa, aunque tengan cuerpos de adultos, guardan muchos rasgos de la infancia en sus personalidades.
Por eso la obra es juguetona, tiene momentos de tierna inocencia, descubrimientos que son los de un chico cuando comienza la curiosidad por lo que es y lo que lo rodea y ocurre. En fin, la vida.
Su gran virtud reside en otorgar a los cuerpos de adultos una frescura y una vitalidad que no condice con la edad de los intérpretes. Son como pájaros lanzados por primera vez a volar por su cuenta. Es un grupo que retoza, ríe, disfruta y anda en pandilla. Esas son seguramente las escenas más logradas, en las que el conjunto se mueve a piacere, unido, ligado, generando alegría y fuerza, como purretes rebeldes. Con flashes de humor, gags que provocan la carcajada imprevista, los ingredientes son infinitos y de enorme variedad.
El descubrimiento
Juntos, todo lo prueban, todo lo observan, y en ese devenir el vocabulario es tan cambiante como el desarrollo de un infante. Puede estar absorto mirando algo, fastidioso, hiperkinético, adormilado, embelesado por alguna nueva sensación. Se rán obsesivos: la curiosidad los puede y no hay límites para que se entretengan y empiecen a conocerse a sí mismos. Las secuencias de equipo son las de mayor impacto. Cada uno y la compañía entera manifiesta aires de libertad, de inconsciencia e inocencia.
Así como están los fragmentos de enorme dinamismo (pensemos en un recreo sin condicionamientos), en los que los saltos, la necesidad del ejercicio y de lo lúdico son indispensables, también están los líricos. Suaves, dulces, también se reconocen en otras sensaciones de afecto, de buscarse sin tener en cuenta a qué puede llevar esa atracción entre ellas y ellos. Algún día, a la amistad. Más tarde, al amor. Ahora, son los inicios del cariño, de sentir ganas de protegerse, mimarse, unirse espontáneamente en parejas. Son momentos de un excepcional encanto, en los cuales Gallotta no sólo utiliza toda la técnica sino que la distorsiona, la transforma, la diluye, trabaja esencialmente con los brazos, que cubren al otro y se abren como alas en lentos y bellos movimientos.
Hay varios dúos, aunque el autor muestra mayor creatividad y potencia en los pasajes grupales. Uno de ellos, de dos varones, es descubrir, como animalitos, cada parte de su anatomía. Surge alguna pelea, pero igualmente están abstraídos en olerse, tocarse, reconocerse. Se sienten contentos, obsesionados en ese primitivo contacto: uno frente a otro es espejo tangible de lo que está constituido. Y es una gran revelación.
De los instantes de sosiego, todos cubriendo el piso adormilados buscando su propio espacio, agotados por tanto trajín, emerge la auténtica visión de la paz. Ninguno tiene conflictos, nadie está inquieto. Aún desconocen los dolores de la vida y duermen, serenos como bebes.
En el final, también acostados, levantando apenas la cabeza para mirar al horizonte, todos gritan “mammam” al unísono. Quizás están buscando a una madre que extrañan, sin saber de qué se trata ese sentimiento de amor entrañable y desinteresado.
Ya una constante, la actuación de la compañía es soberbia y su traducción de las ideas del creador es la que da la intención acabada de lo que él deseó. A Miguel Angel Elías, Gallotta le entrega el papel de una especie de líder jocoso. En él puede resumirse el meollo de la obra: con sus 40 años, es el veterano del elenco. Sin embargo, extrae de su danza la ingenuidad infantil y está magnífico. Es lo que representa, y así lo comunica.
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