
Maureen O'Hara: la más indómita y bella de las pelirrojas de Hollywood
Era tan bella y fotogénica que Hollywood la bautizó para siempre como la "reina del Technicolor". Nadie como ella podía lucir ese título de nobleza en la corte de un mundo lleno de estrellas: su pelirroja cabellera y unos irresistibles ojos verdes la hacían única. Pero Maureen O'Hara, que falleció ayer a los 95 años en Boise (Idaho), no se ganó ese lugar de privilegio sólo a fuerza de dulzura, sonrisas y fotogenia. Más bien podría decirse que lo peleó del mismo modo en que se animaba a desafiar a sus galanes sin amilanarse ni retroceder ni un paso.
Para comprender el lugar que llegó a ocupar O'Hara en la historia del cine, casi con visos de leyenda, hay que volver a El hombre quieto, una de esas películas que en palabras de José Luis Garci se hicieron para "salvarte la vida". La obra maestra de John Ford era también la película preferida de la actriz, que allí luce en plenitud las dos facetas de su personalidad: fue al mismo tiempo gran heroína romántica y mujer indómita, dispuesta a plantear combate en la defensa de su integridad, que no era otra cosa que la afirmación de su lugar de mujer.
Esa condición la hizo fuerte en Hollywood, donde siempre rechazó los avances y las insinuaciones de productores y directores acostumbrados a intimar con las estrellas más atractivas de sus películas. "Siempre me negué a acostarme en el diván del casting y supe que eso me iba a costar varios papeles. Pero jamás estuve dispuesta a interpretar a una prostituta. Esa no era yo", contó en su autobiografía.
Por el contrario, le gustaba definirse como una chica católica irlandesa, dura y resistente (había nacido cerca de Dublín el 17 de agosto de 1920 como Maureen Fitzsimons) que empezó a ser actriz cuando todavía era una niña en la radio. Llegó a Hollywood en 1938 de la mano de Charles Laughton y un año después, junto a él, se consagró como Esmeralda en El jorobado de Notre Dame.
Desde entonces vivió por y para el cine. En ese mismo comienzo había iniciado en La posada maldita una feliz alianza con John Ford, que la convirtió muy rápido en la encarnación perfecta de su propio espíritu irlandés: belleza y bravura en dosis equilibradas. Ese vínculo extraordinario siguió con ¡Qué verde era mi valle!, El hombre quieto, Cuna de héroes y Río Grande.
En su autobiografía, O'Hara reconoció que siempre tuvo problemas para enamorarse fuera de los sets, entre otras cosas porque su propia educación sentimental dependía del cine. "Mis primeros besos reales los tuve con los galanes de mis películas. De repente estaba besándome con Tyrone Power".
O'Hara siempre se identificó con historias en las que el romanticismo se mezclaba con la aventura (Honor de raza, Trípoli, La espada de D'Artagnan, Alas de águila, Bagdad). Esa condición le fue reconocida, unque muy tardíamente, con el Oscar honorario que recibió en noviembre de 2014, premio que no casualmente recibió de manos de Liam Neeson y Clint Eastwood, dos duros. Y tampoco fue casual que John Wayne (con quien tuvo un amorío revelado hace muy poco) dijera de ella: "Es mi tipo de mujer. Casi todos mis amigos fueron hombres, con la excepción de Maureen O'Hara".




