Medellín, la capital mundial de la cumbia
El encuentro colombiano contó con estrellas locales y algunos invitados
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Hace unas semanas, antes de poner a danzar al Teatro Colón con algunas de las canciones de Bailar en la cueva (2014, no casualmente grabado en Bogotá y coproducido por el colombiano Mario Galeano Toro), Jorge Drexler dijo que la cumbia se había convertido en la lengua franca de todo el continente. Hace unos días, el festival Medellín Vive la Música, y bajo el lema "La cumbia une a Latinoamérica" escrito con la colorida tipografía fluo de la cultura Chicha, ofreció un muestrario tangible del diagnóstico del lúcido cantautor uruguayo.
A lo largo de cuatro jornadas intensas y de sonidos eclécticos, con el patrón cumbiero como hilo conductor, un sector del Aeropuerto Juan Pablo II (el mismo donde falleció Carlos Gardel hace 80 años), funcionó como una sucursal de una fiesta en cualquier pueblo de la costa colombiana o de cualquier otra parte del continente. La decoración, con filas de banderines y las bombitas amarillas que Jaime Roos inmortalizó en "Colombina", era apenas un condimento más de la imponente escenografía marcada por el paisaje urbano, con las constelaciones de lucecitas sobre las montañas donde se extiende la ciudad como un marco ideal para la celebración. También había puestos que ofrecían chilaquíes, perritos guacamoludos, y chorizos y morcillas al asador, entre otras variantes de un menú tan ecléctico, aunque no tan sabroso, como el que de la programación.
El viernes 13, con la presentación de un ensamble del festival y la Red de Escuelas de Música de la ciudad que incluyó un homenaje a José Barros (autor del clásicos como "El pescador" y "La piragua") en el centenario de su nacimiento, funcionó como un buen aperitivo para las tres jornadas siguientes.
El sábado, el clima le hizo honor a esa eterna primavera que es slogan de la ciudad. Y estuvo dedicado a celebrar al ritmo de la cumbia desde su forma ancestral, sonidos orgánicos que inspiran el cumbé, ese vocablo afro que representa encuentro alrededor de la música y la danza en una celebración de la diversidad racial colombiana.
Son de Gaita, un ensamble de jóvenes músicos de formación universitaria que revisita el sonido tradicional fue el encargado de abrir el festival y tuvo entre su audiencia a Totó La Momposina, que cerraría la jornada varias horas más tarde. La legendaria cantora se acercó especialmente para apoyarlos y disfrutar de la música de las generaciones más jóvenes.
Un rato más tarde, Los Gaiteros de San Jacinto presentaron el proyecto Dub de Gaita, junto al reconocido DJ y productor inglés Adrian Sherwood, en una combinación con los beats electrónicos y el cuelgue jamaiquino. Este reconocido grupo, fundado a mediados de los años 40, no sólo mantiene viva la tradición, sino que actualiza su sonido en una fusión muy bien lograda. Luego, la maratón de leyendas: el gran acordeonista Carmelo Torres, discípulo y continuador de la obra del inmenso Andrés Landero, llenó de vibra el predio. Y el referente indiscutido de la música de gaita negra, Paíto, junto a Aurelio Fernández, ofrecieron un set extraordinario. Y el final, con Totó La Momposina ocupando el centro de la escena, fue apoteósico. Miles de alma escuchando y bailando con devoción frente a la matriarca de la cumbia tradicional. Totó la rompe: habla con soltura y destaca el sentido de pertenencia de las músicas ancestrales. Con años de rodaje en escenarios internacionales, Totó se impone y su voz, llena de swing caribeño, la define como una de las figuras más importantes del continente.
Desde la Argentina, Tita Print abrió la jornada dominguera a cuesta de proto-hits como "Tiki Tiki" y "Amor amor". Los chilenos de Juana Fe, afiladísimos, dictaron una verdadera cátedra en el arte del entretenimiento, con una versión esencialmente lúdica de la cumbia, aunque sin descuidar la fuerte impronta social en sus letras e incluyendo una colaboración con la trompetista holandesa (radicada en Medellín) Maite Hontelé. Como si fueran la versión caribeña de IKV, Systema Solar montó su soundsystem sabroso e intenso, como una proyección galáctica del electro-cumbé. A cuestas del hit "Yo voy ganao" (que repetían constantemente los spots del festival en los tiempos muertos entre banda y banda) y con una impronta por momentos retro-futurista, con guiños al funk y el pop de los 80, y con similitudes al tecnobrega del nordeste brasileño, Jhon Primero e Indigo lograron uno de los puntos más altos del agite en todo el festival. Como unos Kraftwerk mexicanos, Botisch + Fussible, los representantes actuales de Nortec Collective sumaron trompeta, tuba y acordeón a una puesta visual impactante (un soundsystem XL), y aunque la cumbia apareció solapadamente, su set de música norteña no desentonó con la propuesta del festival. El cierre fue a puro baile y psicodelia. Bomba Estéreo demostró por qué es uno de los grupos colombianos de mayor repercusión global. Li Saumet, movediza a pesar de su flamante embarazo, ejerció su rol de chamana digital frente a una multitud, y a cuestas del imbatible "Fuego" logró el momento más encendido del set.
Chicha y agua
Bareto abrió la última y más ecléctica de las jornadas. Con el sonido característico de la chicha, el carisma del cantante Mauricio Mesones y la guitarra hipnótica de Joaquín Mariátegui, los peruanos hicieron que nadie pudiera quedarse quieto. Cuando cayeron las primeras gotas, la organización (rápida de reflejos) repartió unos pilotines blancos que le daban un aspecto entre lúdico y fantasmal a los valientes que desafiaban a la lluvia. Con versiones de clásicos como "Ya se ha muerto mi abuelo", de Juaneco y su Combo, y una auspiciosa cruza entre la cumbia y los ritmos afro-peruanos ("Tanto ají"), los peruanos dejaron bien alta la bandera de la cultura chicha.
Desde México, Compass integró el hip-hop a la cumbia, con Toy Selectah (Control Machete) en las bandejas y Camilo Lara (Instituto Mexicano de Sonido) en su nuevo rol de MC. El toque exótico lo brindó, desde Rusia, Markscheider Kunst. ¿O qué les parece un grupo de latin-ska liderado por un tal Sergei Yefremenko? Aunque ajustados y potentes, no aportaron mucho más que un toque de extravagancia.
La gran revelación del festival, en cambio, fue la big band liderada por el cantante, acordeonista y arreglador Gregorio Uribe, un colombiano radicado en Nueva York que, un poco a la manera de la Spok Frevo Orchestra en su abordaje de los ritmos nordestinos del Brasil, propone una relectura jazzística de la cumbia. Con swing, sabrosura, muy buen gusto y notables arreglos de vientos, Uribe encandiló al público, especialmente con el hit "¿Qué vamos a hacer con este amor?" y una versión de "Come Together", de los Beatles, incluida en Cumbia universal (Zoho Music), su flamante álbum debut, que incluye la participación del legendario Rubén Blades.
Hacia el final de la noche, Puerto Candelaria, la emblemática agrupación de Medellín liderada por el tecladista Juancho Valencia, compartió el escenario en una suerte de batalla musical con la célebre Fanfarre Ciocarlia, la banda de bodas y funerales de Rumania. Un mash-up entre la cumbia y la música de los Balcanes que resumió el espíritu lúdico y experimental, basado en tradiciones ancestrales, que encausó a todo el festival. Por cuatro días, Medellín fue la Capital Mundial de la Cumbia, y ofreció un pantallazo de la versatilidad y vigencia de un género muchas veces menospreciado pero que (no solamente) por lo visto aquí, debería ser declarado Patrimonio Bailable de la Humanidad.




